Frida

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Sentada frente al espejo de la habitación, Frida recorre su imagen. Se detiene en los ojos. Su intenso color negro, deja ver la oscuridad de un alma infectada por las decepciones y el dolor.

El dolor es una constante en su vida, la carcome desde el momento en que se enfermó de polio. A los dieciocho años, el fatal accidente que sufrió cuando viajaba en ómnibus –un pasamano la atravesó desde la cadera hasta la pelvis– completó la insidiosa destrucción de su cuerpo. Al pintar, el dolor parece disminuir, pero siempre está allí. Los amantes soliviantan su cuerpo al compartir el placer. Siente que convoca la magia en alguien al ser amada. «¿Cuántos tuve?», se pregunta; ya ni los recuerda. Diego es voraz con sus conquistas. Ella le sigue los pasos.

No solo Diego Rivera es hombre cosmopolita con sus murales. Hoy ella tendrá su revancha, el mundo quiere ver sus cuadros. Desafía los límites que le impone su cuerpo y asistirá a la exposición en la cama ortopédica. La ayudante la prepara. Duda entre mostrarse con su corsé o elegir el vestido indígena que resalta la palidez de su rostro pequeño y delicado. Las trenzas, al destacar el cabello negro, le dan un aire de permanente juventud. El bigote provocador la define insolente, luchadora contra el dominio masculino. Una última mirada en el espejo calma su ansiedad y le devuelve fortaleza en su fragilidad.

El camión que la traslada en su cama se detiene frente al salón.

La entrada es irreverente provoca admiración en la gente. Instalada en su lecho con el dolor por soporte, recibe a los invitados y responde ante cada pregunta. Las pinturas testimonian su vida. Esta relata con sus trazos y colores las operaciones; aquella, los hijos que perdió y todo lo que luchó por retenerlos. Se detiene ante Raíces. Implica vida, la sangre que la une a la tierra: es una bella mujer-naturaleza.

 Cegada por su propia gloria del momento, no advierte el movimiento brusco. De repente, un cimbrón la desestabiliza en la cama. La sensación de volar, dormirse y despertar en un mundo diferente la atrapa. «¿Dónde estoy? ¿¡Qué me pasa!?», piensa que sus sueños de curación la han llevado lejos, muy lejos.

 La tierra se mete en su nariz y estornuda. Mira a su alrededor: se encuentra parada en una desconocida calle polvorienta en 1800. Se toca la cintura… ¡no tiene corsé! «Esas pastillas que tomo para mis dolores me hacen desvariar». 

Comienza a caminar, lenta, un paso tras otro, temerosa sin la faja que la sostiene. Cada paso logrado la reasegura. Contonea sus caderas y la amplia pollera de volados cobra vida. Echa a correr: necesita afirmar el poder de su cuerpo sano recién descubierto. No tiene límites. Salta y levanta los brazos, le grita a la gente: «¡Soy Frida Kahlo, tal como debí haber sido!». La gente la mira sin comprenderla. En este pueblo no la conocen. El desconcierto parece darle alas. El placer de caminar sin dolores la lleva sin rumbo; parece loca.

Una mujer riega las aromáticas que cuelgan de las rejas de la ventana, se asusta al verla y desaparece detrás de las cortinas, dejando un perfume penetrante que le recuerda a perdidos tiempos de comidas caseras.

Un carro tirado por caballos le da paso. El sol, al filtrarse a través del polvo del camino, dora las crines blancas del animal. Deslumbrada por la luminosidad de la imagen, Frida se siente como una niña que descubre formas, colores y olores.  

—¡Señora! No se quede mirando así, ¿no ve que el caballo la puede lastimar? —le reprocha a los gritos el cochero.

Una vieja, con los surcos de la vida cincelados en los rasgos indígenas, la observa. Ahora quien se asusta es Frida, intimidada. Teme que sea una bruja venida para quitarle esta libertad; la mujer se sienta debajo de la sombra fresca de un árbol y la sigue con la mirada.

 Frida entra en la cantina y los hombres la miran intimidados en su masculinidad: ¡no es lugar para mujeres y menos para forasteras! Provocadora, pide un tequila. Afirma su libertad de vivir con tal fuerza que el cantinero no puede negarse. El licor le quema la garganta, pero no le importa. Lo toma lentamente, saborea la última gota y sale pisando fuerte.

Un gesto de dolor la detiene: siente miedo, pero no es el dolor de siempre. Es una piedra en la sandalia. Se agacha para quitarla. Debió de ponerse los zapatos cerrados, los de tacos que usó cuando fue a buscar a Diego por primera vez al taller.

Aliviada, camina hacia una plaza que observa más lejos: hay niños jugando. Se sienta en un tronco y los observa. Alguno podría haber sido su hijo… tanto que luchó por concebirlos y su cuerpo maldito no los retuvo.

—Miren a la señora —le dice uno a los otros niños—. ¿Es nueva en el pueblo? —le pregunta, curioso ante la extraña aparición de la mujer de las enormes cejas negras.

—Digamos que sí. ¿Cómo se llaman?

Los niños la rodean mientras le dicen sus nombres. Algo del hambre de maternidad asoma en los ojos de Frida y la ternura le quita un matiz de negrura.

—¿Quieren ser mis amigos? Puedo contarles historias del futuro.

El tiempo pasa rápido al compartir con hijos ajenos. La sorpresa de sus ojos cuando tratan de imaginar los autos y el teléfono convierte el momento en algo mágico.

Alguien se asoma por la puerta de una humilde casa chata de adobe marrón y los llama a comer.

—¡Ya vamos, mamá! —contesta el mayor. Con sus manitos sucias, le acaricia la cara a Frida—. Señora, ¡qué lindos cuentos del futuro nos contó! ¿Mañana va a volver? Porque nosotros venimos todos los días a jugar a la plaza.

Frida lo retiene en el abrazo ante la mirada atenta de la madre.

Mira alrededor y ahí está la vieja, que la invita a sentarse a su lado. Con voz firme, le pregunta:

—¿Cómo te llamas?

Por primera vez en muchos años, Frida siente paz. La sabiduría de la mujer se percibe en los ojos hundidos: vienen del largo viaje de la vida. El perdón los anima. Sin quererlo, Frida le cuenta sus tormentos, sus amores con Diego, que tanto mal le hacen. La vieja le pone una mano sobre el corazón mientras la toma de la cintura. Ella también sabe de malos amores y que para las penas lo mejor es no recordar.

La anima a seguir con sus pinturas, le canta una antigua canción de cuna que le recuerda a su madre. Abrazada a ella, Frida llora. El desconsuelo cede lugar a la esperanza del olvido tramposo, porque siempre recuerda al huir de su vida.

 Un nuevo cimbronazo y las palabras sanadoras se alejan; siente que otras manos tocan su maltrecho cuerpo, que otras voces la devuelven al presente que debe enfrentar para olvidar, tal como le dijo la vieja.

—¡Frida, Frida! ¡Nos asustaste!

Confusa, Frida mira el lugar:

—¿Qué me pasó?

—Te desmayaste y no podíamos reanimarte. ¿Cómo estás?

—¡Ah! Fue solo un desmayo —les responde decepcionada.

—¡¿Por qué me trajeron de vuelta?! —les grita, con la furia pintada en su cara y en su cuerpo. Ella quería quedarse en ese otro mundo.

Solo la poderosa muerte insensibiliza.

Frida cierra los ojos, la cabeza cae hacia adelante.

Ante la sorpresa de todos, vuelve a desmayarse.

Aún no se anima a morir, retenida en el mal amor de Diego.

 

4 Respuestas

  1. Yael Rodríguez dice:

    Me gusta mucho lo de estar en otro mundo, de desear otra realidad.

  2. Ada Salmasi dice:

    Gracias por tu comentario Amadeo

  3. Amadeo Belaus dice:

    Muy interesante relato de un viaje interno a lo que uno realmente desea vivir.
    Algo confuso las últimas seis renglones. Creo que aparece una opinión del autor.
    Nota: Conozco muy de cerca a alguien que vive (desde hace unos 65 años) con polio y su lucha permanente.

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