Hirundo rustica

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—Che, Alfredo, ¿y si vamos yendo?

—Perá un cacho más, anoto esta última y estoy.

—Pero llevate el diario, mejor. Nadie se va a dar cuenta.

—¡Ya está! —exclamó victorioso.

—Hijo del rigor tenías que ser —lo reprendió ella con una sonrisa entre dientes.

Alfredo se levantó de la silla de madera y la empujó hasta que el respaldar quedó bien cerquita de la mesa del comedor. Tal como estaba. Volvió a la habitación, donde Ema aún yacía recostada cómodamente sobre la cama. Estaba desnuda, al igual que él, y fumaba desapasionadamente un último cigarrillo. Alfredo se detuvo junto a la cama y le pidió una pitada. Mientras exhalaba un esponjoso humo blanco le acarició el cabello, ese mar rojizo que lo incitaba a perderse en sus profundidades cada vez.

Ema recuperó su cigarrillo y aplastó la colilla contra un pequeño cenicero de metal que siempre llevaba con ella. Luego, de rodillas sobre el colchón, besó a su amante en los labios. Segundos después, la pareja se puso en marcha: recuperaron sus prendas, se vistieron y, con precisión quirúrgica, tendieron la cama y ubicaron los almohadones tal como los habían encontrado. Tras un meticuloso barrido visual comprobaron que el resto de la habitación estuviese en orden.

—No nos olvidamos nada, ¿verdad? —quiso cerciorarse ella antes de partir.

—Uh, el diario —se recriminó Alfredo—. Casi lo dejo sobre la mesa.

Ema meneó la cabeza en señal de reprobación y esperó a tenerlo al lado para abrir la ventana.

—Ya quiero ver qué lugar encontraste para nuestro próximo encuentro —se ilusionó ella.

—Pintan lindas estas direcciones —la contentó él a la vez que agitaba el papelito con sus anotaciones.

Alfredo se acercó a la puerta de entrada y depositó el diario a centímetros del espacio que había entre esta y el parqué, como si alguien lo hubiera deslizado desde afuera. Miró el reloj en su muñeca y se felicitó por otra visita perfectamente cronometrada. Se dirigió hacia la ventana, ya abierta, y se achicó para salir a su través. Del otro lado lo esperaba Ema, también satisfecha por la progresión del plan. Él cerró el vidrio y todo quedó en silencio. Ema le tendió la mano y, en plena siesta, ambos emprendieron el regreso a sus respectivos hogares.

Detrás, el cartel que les había dado la bienvenida, ahora los despedía; el mismo que rezaba “Se Alquila”.

6 Respuestas

  1. Muy bueno Melisa. Al comienzo me desorientó un poco, pero poco a poco se van entrelazando las acciones hasta llegar a un excelente final.

  2. Liliana dice:

    Aplausos!!

  3. Isabel dice:

    Excelente desenlace

  4. Maria Teresa Nannini dice:

    Ingenioso desenlace Meli! Destilo odio…

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