Espiritualidad

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Eusebio murió. Dejó junto con su testamento una serie de preceptos basados en la iglesia católica que debían ser respetados como últimos deseos. No había que cremar su cuerpo, pues al momento de la resucitación, en el día del juicio final, él tendría unas cenizas y “no quería vivir una eternidad a capricho del viento”. Éste era solo uno de los pedidos; además solicitaba crisantemos y  gladiolos como adornos florales, que se sirviera solo té de Ceylán y café de República Dominicana, ya que, según su propio criterio, era mejor que el colombiano. Pidió un sacerdote amigo de su infancia para los sacramentos y unas monjas que cantaran el Aleluya de Leonard Cohen en su entierro. No dejó detalle librado al azar.

            La familia debía retirar sus restos del hospital al mediodía del viernes. Al llegar a la sala de espera de la morgue se encontraron con un cuadro bastante extraño. Había una multitud de judíos, hinduistas y budistas zen. Comentaron entre ellas, Estela, la viuda y sus dos hijas, Alberta y Thelma, la rareza de ver tanta gente de religiones distintas y tan en paz. Sintieron un cierto regocijo y volvieron a creer en la humanidad por un rato.

            -¿Cómo estás Mamá?- preguntó acongojada Alberta.

            -Estoy como puedo hija. ¿Cómo voy a hacer sin él las cosas, a quién le voy a cocinar? -Sollozaba Estela.

            -¡Tan bueno que era papá! ¿Tanta verdad que había en él no? ¡Cuánta decencia, coraje y espiritualidad…lo vamos a extrañar tanto! -exclamó rompiendo a llorar Alberta.

            -No sé hijas que vamos a hacer sin él. Si sé una cosa. Tu padre fue el mejor hombre que alguna de nosotras ha conocido y conocerá. Era amable, sonriente, veraz. Nunca más la vida nos permitirá disfrutar de alguien así- dijo quebrándose en un profundo llanto.

            Thelma intentaba mantenerse al margen de ese dolor. <<Alguien tiene que hacer los trámites >>, se repetía para no caer.

A los diez minutos salió de la morgue del hospital un diminuto hombre vestido de impecable ambo azul y dijo:

            -Los que vienen a retirar el cuerpo de Eusebio Rodríguez pasen a la sala por favor.

            Empezaron a caminar hacia la sala dos budistas, dos rabinos, un brahmán  y ellas tres. Estela imaginó que los otros habían escuchado mal, ya que no serían argentinos. En realidad la congoja que la atormentaba era tan profunda  que las ideas en su cabeza carecían de sentido. No dio importancia hasta que llegaron al marco de la puerta y dijeron al unísono, todos y en un claro castellano:

            -Venimos a buscar el cuerpo de Eusebio.

            Se miraron asombrados y empezaron a preguntarse entre ellos:

            -Debe haber un error- dijo Estela- Eusebio Rodríguez es mi esposo y vengo a retirar su cuerpo. ¿Quiénes son ustedes? –exclamó con voz acongojada.

            -Nosotros somos de la sinagoga de acá a la vuelta, señora. Eusebio era un judío practicante desde hace 10 años.  Nos dejó un testamento por escrito de los detalles que quería para su entierro. Mire -respondió el más viejo de los rabinos enseñándole un papel con membrete de la escribanía Frenkel & Raymonda. La misma que usaban ellos para todos sus trámites.

            -Nosotros somos de San Javier señora. Eusebio iba una vez por mes a meditar con nosotros. Todos los últimos fines de semana de cada mes subíamos al cerro de Los Linderos, al lado del Champaquí  vio. Hace muchos años que va, debe hacer como seis ya- dijo con tono serrano uno de los sacerdotes budistas-. Y nos dejó por escrito cuales eran sus últimos deseos.

            Estela en el límite de su fuerza y sostenida del brazo por Thelma, dirigió la mirada al brahmán:

            -Y usted, ¿que tenía con mi esposo?

            -Eusebio es seguidor de Brahma desde su adolescencia. Nunca dejó de practicar el hinduismo.  Ahora estará reencarnando en un ser superior seguramente- contestó feliz el brahmán.

            Estela miró el papel en la mano del sacerdote hinduista, que al igual que todos los otros, pertenecía a escribanía Frenkel & Raymonda. Levantó la vista, miró a sus hijas y a esos personajes extraños y se desmayó.

 

 

            Estela empezó a reaccionar luego del segundo pote de suero que le pusieron los enfermeros. Levantó la vista, y vio ante sus ojos nuevos personajes. Por lo que ella entendía en su media conciencia, había un sueco(o de esa zona), un chamán peruano y un Hare Krishna. El segundo pote no fue suficiente y cayó nuevamente en un profundo sueño.

            Dos horas más tarde, Estela se despertó ante el llanto desconsolado de Alberta, que creía que su madre también había muerto, y los gritos de su hermana, que le repetía que no fuera imbécil, que estaba desmayada:

            -¿Mamá, estas mejor?- gritaba Alberta.

            -Si hija, pero ¿podrías callarte un poco por favor?- suplicó Estela.

            -¡Mamá, sé que no te sentís bien, pero por favor despertáte porque no sé qué hacer! Llegaron un chamán peruano, dos Hare Krishna y unos finlandeses que dicen que papá era de una secta que creía en los dioses nórdicos y en el Ragnarök; ¡le quieren cortar las uñas para que el apocalipsis no llegue antes de tiempo mamá! ¡Despertáte mamá, no doy más y no sé qué es el Ragnarök!-exclamó rompiendo en llanto por primera vez Thelma.

 

 

 

            Estela se levantó con inseguridad del duro catre de la guardia. Se apoyó en sus hijas, y salió hacia el salón donde estaban reunidos ya, hace unas horas, todos los acreedores del cuerpo de Eusebio. Al llegar vio, tal como le había dicho Thelma, dos suecos o daneses, un chamán y dos rapados en túnica naranja.

            -¡Ahora si estamos todos! ¿No?- desafió a todos los presentes.

            -No mamá, falta el padre Fernando- refunfuñó Thelma-. A él lo estamos esperando a ver si tiene alguna novedad que nos aclare un poco esto.

            Estaban reunidos en un salón de actos o algo parecido, ya que la oficina de recepción y entrega de cadáveres de la morgue, había quedado chica. El hombrecito de impecable ambo azul había pedido las autorizaciones concernientes ya que notaba que esto daba para largo. El salón tenía un gran ventanal por donde entraba una suave brisa que traía un poco de paz al enrarecido ambiente. Traía también unos gritos de tipo escandaloso afuera, en la puerta de entrada:

            -No, no es mi perro, pero me acompañó y no va a parar hasta entrar adonde esté yo- decía el padre Fernando tratando de razonar con el guardia.

            -El perro no entra, son reglas del hospital ¡Acá su perro no entra! –reafirmaba el guardia.

            Jefferson mientras tanto orinaba los dos ficus que adornaban el ingreso. Al primero le orinó la maceta. Al segundo lo trepó con esa habilidad que no había perdido luego de la resurrección y meó el tronco.

            -¡Haga como quiera, el perro me va a seguir!

El padre Fernando entró al hospital dejando la situación en manos del guardia. Se dirigió hacia el salón que estaba en un primer piso, y al llegar a la puerta de entrada vio como entraba Jefferson por una ventana.

-Vamos Jefferson, vamos a ver qué pasa acá- dijo con voz resignada.

El cura no alcanzó a terminar de abrir la puerta, cuando ya tenía encima un enrollo de personas alrededor explicando, jurando, gritando y exigiendo sobre qué se debía hacer con el cuerpo. Escuchó cosas que en su vida imaginó. Y mucho menos de ese hombre que se había sentado en el segundo banco del ala derecha de la parroquia durante toda su vida.

-¿Pueden parar de hablar un poco así nos empezamos a escuchar?- desafió con voz severa el hombrecito de impecable ambo azul.

Todos se quedaron callados ante la intervención del caballero que solo había dicho hasta el momento, que por favor se llevaran ese cuerpo de la morgue.

-El tema es complejo- se explayó con una autoridad necesaria, pero no ratificada por los presentes-. Vamos a tener que llegar a un acuerdo porque no es posible que el cuerpo quede aquí por más de veinticuatro horas, y ya lleva doce. Así que si les parece nos sentemos hasta ponernos de acuerdo. Todos se miraron entre sí, como niños retados en un jardín de infantes, y fueron hacia las sillas que el hombrecito de impecable ambo azul, había puesto en ronda veinte minutos antes.

-Bueno, vamos a hablar un rato sobre este hombre que nos está trayendo este problema ¿no les parece?- preguntó con voz casi paternal el hombrecito.

Los participantes de este particular congreso ecuménico, se miraban sin salir de su asombro. Por lo que estaban viviendo, por quién era el interlocutor mandante y por ese perro que no dejaba de mirar, uno por uno, a cada uno de ellos.

-Voy a empezar yo- dijo Estela con voz entrecortada-.La verdad es que no puedo creer lo que estoy viviendo, es como una pesadilla. Yo solo veía verdad y honorabilidad en mi marido, y ahora esto. ¡Vienen todos ustedes a querer robarme a mi marido! Que ya ni sé si era tan mío como él decía. ¡Ustedes están arrancando desde el fondo el amor que yo siento… o sentía por él!

-Nosotros no quieremos hacer daño a familia Rodríguez, Solo cortamos uñas a Eusebio y nos vamos- dijo uno de los daneses o finlandeses con acento cruzado.

-¿Pero para qué le quieren cortar las uñas?-intervino rabiosa Thelma.

-Para alejar apocalipsis, para alejar a barco en cual venir Loki a matar a dioses que nos protegen. ¡Barco de Loki hecho con uñas de los muertos del mundo!- contestó más cruzado aún el otro sueco o noruego.

-¿Puedo hablar yo ahora?- preguntó el rabino y siguió hablando.-El tema es que este hombre ha hecho sacrilegio en por lo menos tres de las religiones que practicaba, lo cual es una falta muy grave en cualquiera de ellas. Nosotros estaríamos en condiciones de apartarnos del caso porque el hombre está condenado desde ya.

Se hizo un silencio y el monje budista de San Javier pidió la palabra:

-Me parece que nos estamos apresurando a juzgar a este hombre. Nosotros nunca tuvimos la sensación de que nos mintiera. Él venía, meditaba, y se iba muy feliz de nuestro templo.

-Aparentemente se iba feliz de todos los templos- exclamó el padre Fernando con un dejo de indignación.

En ese instante entró el guardia a la habitación. Venía a acompañar a un cadete de la escribanía Frenkel & Raymonda y a buscar a Jefferson.

-Vení acá perro hijo de put…disculpe señora, le corro la cartera un segundit… salí de ahí guacho…aca estás…te agarré ¡disculpen las molestias!-dijo sonrojado el guardia y salió con el perro hacia el pasillo.

-Vengo a traer esta carta de manera urgente a la viuda Eusebio Rodríguez. Dicen los escribanos Frenkel & Raymonda que los disculpen, pero que había quedado traspapelada en el interior de la carpeta.

Estela recibió el sobre, y en el frente decía: Para Estela, para mis hijas y para todos.

 

 

 

            Estela miró el sobre, levantó la vista y vio a todos. De algún modo esas personas a las que no conocía ya estaban dentro de su vida, y habían empeorado uno de los momentos más duros de su existencia. <<Ellos no tienen la culpa>>, pensó.

            -¡Pero este estúpido sí!- exclamó en voz alta ante el asombro de todos los de aquella habitación.

            -Por favor, Estela. ¿Podés abrir el sobre así terminamos este tema de una vez?- dijo muy irritado el padre Fernando.

-No, no puedo. Tomá Thelma, leéla vos, siempre has sido la más preparada para estas cosas-contestó acongojada.

Thelma la incineró con sus ojos, <<siempre igual>> pensó. Rompió el borde del sobre con bronca, y empezó a leer:

Querida Estela, amadas hijas, todos:

            Ustedes se preguntarán; ¿Qué le pasó a este hombre, por qué hizo esto? Esta carta la estoy escribiendo dos días después del diagnóstico terminal que me dieron. Me dijeron que no iba a sufrir, así que eso me dio un poco de tranquilidad como para encarar esta especie de descargo, y dejar mis cosas en orden. Un orden que no conozco para nada dentro de mí. Les voy a ser franco, ya no hay porque mentir. Tengo miedo. Toda mi vida tuve miedo a morirme. Toda mi vida tuve miedo a dejar de vivir. Tengo terror a no saber que hay más allá. Por eso están todos ustedes acá. No me importa lo que hagan con mi cuerpo ahora. Esas ideas solo eran estructuras de cada una de las religiones en las que fui buscando ayuda, para tener alguna esperanza. Y esos pedidos extraños que les hago, en realidad son para ustedes tres. El té de Ceylán es para vos Estela, mi amor y compañera. El aleluya de Leonard Cohen es para mi amada y sensible Alberta. Y el café de dominicana es para vos Thelma de mi corazón. A mí ya no me interesa nada. Solo algo que pueda sacarme esta angustia de saber que en pocos días dejaré de verlas. ¡Y a todos! Dejaré de verlos a todos, y por más que algunos de ustedes me hayan dicho que nos veremos pronto, que reencarnaremos o que somos todos uno, yo no puedo despedirme de esta individualidad sin sufrir. No puedo irme de esta vida con una sonrisa porque me da vértigo. Siempre lo tuve. Me preguntarán ¿por qué les mentí? Me dio más miedo. Me vi diciéndole al rabino o al padre Fernando que me iba con unos hinduistas o con unos budistas a meditar; e imaginé el escándalo, el infierno, la ira de Dios, etc. Estela, Thelma y Alberta me preguntarán con más razón por qué les mentí.

            En ese momento Thelma paró de leer, había ido con su mirada unos renglones abajo y no podía creer lo que había visto. Le pasó la carta al padre Fernando para que la siguiera leyendo, si es que lo creía correcto:

            -Yo no me siento bien padre, ¿puede seguir usted?-preguntó al cura extendiéndole el sobre.

            -Si querida, sigo yo-afirmó el fraile con ingenuidad.

Bueno, sigo por acá…No tuve el valor de mostrarme tal cual era. La verdad es que debo confesar algunas cosas antes de morir. Debo decirte a vos amada Estela, que tuve un amorío con Marta. Con tu hermana Marta. ¿Cómo podría haberte contado eso? Pero te amé antes y te sigo amando.

            El cura levantó la vista y se encontró con los ojos de Estela que lo miraban con odio. Ella lo culpaba internamente de saber todo esto, y de no haberle contado:

            -¡Vos sabias hijo de puta! –gritó.

 Se levantó de su silla y le tiró con un llavero con el que jugaba desde que llegó al hospital. La suerte no estaba de parte de nadie esa tarde. El cura vio venir el llavero y se agachó con una precisión que dejó el espacio justo para que fuera a dar en los dientes perfectos de unos de los finlandeses o daneses. La boca del sueco o noruego empezó a sangrar profusamente. A partir de ese momento, todo se desbarrancó en un mar de acusaciones y defensas:

-No puedo creer lo puta que era la tía Marta.

-¡Pero era secreto de confesión!

-No puede ser, debe ser una mentira de papá, habrá estado alucinando.

-¡Que hijos de puta!

-Pero, ¡qué bueno que te seguía amando! ¿No?

-¿Marta está viva?

Llamaron a la guardia porque el sueco o danés no paraba de sangrar. Llegaron los enfermeros y se lo llevaron para coserlo. Aparentemente la acytra había cortado una encía.

Se empezaron a calmar, de a poco, todos, y el cura tomó la palabra nuevamente:

 No me alcanzó la vida para mostrar mis contradicciones y mis errores. Me sentí invadido de joven ya, por una imagen mía que tenían ustedes tres y todo mi entorno. Y nunca tuve el valor de cantar, de llorar o de plantarme con mis pensamientos, por más equivocados que estuvieran, y por supuesto, de contar semejante historia. ¡Perdón mi amor! Pero de verdad, antes y después seguí amándote. Tuve miedo, siempre tuve miedo A esto puedo verlo ahora. Que feo vivir y morir con miedo. Lo estoy pensando, sintiendo y viviendo ahora. Huelo el miedo que tengo a todo. A veces solo quisiera vivir paralizado para que nada pase. No me gusta morir así. Pero no sé si podré cambiarlo en un mes. Hay algo que sí me inspira y me esperanza, y que haré lo posible por hacer. Si hay algo del otro lado, ¡les juro que les voy a avisar!…

En ese momento rechinó la puerta de entrada de la habitación. Todos miraron hacia allí esperando ver algo…y Jefferson entró nuevamente. El guardia estaba ocupado con otros asuntos. El perro  se acercó a la viuda, que seguía sentada, y tenía las manos colgando al lado del cuerpo. Agachó su morro y levantó la palma para que quedara acomodada justo arriba de su cabeza. Ella dejó su mano allí, a pesar de su antipatía por los perros, pero éste era distinto. Estaba allí en ese momento, en el que su soledad se hacía más oscura dentro de ella.

-Podemos continuar-dijo Estela.

-Bueno, sigo… Les agradezco a todos y en especial a vos Estela. Siempre te amé, y de eso nunca tuve duda. Eso atravesaba todas mis contradicciones. ¿Porque no me fui con mis mentiras?, se preguntaran todos. Es muy simple, porque no quiero que crezcan creyendo que fui lo mejor, que fui bueno, que no tenía defectos, errores ni traiciones. Quería dejarles la libertad de no crecer con esa sombra. Quisiera dejarles unas palabras que son estúpidas, viejas y suenan a frase de autoayuda, porque lo son. Pero tómenla e imprégnense de ese significado profundo que tienen: “Vivan, no importa cómo, pero vivan. Recuerden que esto de vivir, DE VERDAD, se termina” Las amo y al resto… ¡Gracias!   

                                                                                                       Eusebio.

            El cura cerró el sobre con la cabeza gacha. No sabía si levantar la vista, si vendría un nuevo llaveraso o si alguien se las tomaría con él. Nadie hablaba, nadie se miraba. Jefferson dio una ojeada, vio y olió una mochila con fiambre de venado que traía el otro sueco o danés, se acercó despacio como buscando una caricia, y cuando estaba al alcance de su hocico, tomó la mochila y salió corriendo hacia el pasillo.

            -¡Mio pasporte, mio pasporte!-grito el finlandés o noruego y fue tras él. Salieron a socorrerlo los budistas de San Javier y el rabino que sabía inglés. El cura elevó la vista y vio a Estela. Ella lo miraba fijamente. Él conocía otros secretos de confesión y ella lo sabía. Se levantaron, le entregó el sobre, y ella lo abrazó. Gimiendo y llorando acongojada, le dijo unas palabras a su oído.

            El hombrecito de impecable ambo azul se acercó conmocionado por todo lo vivido en ese momento y les dijo con delicadeza:

            -Tómense su tiempo para decidir lo que harán con él, no hay tanto apuro.

            -Ya lo decidimos-respondió Estela con seguridad.-Vamos a cremarlo ¿Les parece? -preguntó mirando a todos y a cada uno.

            -Me parece una opción excelente- dijo el chamán peruano que no había abierto la boca en toda su estadía.

Todos asintieron, por ideología o por cansancio.

-Pero deberíamos preguntarles a los que se fueron.

            – Vamos a buscarlos- dijo Alberta.

            Salieron en búsqueda de los noruegos o daneses y el pequeño hombrecito de impecable ambo azul quedó solo en la habitación. Sintió un ruido atrás suyo y vio a Jefferson, sin mochila, devorando una especie de salame color bordó. Lo miró, le sonrió. Jefferson le mostró los dientes. El hombrecito se levantó de su silla y le dijo:

            -Chau perro, me voy a prender el horno, ¿o querés venir?

            Jefferson lo miró, le mostró los dientes de vuelta y siguió rumiando su fiambre de venado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4 Respuestas

  1. jajaja, muy bueno!

  2. Felicitaciones Marcos, me gustó muchísimo. Interpreto que el miedo a “la muerte” hizo a este hombre elegir esta forma de “vida”. Buscó en todas las religiones la esperanza de otra vida.¿Acaso se reencarnó en el perro? Final abierto.

  3. Damián Díaz dice:

    Muy bueno Marcos! Por fin leo el final.

  4. Viviana dice:

    Felicitaciones! El alma del cuento lo porta Jefferson.

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