El gigoló del delivery

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El tipo se vivía quejando del barrio en que vivía. El único capital que tenía era su vieja moto con la que hacía deliverys en la pizzería de la cortada, en la esquina de la casa. Pasaba largas horas sentado en la tapia con los otros repartidores esperando un pedido.

— ¡Oh no! Ahí viene la vieja Marta, seguro va a pedir la media pizza sin queso y una empanada. ¡Vieja de mierda! después se va a quejar que se la llevamos fría y vive a la vuelta, no sé porque carajo no se la lleva ahora.

— ¡Para tranquilízate negro!, te va a dar un infarto sin seguís así — le decían los otros repartidores. Siempre se quejaba de los clientes. Y cuando atendía el teléfono para los pedidos. ¡Ahí sí que se ponía insoportable! « Pero acaso no sabe cuánta plata tiene en el bolsillo para pagar, qué puedo esperar, negra de mierda… que lo q e la fuganeta me decía ja, y la empanada papi que sea frita… y seguro, negra olor a fritanga, debe tener el pelo quemado como la plancha de los lomos.

Así se la pasaba todo el día. Hasta que un sábado estaba en el centro con un amigo y se topó con un delivery de sushi. El chico, muy guapo, tocaba timbre en un departamento de nueva Córdoba. Salió una pendeja despampanante, los ojos de Rubén parecían dos resortes, olía con su nariz como un sabueso, el perfume de vainilla de la chica que el viento cómplice le acercaba.

— ¡Muchas gracias Martín! quedate con el cambio— le dijo la jovencita presumiendo al repartidor y después le dio un beso.

Rubén lo codeó al amigo exasperado

— ¿Viste Joaquín esa mina? Te lo vengo diciendo amigo, no viste la propina que le dio, estoy cansado de ver celulitis y gordas teñidas, ¡No sentiste el perfume que tenía! Las del barrio tienen olor a jabón en pan y colonias de yuyos que parecen inciensos vencidos. ¡Esta es la nuestra Joaquín!, mañana dejo la pizzería y me apunto para repartir sushi. No sé qué carajo sea esa mierda, pero si ese cara de pan triste puede yo también. Y ya vas a ver Joaquín, voy a ser la envidia de todos, a tu novia la Yohana, la vas a querer usar de carnada cuando vayas a pescar, para meterle la cabeza en el río y que se la piquen los pescados.— El amigo le hizo una pequeña sonrisa con ganas de volverse a su casa.

Al mes siguiente Rubén consiguió el trabajo. Sacó plata de donde no tenía. Mangueó a la madre, hermanas y hasta a la dueña de la pizzería con la excusa de que tenía que pagar el colegio del hijo que tenía con Victoria. Pero al hijo no lo veía nunca ni le daba un peso. Su mujer Victoria trabajaba como esclava blanca para pagar todas las deudas que le dejaba. Sin embargo ella le soportaba todo.

Rubén agarró toda la plata que había mangueado y se alquiló un departamento cerca del trabajo, con el resto se empilchó de pies a cabeza. El tipo salía en la moto vestido como para irse a los Oscar. Le faltaba la alfombra roja nomás.

A la del edificio del 5b, ya le había marcado territorio como un perro. La estudiante soltera con las amigas, que los viernes pedían el sushi. El caía simpático como siempre, muy comprador, con su sonrisa de Mona Lisa, de príncipe encantador, aunque en el fondo fuera el Ogro Shrek. La mina venía del interior y acá en Córdoba estaba sola, mientras ella cocinaba los libros, sus padres amasaban una fortuna. Ni lerdo ni perezoso Rubén le fue al hueso. La estudiante cayó rendida con sus historias falsas y su sonrisa  de “blanco Ala” gracias al dentista del barrio. Y así fue como empezó a recibir una generosa propina. Luego fue la señora Quinteros, del edificio del lado, la del 6c. Le caía para vestir santos a la viudita de 56 años , a la cuál apodaba “la gárgola”. Pero a Rubén no le importaba, su estómago estaba blindado, y mientras buscaba su mejor presa se conformaba con los bagres chicos. Pero esta sí que le pagó bien el sushi. Y así fueron cayendo una a una como piezas de yenga, mientras él llenaba sus bolsillos con buenas propinas. Hasta que en su apogeo como repartidor de sushi, algo pasó… Notó que sus clientas ya no le daban ni la hora. Se miraba al espejo como la madrastra de Blancanieves, hacía mil flexiones de brazos, pero nada. Ellas ya ni lo miraban. Ni siquiera la gárgola le dejaba propina. Las ventas del Sushiman empezaron a caer y toda la presión recayó sobre Rubén. El dueño del lugar, el petiso japonés, se le acerco y comenzó a putearlo en su idioma. Rubén no entendía nada, pero supo que no era bueno. Hasta que se lo dijo bien clarito:

— Tu hacete e guapo con clientas, no tabajar más aquí, hizo de uta ¡juera! ¡Vete a la mela!— y lo sacó a escobazos.

Rubén encolerizado perdió la cabeza y comenzó a acosar a las clientas como un depredador. Quedó con la pera por el piso, cuando escondido en el puesto de revistas al frente del edificio donde hacia guardia, vio llegar a un repartidor de un metro ochenta, ojos azules y el cuerpo torneado como un hierro. Se acercó para ver de qué se trataba y vio que en la caja de reparto decía:  El Choricheto

— ¡Negras de mierda! — comenzó a gritar como desquiciado. La estudiante de los viernes con las amigas que estaban esperando al choripanero, se asustaron y llamaron a la policía. — ¡Al final son todas iguales, que sushi ni que mierda, a ustedes les gusta el choripán!— continuaba gritando.

Pero el nuevo choriman le advirtió que se fuera y al no hacerle caso le dio una golpiza olímpica. Ni hablar las caras de las clientas, le faltaban baberos al ver los fornidos brazos del repartidor abalanzarse sobre Rubén, que ya de glamur no tenía ni la uña. Parecía una pasa de uva consumida por los nervios. Le pusieron una orden de restricción en toda la manzana y la justicia le prohibió volver a agarrar un trabajo como repartidor y cualquier otro que tuviera contacto con personas en su domicilio.  Y tuvo que regresar al barrio que tanto odiaba, donde ya nadie lo hablaba. El arrogante había colmado la paciencia de todos. Ni su madre lo volvió a aceptar, al enterarse en que se gastaba el dinero que le daba para su nieto. Entonces volvió a la que siempre lo esperaba sin cuestionarle. Toco la puerta de Victoria.

— ¿Que querés, Rubén?— le preguntó asomada desde la ventana.

— ¡Dale abrime Vicky! te traje un regalo para vos y el chico — le pidió.

 Ella le abrió. Tomó el regalo que traía y lo revoleó para la calle.

— ¡El chico tiene nombre! Se llama Andrés y es tu hijo ¡caradura! ¡Ya te vas de acá o llamó a la policía!— le exigió Victoria a los empujones, pero Rubén se resistía y duro como una roca no se movía del lugar.

— No quería llegar a esto Rubén… ¡Hugo, Dany! — gritó Victoria. Y de adentro de la casa salieron los dos hermanos de Victoria del tamaño del Arco de Córdoba. La cara de Rubén, pálida como el sushi.

— ¡Está bien, está bien, me voy solo! — dijo y salió por el medio de la calle cuando una moto casi se lo lleva puesto.

— ¡Correte negro de mierda! No ves que tengo que entregar un chorizo bien calentito — le dijo el de la moto. Era el choriman. Rubén quedó sin palabras, mientras Victoria con una gran sonrisa se acercaba hasta el repartidor con sus hermanos.

— ¿Cómo andás, Carlitos?— le dijeron felices los hermanos y lo recibían con besos y abrazos, mientras Vicky le mostraba los dientes como gata en celos.

— ¡Victoria este es un atorrante!— empezó a gritar Rubén. Los hermanos comenzaron a acercarse, pero el repartidor les dijo:

— ¡Déjenme que me encargo yo! — ¡Fuaa!, Victoria hervía como una pava.

Rubén que a esas alturas todavía tenía los huesos molidos no intentó hacerse más el guapo y llorando como una niña le preguntó:

— ¿Porque te la agarraste conmigo? ¿Quién sos?

El choriman se acercó con una sonrisa de grandeza y le dijo al oído:

— ¡Soy el hijo de doña Quinteros, pedazo de hijo de puta! La “gárgola” del 6C.

6 Respuestas

  1. Mariela Ortega dice:

    Muchas gracias compañeras ;). El martes o miercoles (jeje)… salimos a comer un choricheto jaaa 😉

  2. MARIANA dice:

    Que decir que ya no haya dicho el martes mis risas?????? Comparto… TITULAZOOOO

  3. Paula Dutto dice:

    ¡Genial! Gracias por hacernos reír tanto el miércoles. Al final quedó titulazo.

  4. Mariela Ortega dice:

    Muchas gracias por leerlo, y el hermoso comentario 🙂

  5. Graciela Arónica dice:

    ¡Desopilante! Digna de una obra teatral. Excelente el típico humor cordobés con su vocabulario y dichos.

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