Entre robles y avellanos

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Valeria, Vale la llaman, tiene doce años y cursa sexto grado. Es una niña feliz y vive en un hogar feliz. Es única hija y única nieta. Lazos profundos de ternura y amor la unen a su abuela materna.

Como Vale es muy coqueta y le gusta estar a la moda su abuela le regaló un hermoso sombrero rojo tejido al crochet. La niña no se lo saca ni de día ni de noche, a tal punto que hasta sus amigas la hacen el centro de sus bromas.

Una mañana, su madre le dice:

—Querida, la abuela me llamó por teléfono. Tiene faringitis y teme que el sol le haga mal. Necesita que le lleves el Burako porque esta tarde se reúne con sus amigas.

—¿Tiene que ser ahora? Quedamos con las chicas en ir a la plaza.

—Es un ratito, Vale, en media hora te desocupás. Y no andés con el celular en la mano, que las veredas están todas rotas, fijate por dónde caminás. —Y agrega—: Dale un beso enorme de mi parte.

Vale se viste con cuidado: calzas rojas y una remerita corta, rosa, que deja ver la panza. En los pies, los tenis clásicos, y, por supuesto, el sombrero, su tesoro.

Resuelve ir por el camino del centro así pasa por la plaza y les avisa a sus amigas que se va a demorar, que la esperen. Coloca el celu en el bolso y se calza los auriculares mientras va cantando: “Pasito a pasito, suave, suavecito…”

En el camino se detiene ante una florería y, sabiendo cuánto le gustan los crisantemos a la abuela, elige unos grandes y amarillos. Sabe que ese regalo la va a hacer muy feliz.

La abuela vive en un barrio residencial muy bien cuidado, con árboles y flores por todos lados. La casa de la abuela Hilda está en medio del terreno y hay que pasar entre tres robles y unos avellanos que la «esconden» un poco. Un grato perfume inunda el lugar. Toca la campanilla de la entrada, que la abu compró en una tienda de antigüedades: le gusta oír su tintineo.

Nadie responde. Un poco sorprendida, tantea el picaporte y la puerta se abre, está sin llave. Eso le llama la atención, le produce un mal presentimiento, pero entra esbozando un «abu», cuando ve el comedor totalmente revuelto. No puede moverse, sus piernas no le responden y todo su cuerpo tiembla. Pasados los primeros minutos, comienza a retroceder. Cuando llega a la entrada, grita hasta quedar afónica. Un vecino la oye y corre. La abraza y, tratando de calmarla, le pregunta:

—¿Qué pasa, Vale?

Ella solo puede señalar hacia adentro. Recorren juntos la habitación y siguen. La abuela está tirada en el piso, cerca de su cama. La levantan entre los dos y la acuestan. El vecino, Jorge, moja una toalla y la pasa por su rostro. Poco a poco Hilda va reaccionando, está muy dolorida. Cuenta que golpearon la puerta y que cuando abrió un hombre se abalanzó sobre ella, exigiéndole dinero. El susto no la dejaba hablar, por lo que empezó a golpearla con fuerza hasta que perdió el conocimiento. Comienza a sollozar. Jorge llama a emergencias y a Marisa, la mamá de Vale.

Llegan la ambulancia y la hija, todos juntos. El barrio está alarmado, se quejan de la falta de seguridad, de policías, de la amenaza permanente de los motochorros, de las entraderas.

El médico revisa a Hilda: está golpeada, pero no hace falta internarla, así que le receta unos calmantes. Los vecinos pasan a saludarla, a ofrecerse para lo que necesiten y poco a poco regresan a sus hogares. La calma va instalándose en lo de Hilda.

—Vale —dice Marisa—, voy hasta la farmacia a buscar los calmantes. Vengo enseguida.

—Abu —susurra la niña—, ¿cómo te sentís?

—Estoy bien, chiquita, solo fue un susto.

—¿Cómo era el hombre?

—No me acuerdo. Todo sucedió tan rápido…

—Te preparo un té bien calentito, como a vos te gusta. Se para para ir a la cocina y, cuando se da vuelta, pega un grito, que rápido muere en su garganta.

Un desconocido está plantado en la puerta. Avanza hacia ellas, amenazante, y con un dedo en la boca les indica silencio.

—Es él —gime Hilda.

—Nena, dame esa cartera y el anillo que tiene la vieja. —Su voz ronca asusta y sus dientes grandes y amarillos recuerdan a un animal hambriento.

De pronto, una sombra enorme irrumpe en la habitación y se lanza sobre el ladrón. En pocos minutos lo reduce y lo deja esposado en el piso.

—¡Papá! —grita Vale y rodea con sus brazos el cuerpo del policía.

2 Respuestas

  1. Sí, nos enganchamos con esta consigna. Pero, en estos tiempos, los finales felices, hacen bien,no?

  2. Paula dice:

    Cuantos lobos y caperucitas siguen habiendo! Me gustó el paralelismo, Zulma. Lástima que en la realidad los finales no siempre sean tan felices como los del cuento.

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