ESTO DE VERNOS TANTO

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«La comida está fría», me digo.
Me levanto del sillón y camino arrastrando las pantuflas hasta el comedor. Me rasco el pecho por abajo del pijama y ensayo un bostezo antes de correr ruidosamente la silla para sentarme a la mesa. Echo una mirada evasiva a mi esposa y me quedo observando la costeleta en el plato. Corto con desgano un pedazo. Me lo llevo a la boca y constato, mientras rumeo hasta tragarlo, que la comida está fría.
Decido mirarla. «¡Esther, la costeleta está fría!», quisiera reprocharle con bronca y a grito pelado. Se lo estoy diciendo con el profundo silencio que me sale de la cara. Quisiera que mi mirada la tomara por el cuello de su blusa y la zamarreara hasta que entienda que la comida está fría y que ella está a punto de terminar su plato, porque empieza sola y me llama tarde para cenar.
Pero ella no se quiere dar por aludida y se esfuerza para no mirarme. Estoy seguro de que clavó la vista en la pared que tiene enfrente, en el exacto lugar en que hay un huequito en el revoque.
No me voy a tomar el trabajo de darme la razón de que sus ojos están fijos en el puntito negro donde un clavo, arqueado por la fatiga de los años, sostuvo la foto de nuestro casamiento. Ella saliendo de la iglesia, de blanco, con sonrisa de DNI y yo, tomándola del brazo, con postura firme y segura.
Mastica gomosamente el último bocado de la costeleta y yo permanezco royendo su indiferencia, tan artificiosa, tan mal disimulada.
Se levanta. Seguro que se va a la habitación a ponerse el camisón y a acostarse; así, sin despedirse.
Sin terminar el plato, lo hago a un lado. Enciendo un cigarrillo, sumergido en el profundo sinsabor que siento hace ya no sé cuánto tiempo. El pucho me revuelve el estómago, me lo llena de ruidos y el comedor se impregna de un humo celeste que se retuerce y se pegotea en la mesa, en la pared, en el agujero negro donde estaba la foto.
Se me ocurre pensar que nuestro matrimonio es como una brújula, empeñada en apuntar hacia un mismo lugar, no hacia donde deberíamos ir. Es un rumbo inexorable. Imagino soluciones funestas que terminen por justificar mi hartazgo y por romper definitivamente esta lógica de las repeticiones: yo pienso que la comida está fría y lo está. Yo digo que ella se levanta para irse a acostar y, efectivamente, después voy a la habitación y ella está acostada.
Tal vez sea un error pensar que a una acción le sucederá inevitablemente una misma consecuencia, pero esas conductas cotidianas acontecen una y otra vez. Si eso es una falacia, en nosotros dos resultan realidades. Arrugo el pucho en el plato para apagar esas ideas.
Voy al baño a sentarme en el inodoro. Tomo la revista que está en la canastita, la del lomo deformado de tanto que la hojée. Ya quisiera ser como los famosos, que con plata resuelven sus problemas, que no tienen su día absorbido por los horarios, que seguro que hay intimidad en sus parejas y que sus hijos los llaman de vez en cuando.
Termino, me levanto y me lavo los dientes. Arrastro las pantuflas hasta dejarlas en los pies de la cama y me acuesto. Ella me da la espalda. Seguro que mira hipnotizada el velador que derrama una luz gastada. Me quedo acostado, esperando que Esther inicie la seguidilla de preguntas.
– ¿No me vas a contar cómo fue todo?-, empieza y apaga la luz, como cada noche, hace ya no sé cuánto tiempo.
En la oscuridad de la habitación, la opresión de los días se disipa. Suspiro. Me sumerjo en la levedad de esa nada tan mía. Dormitado, empiezo a dejarme llevar por sus preguntas.
– ¿No me vas a contar?-, prosigue.
– Dejate de embromar, Esther-, le contesto ansioso, a la espera de las preguntas.
Ella insiste y como no le respondo, va más allá y me pregunta por los labios de Alicia o como sea que se llame.
– Basta, Esther-, le digo sin ímpetu. Pero ella los describe y son tibios y carnosos; su lengua, húmeda y profunda. Insiste en los besos que seguro que me da.
– Nada que ver, Esther-. Cruzo los brazos detrás de mi nuca y pienso en besos mojados y amplios. Ella me relata dónde, exactamente, yo le pongo mis manos y con cuánta pasión le debo llenar el cuello a esa Alicia o como se llame.
Me cuenta cómo mis manos deben descender por su cuello hasta calar el escote, «porque te conozco», me asegura Esther; «ese escote tan osado, que seguro es de llevar la tal Alicia o como se llame».
Me pide que sea yo el que le siga relatando lo que viene después.
– ¿Qué más? ¿No te animás a contarme?-, me desafía.
Perezosamente, no termino de construir ninguna palabra.
– ¡No te animás!-, me acusa y, en la oscuridad espesa, un pensamiento me recorre la sonrisa y me relaja las extremidades.
Sé que Esther seguirá hablando de esa mujer. Por eso, antes de dormirme, me paso la lengua por mis labios para probar ese beso aliviador del que me habla Esther. Me quedo jugando con la lengua en mi boca, como lo haría la lengua húmeda y profunda.
Me quedo imaginando cómo sería ese escote insinuante, donde de tan redondos, casi se tocan los pechos de esa tal Alicia o como sea que se llame la mujer de la que Esther me habla y me habla hasta dormirme.

9 Respuestas

  1. Augusto dice:

    Gracias por los comentarios. Muy nutritivos todos. Gracias

  2. Franco Puricelli dice:

    Me encantan las imágenes del texto, las descripciones de los pensamientos. Y el final es interesante, ¿qué significa toda la escena? ¿Existe Alicia y quién es? Felicitaciones

  3. carlos dice:

    Nod me dijo nada.La escena e la cama me pereció forzada, como si el autor no hubiera terminado de encontrar como describir el hastío.

  4. Marcelo Embrioni dice:

    Me gustó mucho, describe muy bien esas situaciones que suelen ocurrir en alguna triste cotidianidad. Felicitaciones.

  5. Augusto dice:

    Gracias a todas por los comentarios y los votos.

  6. Marcela dice:

    Buenísimo! buen ritmo, le diste una gran fuerza felicitaciones.

  7. Liliana dice:

    El cuento te va haciendo sentir ,en un ritmo creciente, la angustia de los personajes. Me atrapó la descripción de la rutina y el dolor que produce. El juego
    de la fantasía pone el punto negro final de la desesperación. Felicitaciones.

  8. cristina lucero dice:

    Está bueno, hay cosas que yo padezco o vivo y eso hace que me revuelva algo dentro…y este sentir me gusta y no me gusta…No puedo separar lo que me produce con lo que es en sí el texto. No existen los lectores comunes para mí, son tan distintos como seres existen.

  9. cecilia mirolo dice:

    Disfruté mucho de la lectura de este cuento, excelente ritmo. Te felicito

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