Familia ensamblada

Tiempo de lectura: 2 minuto/s

Y la miró con el odio con que se dicen las verdades que pretenden herir:

—¡Vos no sos mi hermana!

—Bah, qué novedad —desdramatizó ella.

—¡Pero Mariana nos trata como si lo fuéramos!

—¿Y a vos qué te molesta? Si sos su favorito. Además, vos llegaste primero. Ella siempre te va a tratar diferente.

—Entonces, ¿por qué tengo que pagar por tus platos rotos? Mirá dónde estamos. Acá, afuera, del otro lado de la ventana. Y todo porque te criaron ladrona.

—¡Eso no es cierto! Yo solo me las rebuscaba para encontrar comida. A mí, no siempre se acordaban de darme de comer como a vos, nene bien.

—A esta altura ya debiste haber aprendido que Mariana no va a dejarte pasar hambre. Pero no, siempre manoteando lo que podés. Encima, la hacés enojar y ligamos todos —le reprochó, indignado. 

—¿Qué te venís a hacer el santo, vos? —increpó ella sin permitirle decir otra palabra. Te mandás cada cagada, ¡y eso que te crio desde bien chiquito! Zafás de que te rete porque nunca te agarra a tiempo. Pero sabe que sos vos e igual te perdona.

—Eso no te incumbe. Entre nosotros sabemos cómo tratarnos y qué maña tiene cada uno. Puede que yo tenga un pequeño vicio que me cueste dejar, pero es de fábrica. Ella sabe que se la tiene que bancar.  

—Igual, sos un desagradecido. Mariana te trata como a un rey y vos le pagás con ensuciándole toda la casa. Después tiene que andar como una sirvienta, limpiando tus desparramos.

—¡A ella no le molesta! Pasa, que desde que llegaste vos con tu clepto-comida-manía y la otra, que es chiquita todavía y reclama atención todo el tiempo, Mariana no da abasto.

—Puede ser, pero vos no das mucho ejemplo que digamos.

—Bueno, ¡basta! La cosa es que no podemos entrar por tu culpa y yo no tuve nada que ver esta vez. ¡Pendeja chora!

—No te soporto más, ¡gordo malcriado!

Los hermanos postizos desencadenaron su rabia y con dientes y uñas riñeron para desquitarse por tanta injusticia acumulada.

—Merengue, Luna, ¡dejen de pelear! —les gritó Mariana desde adentro de la casa, al tiempo que golpeaba el vidrio de la ventana con el índice—. Si no se calman no los voy a dejar entrar más.

—¿Viste lo que hiciste? —le reprochó Merengue a su hermana, entre dientes.

—Vos empezaste a bardearme —acusó Luna.

—Es que quiero entrar ¡Mi comida está en la casa!

—Mmm, la mía también.  Ya vas a ver que termina de cocinar y nos abre la ventana.

—Sí, cuando ya no quede nada en la mesada que le puedas robar.

Luna se bajó del dintel haciendo oídos sordos. Caminó un par de pasos en el patio y se echó a la sombra, detrás un macetón.

Merengue aprovechó el espacio libre y se acomodó ahí mismo, entre la reja y el marco de la ventana.

—Si no fuera porque amo tanto a mis gatos —suspiró Mariana sin dejar de trozar la pechuga de pollo—, los mando a un colegio internado a los tres.

Chía, la menor, acurrucada sobre el sillón, paró las orejas pero no abandonó el reposo. Ya le tocaría a ella correr cuando Mariana diera con la babosa bola de pelos que le había dejado en el cajón de las medias.

2 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    ¡Qué buena la humanización de estas mascotas! Me encantó.

¿Qué opinás?

A %d blogueros les gusta esto: