En una puerta sin sol

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Se levantó más temprano que lo habitual, y prácticamente dormida, prendió la computadora y la cafetera mientras caminaba hacia el baño, de modo que pocos minutos después estaba absolutamente en marcha. Respondió algunos mail, publicó algunas arengas en twitter y facebook, y antes de terminar de vestirse se asomó por la ventana,
– Joder hombre, justo hoy tiene que ser un día lluvioso- protesto.

Era el tercero de los cuatro días programados para realizar nuevas manifestaciones y asambleas populares denunciando la crisis y la corrupción en su bendito país. Al día siguiente se cumpliría un año desde que junto con algunos compañeros de la universidad, con los que realizaba trabajos sociales para los hijos de los inmigrantes marroquíes, decidieron expresar su indignación en la Puerta del Sol. Marta no podía creer que hubiese pasado un año completo, de esfuerzo y tenacidad, de lucha y de decepciones, de avances y retrocesos. Sabía muy bien que un cambio moral y social como el que ella soñaba llevaría muchos días como este, muchos años de dolor, y quizá hasta una generación entera podía diezmarse en estas huestes. Pero como a cada día le basta con su afán, se sirvió la segunda taza de café y sirvió una más para Raúl, al que había escuchado levantarse hacia ya unos cuantos minutos.

En cuanto Raúl salio del baño, aún mojado y envuelto en una toalla, le extendió la taza y le plantó un rápido beso en los labios, le guiñó un ojo, y sonriendo le dijo:
– Apúrate amorcito, que hoy nos vamos juntos.

A Raúl, se le había olvidado que esa mañana compartirían el mismo taxi hasta el distrito financiero, donde él trabajaba desde hacia mucho tiempo y donde Marta desde hacia un año organizaba diferentes actividades con sus amigos “indignados”. Sacudió la cabeza con desdén cuando esa denominación cruzó su mente, y pensó para sí, “vagos deberían llamarse”.

Él tenía veintidós años más que ella, y desde hacia tiempo Marta quería que vivieran juntos, en el pequeño departamento que a duras penas podía mantener en el Barrio de la Fortuna, pero él no podía zanjar la condena de su entorno, las limitaciones de su linaje y de las diferencias sociales, económicas y cronológicas que los separaban.

Mientas Raúl se ponía su impecable camisa blanca, sus brillantes zapatos negros, su traje Ermenegildo Zegna de más de dos mil euros, Marta se calzaba un jeans de mala muerte, una musculosa blanca y unas zapatillas rojas. Con el reloj subido a la loca carrera en la que se obstina cada mañana, se movían a toda velocidad y casi se chocan en la puerta de salida, pero a pesar del apuro se detuvieron y se miraron de esa forma en que lo hacen solo los enamorados;
– Estás hermosa, le dijo él.
– Y tú pareces salido del escaparate del Corte Inglés, dijo ella, mientras pensaba que si no fuera el director operativo del Banco de España, sería una estrella de cine. Era sin duda el hombre más sexy que había visto en su vida.

En cuanto subieron al taxi, Raúl comenzó con su habitual cantaleta:
– ¿Así es que vas a perder otro día de tu vida, junto con esos vagabundos de pacotillas?
– Mira Raúl, hoy es un día muy importante para mí y no voy a desperdiciar ni un gramo de mi energía discutiendo contigo sobre cosas que no entiendes, no respetas y sobre un futuro que no te importa.
– ¿De verdad crees eso? De verdad crees que no me importa?, dijo sensiblemente molesto. Y continuó, – El que no comparta vuestra absurda manera de luchar no significa que me tenga sin cuidado el futuro o este complicado presente, pero yo vivo en un mundo que se llama realidad, al que tú y tus amigos se asoman muy de vez en cuando.
– ¿Si dices que tu mundo se llama “realidad”, será que mi mundo de familias sin casa, de niños sin educación y de hombres sin un trabajo digno, se llama ensoñación? Le dijo con profunda ironía.
– No te pongas en ese plan,-la reprendió-. Yo trabajo duro y honestamente, cumplo todas las leyes y me ocupo de que otros también lo hagan. Ayudo a quienes se ayudan, y no a quienes intentan que todos les sea dado sin esfuerzo y compromiso.
– Hay realidades que tú no conoces, dijo ella, mientras se bajaba del taxi que bahía llegado a su destino.

Intentó despedirse rápidamente, pero Raúl la tomó de la mano y le dijo:
– Hay muchas realidades y muy complejas por lo que, para cambiarlas, hacen falta muchas soluciones también muy complejas e inteligentes, pero tú nunca pierdas de vista la esta realidad de que te amo locamente. Y la besó larga, tierna y apasionadamente;
– Si no fueras tan anarquista, te pediría que te cases conmigo, le dijo él.
– Si no fueses tan oligarca, yo te diría que si, dijo ella, y cada uno tomo su rumbo. Marta se alejó pensando cuanto admiraba a este hombre tan inteligente, mientras que el se sorprendía de cuanto idolatraba a esa mujer tan valiente.

El día pasó sensible y agitado, y el atardecer lluvioso la sorprendió en la plaza, rodeada de banderas, y pancartas en contra de los bancos, de la Iglesia Católica y del “sistema”, cantando y bailando al son de los golpes sobre las cacerolas y otros cacharros. Por su parte Raúl, allí mismo, en frente de la plaza, en el café del Círculo de Bellas Artes compartía una aburrida charla con otros ejecutivos. Quiso Dios que ambos se vieran a través de la ventana de en el preciso instante que la policía antidisturbios comenzaba a desalojar la plaza.

A Raúl se le estremeció el corazón de verla tan fuerte, bella y apasionada, mientras que a ella se le estrujó el suyo de verlo tan distante, tan lejano, tan ajeno a su verdad. Y en el preciso instante en que un policía, llevaba a Marta detenida, sus miradas se cruzaron. El pensó, no quiero vivir un día más sin ella. Al mismo tiempo que ella pensaba, no puedo vivir un día más con él.

SILVIA ARRECHEA

2 Respuestas

  1. Cecilia Aimar. dice:

    Bello. Mientras leía se me iban representando las escenas como si viese una película romántica y con una base de compromiso social desde diferentes lugares.

  2. Caro dice:

    Muy linda historia, una manera de mostrar que el amor es mas fuerte que cualquier diferencia socio-cultural.

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