Hachazos de libertad

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Mariano recibió la notificación que había estado esperando: «Usted ha sido seleccionado para participar del Congreso Anual de Cirugía Plástica, el 4 de septiembre, en la ciudad de Quebec, Canadá». Los ojos se le inundaron de lágrimas. Con tan solo treinta y tres años ya estaba entre los mejores cirujanos plásticos del mundo. Solo había un obstáculo que le impedía ser feliz: su mujer.

—¿Dónde está mi esposa? —preguntó, ansioso, a la mucama.

—En la cancha de tenis… con el instructor—contestó María entre dientes.

Mariano fue hasta la cancha. Ahí encontró a su esposa muy a gusto besándose con el instructor. La mujer, al verlo, siguió con lo suyo como si nada y le dijo que se fuera; él le obedeció. Ya estaba acostumbrado a sus infidelidades y malos tratos, que incluían golpes, gritos, degradaciones y fulminación de todas sus chequeras. Él la aguantaba, a ella y a todos los vividores de su familia, por su pequeña hija, Mariana. Salió directamente al aeropuerto y sacó un boleto a Canadá.

Durante el vuelo desde la cabina informaron: «Señores pasajeros, abróchense los cinturones, que el avión está teniendo unos pequeños desperfectos técnicos. Pero no se preocupen, en breve nos estrella…»

La gente se horrorizó. La azafata le quitó el altoparlante al capitán.

—Que en breve los arreglaremos —corrigió ella. Todos suspiraron y recobraron la calma.

El avión se estrelló.

Mariano abrió los ojos y solo distinguió fuego y humo negro. «Estoy en el infierno», pensó.

—¡Volveré a ver a mi mujer! —gritó desesperado.

Luego advirtió, entre las llamas, la imagen de un esbelto y vigoroso hombre. El extraño se acercaba hacia él. Estaba cubierto de pieles blancas. Tenía la mitad de la cabeza rapada y una trenza que le llegaba a la cintura.

—¡Dios! —exclamó aliviado—. ¡Has venido a salvarme! —Y le extendió los brazos.

El hombre lo miraba extrañado, inclinando su cabeza de lado a lado, mientras los que lo acompañaban empinaban sus hachas y lanzas para matarlo. Pero él extraño levantó su mano y los detuvo:

—No, dejarlo vivir, yo ser su dios.

Mariano se desvaneció. Al despertar, se encontró en medio de un inmenso bosque atrapado entre las montañas y el mar. Tenía la piel cubierta de pieles. Hacía frío. Una mujer le cambiaba los vendajes y les ponía hierbas a sus heridas. El extraño que lo había salvado se le acercó:

—¿De dónde vienes? —preguntó.

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes son? —dijo Mariano. Pero en vez de respuestas recibió un golpe.

—Yo pregunto.

Tres niños interrumpieron y se acercaron, exaltados con sus hachas, hasta ellos.

—¡Papá! ¿Podemos matarlo? —dijo el más pequeño, entusiasmado agitando su hacha tironeándolo de sus pieles.

El hombre se tomó la cabeza y llamó a sus dos mujeres. De inmediato se llevaron a los pequeños.

—¡Niños! —exclamó el extraño entre risas—, solo pensar en matar. ¿Quién eres? —volvió a decirle.

—Me llamo Mariano, soy cirujano plástico, vengo de Córdoba, en Argentina.

—¿Dónde estar eso? ¿Sur, norte?

—No sé. Pero está en el centro, justo en el medio de…

Antes de terminar de hablar el hombre lo interrumpió:

—¡Venir del centro del mundo! exclamó a la multitud, que felizmente coreaba. Años tras años relataban historias y cuentos de sus ancestros, que afirmaban que en el centro del mundo se encontraba el mayor tesoro de la tierra, custodiado por demonios. Marino prefirió no terminar de explicar que solo se refería al centro de la Argentina.

—¿Qué ser cirugano? —le preguntó.

—¡Cirujano! —le corrigió, y notó el desagrado del hombre—. Bah, es lo mismo —añadió, tratando de enmendar su error—. Yo soy como la mujer que cura con hierbas, pero hago desaparecer las marcas.

El hombre se quitó las pieles y exhibió las profundas cicatrices que le atravesaban la espalda

—¡Tú!, ¿poder quitar esto? —le dijo con sus brazos abiertos girando sobre sí mismo.

—Sí, claro, pero con mis cosas en Argentina.

Todos quedaron boquiabiertos.

—Es un brujo —murmuraron.

—Cicatrices ser prueba de verdadero guerrero. ¿Por qué tú quitarlas? —preguntó el extraño, enojado.

—Solo quitar a mujeres —contestó Mariano para no hacerlo enfurecer.

—Ah, tu quitar vergüenza de mujeres… —dijo el extraño, pensativo—. Tú llevarnos al centro del mundo a poner feliz a mis mujeres —dijo con una sonrisa diabólica.

Y así pasaron cinco años viajando por los mares. Mariano se fue ganando el apreció del extraño. Estaba feliz, solo extrañaba a su hija. Le contaba lo que había tenido que soportar con su mujer. El extraño al escucharlo solo reía, pensaba que eran solo anécdotas inverosímiles sobre una mujer-diablo para asustar.

Cuando por fin encontraron Argentina, desembarcaron en Buenos Aires. Desde ahí se fueron a Córdoba. La gente les daba monedas y algunos hasta les pedían autógrafos. Pensaban que los disfrazados de vikingos eran parte de un espectáculo. Así, los extraños creían que en esa tierra todos eran ricos.

Llegaron a la casa de Mariano, donde todos lo habían dado por muerto. Les habían notificado que el avión se había estrellado en el mar para terminar con la búsqueda.

En la casa ya estaban viviendo muy a gusto toda la familia de su mujer. Estaban disfrutando del día soleado en la piscina, con tragos y música. Ninguno laburaba, gracias a la fortuna que les había dejado Mariano.

 

Tocó el timbre. Lo atendió su mujer, medio borracha y en prendas ligeras, con un musculoso que la abraza.

—Hola, querida —le dijo Mariano.

La mujer se tambaleó hacia atrás y pegó un grito. Corrió como una loca por toda la casa hasta el patio.

¿Tus anécdotas ser ciertas? —le preguntó, asustado, el extraño—. ¿Esa ser el diablo y custodio de los tesoros?

—Sí, mi amigo, el diablo es real. Pero no te preocupes, yo me voy a encargar del diablo y te voy a dar mis tesoros —le dijo.

Afuera se escuchaban los agudos gritos de la mujer:

—¡Mariano está vivo!

Todos quedan perplejos. La suegra de Mariano se pegó tal susto que se atragantó con la dentadura postiza. El cuñado ocultó con disimulo el Rolex y los anillos de oro de Mariano que llevaba puestos. El más feliz era su terapeuta, que empezó a calcular el costo de todas las sesiones que iba a necesitar.

Mariano entró. El silencio les golpea las lenguas a todos. Hasta que…

—¡Los cuernos lo hicieron flotar! —gritó el instructor de tenis.

Y todos estallaron a carcajadas, el silencio se esfumó y la fiesta volvió a cobrar vida.

—Ya te voy a dar cuerno… —susurró Mariano y sacó, justamente, un cuerno. Lo sopló y los extraños salieron de adentro de la casa.

Los invitados pensaron que todo era parte de un espectáculo y aplaudieron eufóricos.

—¡He encontrado una fortuna y vengo a dársela toda a mi querida familia! —anunció Mariano y llamó a su suegra, al cuñado, a su mujer y, por supuesto, al instructor. Les pidió a los demás que se retiren.

—Pobre Mariano. Necesitás urgente tratamiento —le dijo el terapeuta al despedirse—. Te espero mañana en el consultorio.

Mientras, su esposa sentía prenderse fuego al ver los fornidos pectorales del extraño. Se le acercó despacito haciendo un baile sexy. El extraño, por primera vez en su vida, sintió miedo. Ve a la mujer-diablo venírsele encima. Retrocede temblando. Mariano la frenó.

—¡Soltame, debilucho! —le ordenó la mujer, enojada, pero se acordó de la fortuna prometida y se le colgo del cuello—. Decime, amorcito, ¿qué es lo que has encontrado…? ¿Plata, diamantes, oro? ¡Petróleo!

Un grito de libertad y euforia recorrió la garganta de Mariano.

— ¡Mi dignidad encontré! —gritó a los cuatro vientos y le cortó la cabeza a la mujer de un solo hachazo.

El extraño quedó deslumbrado.

—¡Corte perfecto! — le dijo.

Los otros festejaron agitando sus hachas.

—Yo admirar, tu matar diablo. —Y el extraño le dió un pedazo de trenza de su cabello en señal de honor.

Mariano se conmovió. Por primera vez en su vida, sintió que tenia una familia.

—¡Matar a sus demonios! —ordenó Mariano emocionado, levantando el hacha.

Acto seguido, agarraron a hachazos al resto.

Mariano partió en un avión privado con su nueva familia y su hija, con rumbo al lugar donde vivían los extraños, bien lejos de la modernidad. Una vida donde no hacen falta antidepresivos, psicólogos, terapeutas, abogados o jueces. Para eso estaba la inmaculada doña hacha, que impartía justicia, defendía a los débiles y descargaba tensiones. ¡Claro que sí!

3 Respuestas

  1. Zulma Chiappero dice:

    Un hombre aprisionada por el amor de su hijita, tolera cualquier abuso de parte de su mujer. Todos piensan que murió en un accidente de avión y cuando, años después regresa a su casa, la encuentra invadida por la familia y amigos de su esposa. Durante su alejamiento, tramó su venganza, y la llevó a cabo. Siguiendo los métodos de la tribu que lo contuvo, con un hacha decapitó a sus enemigos y partió hacia una nueva vida. Interpreto que regresar a los orígenes de la raza humana, muchas veces, es más simple, más directo,más efectivo que los métodos modernos que nos envuelven con sus avances científicos sin permitirnos resolver aquello para lo que los requerimos.Así consiguió su tan ansiada libertad.

  2. Ada Salmasi dice:

    ¡Muy bueno! Realización de deseos de un hombre que sufre la no poco frecuente violencia femenina.

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