Huellas en el aire

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La carretera serpenteaba entre las montañasy la suave brisa de la mañana acariciaba mis cabellos, mientras mi olfato se llenaba con el fuerte olor de la salvia y la tierra mojada. Durante un instante, el muchacho que iba sentado a mi lado me miró y algo se agitó en mi interior. Podía sentir su respiración y tuve miedo de esos grandes ojos oscuros y su inmutable rostro que hablaban del odio anidado en su corazón. Ese odio que nació el día que cumplió doce años.

 El nerviosismo se apoderó de mí y por esquivar a un perro, di un volantazo, dando la rueda delantera contra un montículo de tierra. El auto casi se tumbó, pero rápidamente pude controlarlo. Frené y comencé a gritarle que dejara de mirarme porque me intranquilizaba. Ofuscado, se reclinó en el asiento, cerró sus ojos y continuamos en silencio mordaz, hasta la cima de la montaña.

El cartel de entrada pintado a mano, recibía a la gente: “El Descanso les da la Bienvenida”. Bajamos del auto con cierta lentitud. Tomé su mano porque sentí que debía contenerlo y caminamos unos tres metros. El enorme portón de hierro, se abrió rápidamente invitándonos a pasar. Un hombre encorvado, apareció en la recepción. Su aspecto no era de lo más agradable: un oscuro traje arrugado y zapatos desgastados, conjugaban con el olor a transpiración que emanaba de su avenjetado cuerpo. Era el director que, luego de los rigurosos saludos, me dio una ficha; la cual llené mirando de reojo al muchacho. Claudio Patricio Arrieta, 28 años, enfermero. Sus trastornos mentales lo habían llevado hasta allí.

Ya instalado en la habitación y sentada junto a él, me pasé un buen rato mirando a Claudio, tratando de adivinar qué pasaría por su mente. Mientras que él a su vez, no miraba nada.”Hermanito, ¿qué te pasó?”… pensé con infinita ternura. Siempre gozaba intensamente con el dolor ajeno. Me di cuenta que la maldad lo había emborrachado totalmente hasta hacerle perder todo vestigio de humanidad. No pudo superar el trauma ocasionado por el abandono de nuestra madre. Nuestro padre alcohólico, había librado al muchacho a su buena suerte, creciendo entre amigos y en la calle. Desde que tengo memoria, siendo niño, pasaba buen tiempo disecando ranas. Las cortaba y cosía con habilidad quirúrgica.

A pesar de esa vida inestable,con los años pudo recibirse de enfermero, entrando a trabajar en el neuropsiquiátrico de Oliva. Todo se desarrollaba con apariencia normal. Un mes después de su ingreso, el jefe del nosocomio, el psiquiatra Bertossi, mi amigo de la infancia, comenzó a detectar la inestabilidad emocional de mi hermano mellizo. En el patio del hospital, solían aparecer palomas, perros y gatos “operados” y cuando le consultaban qué les había pasado, Claudio contestaba: “Se lastimaron y tuve que curarlos”.

Cierta tarde, mi colega haciendo su revista de sala, encontró un paciente con la mano vendada. Sorprendido le preguntó que le había sucedido. “Fue Claudio, me dijo que tenía una uña infectada y con un bisturí me la sacó sin anestecia. Yo le decía que no, que no quería, pero él insistió diciéndome que sabía lo que hacía”. Inmediatamente el doctor Bertossi me llamó comunicándome lo ocurrido. Viajé desde Brasil con la incertidumbre de no saber con qué me iba a encontrar. Hacía quince años que no veía a Claudio, porque al tiempo que nuestra madre nos abandonó, decidí ir a vivir con mi abuela materna, mientras que él prefirió quedarse con nuestro padre.

Al verme, se aferró a mi cuello llamándome:”mamá”. Dudé que supiera quién era yo. Quise hacérselo saber pero no comprendía. Nos mantuvimos abrazados y en silencio, hasta que el doctor Bertossi me miró y con una seña supe que ya era hora.

-Claudio…-le dije mientras las lágrimas se deslizaban por mi rostro- te van a trasladar, vas a prestar servicio en otro hospital.-Giró su cabeza algo sorprendido y con el entrecejo fruncido, como negando esas palabras.-Es solo por un tiempo- continué.

Acomodado en “El Descanso”, Claudio tenía prohibido tocar animales, entrar en la enfermería, manipular elementos cortantes y todo aquello con lo que pudiera lastimarse o lastimar a otros. Así mismo, para mantenerlo ocupado, le asignaron la tarea de recolectar las hojas del parque, la cual no le satisfacía para nada y lo fastidiaba demasiado, haciendo crecer su odio por todo. 

La mañana estaba fría como mis manos, cuando sonó el teléfono. “Venga lo antes posible”, me dijo el director de “El Descanso”con tono preocupante. Algo andaba mal e intuí una extraña sensación. Viajé lo más rápido que pude. Y ahí estaba Claudio, acostado en posición fetal, con los ojos lánguidos y la boca entreabierta babeando. Un chaleco abrazaba con fuerza su cuerpo. Cuando me vio, su rostro se iluminó y una esperanza nació en mí, que se desvaneció cuando nuevamente me llamó:”mamá”.

5 Respuestas

  1. Paulo dice:

    Muy buena idea y buen relato. Felicitaciones.

  2. Graciela dice:

    ¡Gracias por sus comentarios, animan a continuar!

  3. Tristísima historia. El abandono de los padres dejan huellas, difíciles de tapar. Muy bien contada.

  4. Susana Margarita Martinez dice:

    Toca el corazón, somos la historia que nos dejaron

  5. Viviana dice:

    Movilizadoras huellas. Muy bien transmitido. Felicitaciones!

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