Hoy me caso como sea

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Se puso el vestido blanco y la peluquera comenzó a maquillarla. Todo marchaba como Victoria lo había planeado. En la casa solo estaba ella, con un flaco que vestía un saco viejísimo y en los pies tenía puesto unas ojotas, y no dejaba de sacarle fotos con su celular.

Su teléfono comenzó a sonar con el ringtone de una marcha nupcial.

Victoria largó una risa.

—Le puse ese timbre a mi futuro marido, ¿no es genial?

—Atendelo, no hay problema —le dijo la peluquera.

—¡No!, seguí con lo que estabas haciendo —le ordenó y le arrebató de un manotazo la brocha de la mano, mientras el extraño flaco coronaba el momento sacando una foto

—Salió justo —dijo entre risas, repasando la foto de Victoria estirando la mano, quitándole el pincel.

La mujer se quedó helada.

—Es que es de mala suerte hablar con el novio antes de la boda —comentó Victoria—. Dale, seguí —agregó.

Golpearon la puerta.

—¡Ya es hora! ¡Vamos! —gritó Victoria y corrió a atender.

—Ya está el auto en la puerta —le anunció el jardinero junto al chico que estaba pintando el garaje.

—Perfecto, Aurelio. ¿Trajo todo lo que le pedí?

—Sí, señorita —contestó el viejo, con un overol sucio que todavía olía a yuyos.

—¡Señora, Aurelio! ¡Señora! —lo corrigió, enojada.

—¿Y yo que hago, «señora»? —enfatizó el joven pintor, confundido.

—Por ahora levantá la cola del vestido.

—¡Foto! —gritó el extraño flaco.

El flash se disparó y Victoria salió tirando un pico a la cámara, mientras los otros se miraban, desorientados.

 

El auto se detuvo en la puerta de la iglesia. Afuera todo era un desierto. La gente parecía haber sido arrastrada por el viento que corría.

—Tomá, andá tirando arroz —le pidió al joven pintor y le dio un paquete.

Llegó hasta la puerta y se preparó para una entrada triunfal.

—¡Aurelio! —gritó—, sacá los pétalos y tiralos por el camino cuando entre. —El joven pintor seguía tirándole arroz—. ¡Pará un poco, pelotudo! Deja de tirarme arroz en la cara, ¿no ves que me estás ahogando, inútil? Dejá eso y prepará el grabador, haceme el favor.

Victoria abrió la puerta de la iglesia, pero nadie le prestaba atención.

—¿¡Ah, sí!? —pronunció, indignada—. ¡Música!

El joven se quedó mirándola.

—¡Que prendas el grabador, dios! ¡Poné play!

Un aterrador Ave María cantado por ella misma comenzó a sonar por los parlantes del grabador. Ella empezó a caminar hasta el altar, mientras el extraño flaco la seguía con un cigarrillo en la boca y le sacaba fotos.

—Mejor filmá —le dijo Victoria.

Todos en sus asientos se dieron vuelta y quedaron con la boca abierta al ver a la extraña mujer vestida de novia, al joven con el grabador, al viejo tirando flores y al extraño flaco con el cigarrillo, que los apuntaba con su celular.

La otra novia, que estaba parada en el altar, quedó petrificada.

A mitad del camino Victoria se frenó.

—¡Yo me opongo a este casamiento! —gritó, pero la voz no se escuchaba porque la aterradora música que sonaba por el grabador estaba a todo lo que daba.

Victoria se enfureció y sacó el arma que llevaba dentro del ramo de flores y le apuntó al joven pintor que llevaba el grabador sobre los hombros.

Todos empezaron a gritar y se escondieron debajo de los asientos de la iglesia. El joven suplicaba por su vida.

—Por favor, señora, le juro que solo me robé la hidro del garaje.

—Deja de moverte, inútil —le ordenó y le dio un disparo preciso al grabador—. Ahora sí podemos hablar con tranquilidad —dijo y se dio la vuelta.

—¡Fue una toma de cine! —gritó, entusiasmado, el extraño flaco que filmaba.

El novio se acercó despacio hasta Victoria.

—Victoria, ¿podés bajar el arma? —le pidió.

—¡ Ja! Perdoná, qué vergüenza. La traía por las dudas, por seguridad nomás —le contestó sonrojada y la bajó sin soltar el dedo del gatillo.

—¿Qué estás haciendo?

—Vengo a detener esta boda; vos me querés a mí, no a esa. —Y volvió a levantar el arma, señalando a la otra novia.

—¡Bajala! —le pidió, desesperado, el novio.

—¡Oh!, es que me olvido —dijo entre risas.

—Victoria, estás confundida: soy tu psiquiatra, no tu esposo.

«Como no la interné», pensó él.

Victoria se arrodilló en el piso y comenzó a llorar.

—Pero yo creía que me amaba, doctor. Usted me dijo que tenía que hacer lo que sintiera.

Él se bajó hasta ella. Le acarició la espalda y, con un movimiento rápido, le sacó el arma.

—¡Tranquilos! —dijo el novio y se puso de pie—. Es una paciente mía, ya está controlada.

La verdadera novia empujó a las damas de honor, que la estaban teniendo, y salió disparando hasta donde estaba el novio.

—¡Explicame qué carajo está pasando! ¿Quién es esta loca?

—Por favor, querida, ¿¡no ves que casi nos mata!? Estoy tratando de tranquilizarla, ¿podés callarte un rato?

—¡Tranquilizar las pelotas! ¿Tenés algo que ver con esta, vos? Así que estas son tus pacientes, ¿Ah? «Problemas normales de estrés», decías. ¡Sí, cómo no!  Si casi nos mata es por tu culpa, porque te andás haciendo el galán con estas locas de mierda.

—Calmate, histérica —le pidió el novio entre dientes.

—¿Cómo me dijiste? —le contestó ella, desafiándolo—. Así que ahora resulta que la loca soy yo, mientras vos te levantás minitas en el consultorio.

—¡Callaté ya! No ves la vergüenza que estamos pasando— le dijó tomándola del brazo, dejándose llevar por una furia incontenible.

El flaco se acercó y sacó una foto del momento en que la agarraba.

 El novio se le va encima:

—¡Dejá de sacar fotos, imbécil!

Pero quedó sorprendido al ver la cara del flaco. Lo reconoció de inmediato.

—¿Qué carajo haces acá, vos? Lo que me faltaba, otro loco del consultorio.

Al flaco, lejos de importarle, siguió sacándo fotos sin contestarle. El novio intentó putearlo, pero ya no le salían las palabras, los nervios le habían quitado el habla y empezó a tartamudear:

— Enfer-mo de mier-mierda— pronunciaba cerrando los puños con fuerza al borde de un colapso nervioso.

—¡Que filme! ¡Que todos vean el mentiroso con el que me iba a casar! —interrumpió la novia.

—¡Loca! — le dijo el novio con un gritó que retumbó por toda la capilla.

«¡Uhh!», se escuchó por toda la iglesia. La novia salió como un tiro para la puerta y el novio corrió detrás de ella.

— Esperá, no quise decir eso —le decía mientras la seguía.

La policía llegó y, al ver al novio con el arma en la mano, se le fueron encima y lo esposaron de inmediato.

—¡El arma no es mía! ¡Es de la novia! —les insistía.

Los policías se miraban, confundidos.

—¡Que se lo lleven! —gritaba la novia mientras lloraba.

Victoria miraba toda la situación desde el piso. El extraño flaco se acercó hasta ella y se sentó a su lado.

—Creó que resultó mejor de lo que esperabas.

Victoria se echó a reír. Estaba feliz.

—Te amo —le dijo el flaco.

Ella lo miró fijo a los ojos. Después lo besó, succionándole los labios.

—¿Te casas conmigo?— le dijo.

—Ya mismo —le contestó el flaco.

Se tomaron de la mano y fueron hasta el altar.

—¡Aurelio! ¡Traeme el ramo! —gritó ella.

12 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    ¡Buenísimo toda la psiquiatría junta desde un humor negro!!

  2. Zulma Chiappero dice:

    Desconcertante. Buen final

  3. Amadeo Belaus dice:

    Mariela:
    La gente abre la boca para herir

  4. Amadeo Belaus dice:

    Muy buena comedia. Al pricipio imaginé otra cosa, pero giró y resultó muy gracioso. Tan locos no estaban ¿O sí?

  5. Sofía Sala Sofía Sala dice:

    Buenísimo. Felicitaciones !!!!!

  6. Isabel Roura Isabel Roura dice:

    Genial Mariela! Me encantó este final… y me reí como la primera vez que lo escuché.

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