Expiación

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Doña Marina está sentada en el patio. Huele el perfume de los azahares y jazmines encendidos con el rocío de la tarde. El pelo renegrido le cae sobre su piel oscura y tersa que asoma por debajo del huipil blanco, única prenda que se obstina en usar. Solo eso retiene de su antigua existencia ya que, desde niña, ha dejado todo para sobrevivir.

A los siete años, fue entregada como esclava por su propio padre. Sometida y ultrajada debió rogar varias veces por su vida. Aprendió a resistir y también lo que la salvaría: la lengua de sus dominadores. Más tarde, su dominio de dos idiomas le sirvió con los nuevos invasores y se convirtió en la intérprete y la querida del conquistador, el Gran Hernán Cortés. Pero también ese destino fue efímero y trágico; la rodeó la muerte de los suyos y con un hijo en sus entrañas fue entregada como esposa a otro hombre. Sólo es la pieza de una máquina insaciable de traición y muerte. Ella, Malitzin, como la llamaba su madre, terminó siendo cómplice de la felonía. La pena de tantas traiciones se le nota en la mirada cuyo brillo es difícil de interpretar. A veces parece odio, a veces parece temor.

Tiene miedo de cerrar los ojos. La despiertan las pesadillas con los gritos de su gente, el ruido de las armas y el olor a carne quemada. La vigilia también la perturba, no deja de escuchar los lamentos, siempre es lo mismo: sangre y esclavitud. Es la Malinche, la entregadora.

Ayer le han dicho que tiene la fiebre y que muchos están muriendo por ese mal. Otra vez, el sufrimiento de su gente. A sus veintisiete años, siente que nada podrá redimirla del mal causado. Entonces cierra los ojos para huir aunque más no sea con el pensamiento y recordar un tiempo feliz. Imagina una aldea, su madre y sus hermanos, el olor del maíz y la miel, las risas de los niños, el canto de los ancianos; de repente otro olor profundo y hediondo la saca de su ensoñación, es el olor de los caballos y de esos hombres, es el olor de la muerte…

Asustada, aprieta los puños y vuelve a cerrar sus ojos, pero no para soñar, quiere escaparse, no desea ser la mujer mirada con suspicacia por los de su estirpe, quiere hacerse invisible como los niños cuando juegan. Aunque ha perdido toda esperanza de que sus dioses la escuchen comienza instintivamente una plegaria en las lenguas que la habían salvado y condenado a la vez: ¨Kinich Ahau Itzamná, Ibcil Ixchel, perdonen mis pecados, Kinich Ahau Itzamná, Ibcil Ixchel, llévenme lejos de aquí¨.

De repente, los ruidos y los olores son distintos. ¨¿Qué ha pasado?¨ -se pregunta. Al mirar, se sorprende. Está en un lugar muy alto y desde allí ve una multitud que grita ¨Perón, Perón¨.
Siente un brazo sobre sus hombros y una voz masculina le susurra: ¨Ahora te toca a vos, tenés que hablarles¨. Cierra los ojos, inspira y cuando los abre, comienza a hablar. Las palabras le salen con la misma fluidez de siempre y la multitud la aplaude aunque ella no entiende por qué.

Esa noche durmió en paz, no tuvo pesadillas, se le presentó un desfile ininterrumpido de niños, mujeres y ancianos que le hablaban y le besaban la mano. Su apariencia era diferente, llevaba el cabello claro recogido y un traje, también calzaba zapatos y era güera.

Al despertar vió un resplandor colarse por las ventanas del cuarto casi suntuoso y en perfecto orden.
-¨Es un día hermoso -pensó-, tengo que aprovecharlo¨. Una mujer se presentó a asistirla y la ayudó a vestirse. Antes que pudiera decir que estaba hambrienta, otra mujer apareció con una bandeja llena de alimentos. Ambas la trataron amorosamente, eso la hizo sentir bien.

Al salir de la habitación alguien le dijo:
-Buenos días, señora, ¿le recuerdo sus compromisos de hoy?
-Si, y apurate porque hay mucho que hacer. ¿Ya llegó el chofer? Preguntó, y siguieron caminando.
Una fuerza interior la impulsa y no duda de ella. Pasa los días trabajando. La revelación de su sueño se repite cotidianamente, escucha la lectura de cartas, firma peticiones, se enoja y grita, visita lugares con mujeres y ancianos, viaja, besa niños, se reúne con hombres y arregla asuntos de Estado, por pedido de Juan, su marido.

A veces siente la envidia y el odio de los demás, pero ya sabe de qué se trata. El repudio y los desaires, han sido parte de su vida. Nada se le escapa. Como siempre va sobreviviendo y si a veces no comprende algo, como mujer práctica que es, lo deja de lado. Ha aprendido a despojarse para poder seguir en estos mundos donde los parias deben luchar por su redención y eso está haciendo.

Los días transcurren vertiginosamente. Evita, la abanderada de los humildes la llaman, y sabe por qué; ahora protege a los que en otra época, por su acción o por su inercia, fueron condenados.

Anoche volvió a soñar. Se le apareció una mujer que olía a miel, su mensaje fue claro: -¨Cuando llegue el invierno -le dijo casi en un susurro- te irás. Tu luz se apagará para siempre y tu alma podrá descansar. Pagarás con tu juventud y tu felicidad por los errores del pasado y este sacrificio será tu redención¨.

Le queda poco tiempo. Se enoja. Se siente impotente y tiene muchas ganas de llorar y de gritar. Es muy joven. Una vez, pidió irse porque era infeliz, ahora no quiere morir.

Pasan los días y sus noches. No ha vuelto a soñar. Ya todos saben que su vida se extingue, algunos están felices, y eso no le importa, alguna vez le tocó estar en un lugar de odio y de revancha. Muchos otros, en cambio lloran desconsoladamente. Ahora sí, siente que ha llegado el momento. Ahora se puede ir en paz, el tiempo de su expiación ha concluido.

1 respuesta

  1. Natalia Camaño dice:

    Qué buena historia Laura! Se disfruta el nivel de detalle de las descripciones y la humanidad con que dotaste a los personajes. Felicitaciones!

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