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Aunque tenía un pesado sobretodo, Jorge sentía el frío húmedo subiendo desde sus pies. Caminaba despacio, indeciso. Como si no necesitara un cambio. Como si no… estuviera desesperado.

Paró un momento bajo el alero de un quiosco, para calentarse las manos con el aliento.

“Qué gesto inútil” pensó.

El quiosquero lo miró con indiferencia y siguió leyendo el diario. La finísima llovizna desdibujaba la ciudad y flotando en el viento, hacía inútil la protección del alero.

Decidió seguir. De la última entrevista había salido renovado, luego todo había ido mal. No era justo.

El agua abrillantaba el oscuro empedrado frente a la Catedral. Jorge siguió con paso lento, de sacrificio, hacia la angustiosa mole. Vigilado de cerca por una enredada pesadilla de arcos ojivales y gárgolas.

Una fila de heladas palomas se apretaba arriba del arco de la puerta, donde el gris añoso de la piedra se cubría de moho verde.

Jorge empujó la madera reforzada con arabescos de hierro y un vaho a velorio se escapó por la abertura hacia la mañana gris.

Subió una escalera de mármol gastado y entró al vestíbulo, helado como un panteón, pero al menos seco.

Un gran tabique separaba el vestíbulo de la nave principal. El aglomerado se incrustaba dolorosamente en la vieja arquitectura. Hacia la derecha y también desentonando con el lugar crecía un escritorio de un gris descascarado. Sobre él titilaba un fluorescente que pronto acompañaría a su hermano ya muerto.

Jorge se acercó. Una entusiasta y rolliza secretaria lo recibió con la sonrisa de Marilyn perdida en la blancura grasienta.

― ¡Jorge! ¿Otra vez por acá?

La mujer desbordó el escritorio y las manazas cargadas de anillos saltaron como panteras, atraparon la derecha del recién llegado y se quedaron ahí, calientes y húmedas mientras las costuras en espalda del guardapolvo celeste crujían de dolor.

―Nilda…―Jorge ya empezaba a arrepentirse de haber venido.

―Estás helado mi amor, vamos a la cocina y te hago un cafecito― las manazas tiraron, la sonrisa floreció y varias costuras murieron ante la mirada impotente de sus compañeras.

―No…No Nilda, sólo dame el número, estoy apurado.

―Dale, no seas amargo, es un ratito―Una de las manos de deslizó como tarántula por el antebrazo y se ancló en el codo. Los ojos de la mujer brillaban casi tanto como el pesado maquillaje que los enmarcaba.

El hombre se relajó, la escasa protección que le brindaba el enclenque mueble de madera de la recepción no duraría mucho. Puso su mano libre en uno de los hombros geológicos.

―Nilda… No estoy bien… necesito verlo o ya no sé si pueda seguir…―Mintió, sabía que así no podía seguir.

La sonrisa se rindió, las manos soltaron su presa y se pusieron a alisar el frente del delantal donde ahora los botones sufrían la suerte de las costuras. Luego Nilda giró, grácil huracán de carne, y extrajo un número del expendedor a su espalda.

Jugueteaba con el papelito como quien revolea una medialuna frente a un hambriento.

—Me comprometés ¿Lo sabías?— Ahora Nilda apretaba el turno con ambas manos, como un niño malcriado con su juguete. —Además… ya viniste este año, no te corresponde.

Jorge se imaginó apaleando focas bebé. Podía sentir la vibración en el palo y el “crack” del pequeño cráneo. Veía nítido el impresionante contraste del rojo con el blanco. El garrote ya le pesaba en las manos pero seguía en su vaivén de odio. Crack… Crack…

— ¡Jorge!— El grito desesperado lo sacó del trance.

—Me asustaste, te quedaste como hipnotizado…

—Perdón, no sé qué pasó, mejor me voy—

—No, no, pará, tomá el turno. Perdonáme vos—Y le entregó solemnemente el papel.

Este tomó el pedacito de papel verde con números negros. Ciento treinta y siete.

Levantó la mirada y encontró los ojos brillantes con marco que lo esperaban.

―Falta much…

― ¡Diecinueve!―lo interrumpió un parlante chillón desde la nave de la iglesia.

 

La nave estaba repleta. Todos los bancos estaban ocupados, había gente apoyada en las paredes y sentada en los pasillos. Al frente el lugar donde estaba el altar había sido tapiado y una gigantesca pantalla apagada pendía de la pared mal revocada.

Pocos se dieron vuelta cuando Jorge entró. Algunos conversaban, pero el clima general era de silencio apesadumbrado.

“Son las caras de los enfermos en los hospitales”, pensó. “Somos”, corrigió un segundo después.

Se acomodó en un espacio en el suelo, debajo de la séptima estación donde Jesús cae por segunda vez y se durmió.

Tuvo un sueño blanco de papel, sin tiempo. Sólo desapareció.

― ¡ÚLTIMA LLAMADA!―el chillido de lata lo trajo de nuevo.

― ¿Por qué número va?―le preguntó a su compañero de piso, un adolescente de traje caro que sostenía una pantallita brillante en sus manos.

―Ciento treinta y siete―le respondió sin dejar de mirar el aparatito.

Se paró de un salto y corrió empujando gente hasta la puertita a la derecha del confesionario donde ya se había armado una fila. Un viejo con el ciento treinta y ocho en la mano trataba de que los gigantescos e impecablemente vestidos guardias lo dejaran pasar.

― ¡Ciento treinta y siete!―gritó Jorge cuando ya se oía carraspear el parlante. Agitó el número frente a los anteojos oscuros del guardián. Este con un movimiento fluido se lo sacó y luego hizo una seña a su compañero que abrió la puerta.

―Por aquí señor Valente―por la abertura se colaba el chac-chac de la máquina de escribir.

La pesada y antigua puerta se cerró apagando el murmullo de la gente y Jorge siguió caminando por un pasillo largo de techo abovedado. Se frotó los brazos enérgicamente, para espantar a su viejo y persistente amigo.

¡CHAC-CHAC-CHAC…! ¡TLIN!

El sonido salía desde otra puerta al final del pasillo. Un resplandor amarillento formaba un triángulo de luz en el piso y Jorge se detuvo antes de tocarlo.

― ¡Jorge! Pasá por favor, acomodáte donde puedas.

Suspiró y entró a la habitación. Las posibilidades de comodidad no eran muchas, un gran sillón de dos cuerpos que parecía blando pero bastante sucio y una pequeña silla de madera.

Eligió el sillón y puso los pies sobre una de las tantas pilas de libros que atestaban el lugar.

—Dame un segundo y estoy con vos.

¡CHAC-CHAC-CHAC…! ¡TLIN!

Roberto estaba atrincherado en un escritorio de chapa. Torres irregulares de innumerables carpetas y papeles sueltos atiborraban el mueble. Un velador con un brazo móvil hecho de segmentos de metal y forma de campana mantenía a raya la oscuridad y todo el conjunto parecía un extraño pez abisal. En el foco de la luz destacaban la máquina de escribir y dedos manchados de nicotina. El contorno del hombre se difuminaba a partir de los codos y cada tanto un mar agitado de humo se abatía sobre las teclas.

Roberto se acercó. Su mirada enrojecida saltó sobre el marco negro de los anteojos y atravesó el desorden. Las mejillas debajo de la barba desprolija se hundieron y la brasa del cigarrillo reveló en rojo el rostro cansado.

Aplastó el medio cigarrillo en un cenicero desbordante de colillas muertas. Se levantó bruscamente y la silla con rueditas que usaba carreteó hasta chocar con una estantería que llegaba hasta el techo. Fue como si hubiese gastado toda su energía en levantarse ya que rodeó el escritorio con paso lento y fue a sentarse al lado de Jorge.

―Contáme. ¿Que te anda pasando?. ¿Muchos casos sin resolver?―preguntó con tono paternal.

―No, no es eso Roberto. El trabajo está mejor que nunca. Incluso cenamos con el alcalde y su mujer todos los jueves.

―Bueno yo ayudé ahí, no te olvides—Hizo el ademán de buscar cigarrillos en el bolsillo de su camisa gastada.

―Cómo podría Roberto. —Jorge tenía las manos entrelazadas sobre su abdomen y empezó a golpear las puntas de los pulgares.

―Francine… ¿es eso no? Te asfixia, te retrasa. —El paquete de cigarrillos no estaba en la camisa y cuando empezaba a ponerse nervioso lo sintió en el bolsillo del jean.

―No, Francine me ama, ella está muy bien. — Antes que Roberto se adjudicara ese logro Jorge prosiguió.

―Soy yo… el que no está bien. Me siento como la marioneta de un titiritero loco. No puedo sentir, nada me conmueve. Estoy… vacío… gastado. —Ahora Jorge limpiaba mugre imaginaria debajo de sus uñas.

―Y de qué forma te ayudo. ¿Pensaste en algo?―Roberto volvió a su escritorio y tomo un block de papel y un lápiz.

―Ya no quiero ser policía.―Punto. El bigbang se detuvo. El silencio empezó a aturdir, y cuando se hizo insoportable Jorge agregó, con las manos todavía en el abdomen y la vista fija en las puntas de sus zapatos―Quiero ser maestra.

Roberto lo miraba petrificado con el block y el lápiz todavía en sus manos.

―Yo… yo… no puedo hacer algo así. —Dejó caer el papel y con rápida desesperación encendió otro cigarrillo.

― ¡Como que no podés! ¿Y todos los que resucitaste? ¿Y los cobardes que se vuelven héroes en dos párrafos? —Jorge no se movía pero su mirada se abrillantaba de furia.

―Jorge, calmáte por favor. Vos sos Jorge Valente. ¿Te acordás como empezaste? Patrullando las calles a pie a la sombra de jefes corruptos y mafiosos sin alma y mírate ahora. Jefe de policía, limpiaste la institución, la ciudad es segura. Incluso se habla de tu candidatura como alcalde. Quién sabe dónde termina esto. Pero si hasta podrías ser presidente.―Roberto se había acercado de nuevo y su amistosa mano descansaba en el hombro de Jorge.

― ¿Presidente? ¿Te crees que me vas a comprar con eso?―Jorge se levantó, tomó un libro cualquiera y siguió hablando.

—Es cierto, soy Jorge Valente hace mucho, y necesito cambiar. Recién cuando me dormí, tuve un sueño. Un sueño de papel blanco, quiero eso para mi historia, empezar de cero.

Quiero bajarme de un tren en una ciudad chica, de los años de posguerra, con una valija, veinte años y un título de maestra. Quiero un vestido a cuadros, un sombrerito negro y que me espere el director de la escuela en el andén. De ahí me arreglo yo y no volvés a saber de mí.

Roberto suspiró resignado. Dejó el cigarrillo apoyado en el borde del escritorio y encendió otro. Se lamentó de su falta de carácter. Quisiera ser como esos guionistas rusos que sobre el final matan a todos, pero no. El se encariñaba.

―Estás decidido ¿no?, bueno si es así…―Se acercó a Jorge y le dio un fuerte abrazo, este se quedó tenso hasta que la presión cedió.

―Es adiós entonces.―El escritor fue a buscar la silla que se había alejado y se volvió a atrincherar en el pez abisal.

Jorge salió sin despedirse, volvió por el oscuro pasillo y antes de llegar a la puerta de los guardias el golpeteo lo alcanzó.

¡CHAC-CHAC-CHAC…! ¡CHAC-CHAC-CHAC…! ¡TLIN!

Cuando salió el viejo con el ciento treinta y ocho le dirigió una mirada furiosa y lo empujó para entrar en el pasillo.

Ya en el vestíbulo se dirigió hasta la recepción.

Nilda bajó el volumen del televisor y le dedicó una hermosa sonrisa.

― ¿Y? ¿Cómo te fue?

―Creo que bien, no sé. Lo vi muy cansado.

― Te va a ayudar, ayuda a todos y cada vez vienen más. Me da pena.

― ¿Pena? ¿Con el poder que tiene?

―Él no puede cambiar su historia, sólo puede aceptarla o modificarla apenas.Y a base de grandes esfuerzos. —Ahora la sonrisa de la secretaria era condescendiente.

―Nilda, me voy. Creo que no nos vamos a ver más―Esta vez fue Jorge quién tomó las manos de la mujer.

― Bueno guapo, te vamos a extrañar hasta que vuelvas.― respondió con un guiño y subió el volumen del televisor.

Jorge se encaminó a la puerta. Descendió los escalones de metal del vagón con su valija a cuestas. El andén estaba atestado de gente y de abrazos. Dos niños que se perseguían entre las piernas de los grandes casi la hacen caer. La estación era pequeña y pintoresca con los bordes dorados por el sol matinal.

― ¡Señorita Clara! ¡Por aquí!―El director, en un impecable traje gris, la llamaba desde un extremo del andén. Clara se volvió y saludó. Una repentina brisa otoñal amenazó con levantarle el vestido pero se conformó con volarle su sombrerito negro.

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1 respuesta

  1. Karina dice:

    Uno de mis cuentos preferidos! mágico, genial.

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