Esperanza y realidad

Tiempo de lectura: 5 minuto/s

Disfrutaba ahora de la compañía de los libros llenos de polvo de la Biblioteca Córdoba, conociendo sus historias. Fue testigo silencioso de alumnos aplicados buscando información, de turistas desorientados que sacaban fotos al cielorraso, de amantes buscando palabras para sorprender entre los poemas de Benedetti. Se sentía libre a pesar de no poder salir de entre esas paredes. Catalina había dejado de sufrir los maltratos y menosprecios de su marido hacía años.

Había sido una mujer muy bella delgada, con grandes ojos y una frondosa cabellera morena que caía formando una cascada de rulos por su espalda. Se había casado con tan solo catorce años; su flamante esposo era un caballero de la alta sociedad, de treinta y cinco años. La noche de bodas no fue tierna; él había tomado de más y ella le disculpo las cachetadas. Su madre siempre le dijo que había que cuidar el matrimonio y que se le debía obediencia al marido. Le llevó solo un par de meses de violaciones quedar embarazada y otro par para perder ese niño. Siempre se había imaginado que sería madre de un varón.

Le gustaba pasear por la biblioteca, disfrutar de los rayos de luz que se metían por los huecos de la media sombra. Desde lo alto de la escalera central observó a Vicky, que entraba con gafas negras y un evidente nerviosismo.

– ¿Libros de leyes? – fue lo único que la nueva visitante alcanzó a preguntarle al guardia, quien sin levantar la vista del diario le indicó con el dedo una de las salas de izquierda.

Catalina la miró y la angustia desterró su tranquilidad. Veía la historia repetirse.

Luego de un matrimonio de diez años, su cuerpo no había resistido. Un martes a la noche, en el mes de septiembre del año 1880, antes de poder ver las flores de los duraznos, murió. Estaban de visita en la casa de los Ordoñez para hablar de negocios; luego de algunos brindis, el golpe certero en la sien hizo que su pequeño y magullado cuerpo rodara escaleras abajo.

Nunca se había atrevido a quejarse; había aprendido a aceptar su vida, a soportar por temor al que dirán. No recordaba tener amigas con las cuales desahogarse. Su marido no se lo permitía porque podrían hacerle pensar. Representaba la imagen de una esposa perfecta maquillando las caricias de su marido.

Vicky se descubrió sola en ese pequeño recinto lleno de libros y se quitó las gafas. Su rostro mostraba un labio partido, el ojo izquierdo morado y una cortada sobre la ceja derecha que ocultaba bajo un flequillo mal arreglado. Las manos le temblaban y no sabía dónde buscar. Se negaba a ser otro número en la lista de victimas de la violencia familiar; tenía que intentarlo todo por sus hijos. Sacó el Código Penal, pero no lograba entenderlo. Se había casado con dieciséis años al quedar embarazada; su marido era un suboficial inspector de la policía de Córdoba y al nacer su primer hijo, ella dejó el colegio. Hacía girar el delgado anillo en su dedo mientras leía uno a uno los lomos de los libros.

Catalina seguía los movimientos de Vicky. Se veía reflejada en esa desconocida aunque no estuvieran en la misma época. Luego de años de pasear y disfrutar las tardes en el silencio de la biblioteca, se sentía impotente de que todo siguiera igual a pesar del progreso en la sociedad. Veía su historia repetirse pero con el coraje que ella no supo juntar.

Vicky dejó un libro sobre la mesa mientras buscaba entre los del estante. Catalina recordó a los estudiantes de abogacía que pasaron por esa sala y ayudada por una ráfaga de viento, abrió el último tomo en la página 253, donde se leía: “INSTRUCCIÓN Nº 2/1998, DE LA SECRETARÍA DE ESTADO DE SEGURIDAD SOBRE ADOPCIÓN DE MEDIDAS RELATIVAS A LA PREVENCION, INVESTIGACIÓN Y TRATAMIENTO DE LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER Y ASISTENCIA A LA MISMA”. El corazón de Vicky se detuvo al sentir el movimiento tras de sí; su mano lentamente soltó el libro que estaba sacando y miró la mesa.

Al terminar de leer el título, Vicky se dejó caer en una silla y comenzó a entender los cambios que necesitaba para una nueva vida. Se sentía protegida en ese espacio, tenía la sensación de estar cerca de un final feliz. Sacó de la vieja cartera un cuaderno con pocas hojas y fue anotando los diferentes artículos. En una hora había llenado un par de hojas con notas y las adjuntó a la copia de la denuncia que le entregaron en la Comisaría Séptima. Al levantar la vista, notó que el orden de los libros cambiaba, parecían asomarse por su propia voluntad en las estanterías. El pequeño espacio se lleno de un aroma a jazmines recién cortados que la llenaba de paz. Fue tomando los libros que Catalina le separaba y sumando notas a su cuaderno. Llevaba toda la mañana en eso y con cada paso dado se sentía más segura, más libre.

Catalina compartía la felicidad de Vicky, le encantaba ver cómo esa mujer que le recordaba a su infortunio iba tornándose cada vez más fuerte. Podía ver cómo una tímida sonrisa asomaba en el rostro de Vicky con cada palabra escrita. La abrazó.

Al sentir el contacto de alguien con su cuerpo, Vicky reaccionó y miró el celular. Le quedaba una hora antes de que cerrara el Tribunal de Familia. Juntó sus cosas, devolvió los libros a su lugar y se colocó las gafas. Antes de cerrar las puertas, miró el cielo raso y con un suspiro dijo:

– Gracias.

Catalina miró con otros ojos su estadía en la biblioteca; podía ayudar a quien lo mereciera. Saludando a las palomas que la miraban desde el techo, subió las escaleras. Se sentó feliz en el primer escalón contemplando la puerta, observando en detalle que camino toma cada uno de los visitantes.

Al día siguiente, el guardia de la entrada lee en la última página del diario que encontraron a Victoria Daghero muerta a manos de su esposo, el suboficial inspector Victor Martinez. Mientras se ceba otro mate piensa: “¿Qué le habrá echo esa mina?”

2 Respuestas

  1. Elsa dice:

    Hermoso Lo!!! Muy bien escrito y gran final!! Para pensar…

  2. Rina Angélica Corral dice:

    Una realidad muy bien contada.Me gustó mucho sobre todo el final.Propio de algunos masculinos.Rina

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