GUSTAVITO Y EL PASTELERO

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Tres puñaladas: dos a la garganta y una al corazón. La tercera fue de impulsivo pero también la más contundente. La necesaria para acabar con la vida. También fue la que más fuerza necesitó para que el Tramontina atravesara el pecho prominente y se clavara directo en el corazón. Un corazón joven que no pudo resistir ni un bombeo más. El pastelero cayó seco y rendido, con la garganta abierta, al costado del carro colmado de pastelitos caseros.
Gustavito lo miró con cierta rabia acumulada. Sus ojos parecían hablar. La mano derecha, la que generó toda la fuerza de las puñaladas, seguía sosteniendo el utencillo. Las gotas de sangre chorreaban sobre el metal, tembloroso.
Abrió la mano y el cuchillo cayó sobre la vereda. Hizo un ruido sordo que pareció traer a la realidad a Gustavito. Porque después de eso, comenzó a llorar como sí él fuese el degollado. Como si el diablito del subconsciente le gritara “¡ASESINO!”. Así, con letra grande.
Con las dos manos, una de ellas ensangrentada, se agarró la cabeza y la presionó con fuerza, con la poca que le quedaba. El rostro pálido, se le pintó de rojo, un rojo intenso como la sangre del pastelero qué, todavía, seguía saliendo a borbotones.
Gustavito miró el cadáver, arrepentido. Pero ya era tarde, su vida, como la del pastelero, había acabado.

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