ESTUDIANTES EXTRANJEROS

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En la escuela, el patio de baldosas rojas y blancas cada hora se llenaba de chicos bulliciosos que corrían, gritaban o conversaban en pequeños grupos. Luego, de pronto, el silencio: todos habían escapado hacia las aulas.

En los días soleados de esa primavera, los enormes árboles que rodean parcialmente al patio, lo cubrían con sus sombras frescas y allí se agrupaban varios alumnos a conversar. Ninguno de los niños sabía que eran observados con sigilo total por un pequeño ejército de pájaros de variados coloridos y tamaños, que sin moverse ni piar, los escuchaban hablar o gritar, como si quisieran aprender el idioma de los humanos.

Esas aves, muy atentas e inmóviles durante los recreos, los escuchaban hablar entre sí, pero cuando quedaban solos, comenzaban a piar, a discutir entre ellos. Los sonidos eran raros, guturales, como metálicos. Muchos de los pajaritos elevaban los tonos y se entrecortaban sus voces. Parecían estar muy ofuscados, como si quisieran tener razón a partir de sus opiniones. Por momentos, allá arriba, entre las ramas florecidas, surgía un fuerte desorden tumultuoso, hasta que un pájaro, el más corpulento, como si fuera el jefe, se imponía y todos volvían a un intercambio agitado de piares desparejos, pero murmurantes.  

De pronto, un hermoso pajarito del color de las flores de los jacarandas, enmudeció y tieso comenzó a balancearse en una ramita y su cuerpo a vibrar. Un chispazo asomó de su pico abierto y el animalito cayó sobre una de las baldosas rojas. El ruido a cristal roto le llamó la atención a Baltasar, un chico tímido, callado que, aislado, casi nunca participaba de los juegos y lo vio en el suelo. Lo tomó y le llamó la atención que su cuerpito tan suave y algo frío, no tuviera plumaje. « ¡Qué hermoso juguete!», pensó y se lo guardó en el bolsillo del guardapolvo. En las horas siguientes, Baltasar solo pensaba en su tesoro y en que debería ser reparado.

Esa noche se lo mostró al padre, un técnico electrónico especializado en reparar computadoras y de inmediato se pusieron a trabajar. Tras cuatro noches de arduos ensayos y soldaduras delicadas en nuevos circuitos, lograron darle nueva vida al pajarito robot.

Todas las tardes, al regreso de la escuela, Baltasar, se divertía con su nuevo muñeco. Trataba de entender y descifrar el piar del robotito y éste de aprender el idioma del chico. Luego de meses de pruebas y errores, ambos iniciaron conversaciones. Así Baltasar pudo, también, enseñarle a hacer cálculos sencillos.

Pudieron intercambiar ideas e informaciones básicas. Cada noche, el pajarito robot le contaba, un cuento, una historia de su planeta, bien lejano y tan distinto a la Tierra y el por qué había llegado a esa escuela, una delegación de aves robots como estudiantes extranjeros de idiomas humanos.

2 Respuestas

  1. Amadeo dice:

    María Leticia:
    Gracias por leerme y comentar. A mí me gustan los finales sorpresa. El mejor modo para escribir y describir bien (o ir mejorando) es simple: escribir y escribir y tener en cuenta las opiniones de los lectores. Es lo que hago.
    Si envías un texto tuyo a ésta página, con gusto opinaré sobre el mismo.
    Un cordial saludo
    Amadeo

  2. Maria Leticia dice:

    Qué bien. Tendría que leerlo y volverlo a leer. A mi que escenas de dos palabras, las describo en veinte. Y encima no me di cuenta que venia el final, sin preparación previa…no hubo en ese momento…o de pronto…simplemente surgio. Me gustó fue a lo concreto ¡Ay si pudiera!

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