EN TRANSITO

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Salgo de lo de Romero. Un Peugeot enorme y reluciente me espera. Partimos. Bueno, yo parto.
La puta que lo parió, ¿podrá ser?, la vieja Elvira está fichando la patente. Y yo que no puedo. Seguro que la bruja emboca a la quiniela y a la cabeza. Menos mal que el auto anda despacio, así puedo darme el gusto de ver las cosas con tranquilidad.
Estamos agarrando Sarmiento. La vieja se está yendo derechito a la verdulería de Antonio. Era una fija. Va a tener que esperar, todavía no abrió.
Doblamos por Corrientes. En la esquina mi casa, y al lado la de Luciano. Ahí sale, corriendo. Es un atolondrado, otra vez tropieza con el cochecito del Diego. Las puteadas de Luciano pateando los juguetes del muchachito son un clásico. Nos paramos. Mariela se asoma a la puerta. Intenta un saludo pero Luciano no la escucha. Da marcha atrás con el 147, pasa por delante del Peugeot, le hace gambeta al cortejo y enfila para el lado del Centro. Pobre Luciano, nada de buenos días o un besito hasta que vuelva. Volando que se pierde el presentismo. ¡Dios mío! ¿No se da cuenta que donde no está presente es en otra parte?
Estamos llegando a la Avenida Vergara, y pensar que antes se llamaba Uriburu. Creo que ahora la llaman del Real o no sé qué cuernos, como los del Concejo si tienen tiempo para perder se dedican a cambiar nombres.
Doblamos como para ir para el mástil. ¡Uy! Casi agarramos a la Josefa. Cuánto tiempo que no la veía. Tiene la cara arrugada. Está pálida con esa ropa negra. Cuenta las monedas con una mano, con la otra le hace señas al 500 y mira al colectivo sin fijarse en nada más. Tan apuradita está que si va para el Cementerio Nuevo va a llegar de una forma u otra. Bien, seguimos derechito y despacito.
Estamos en el cruce de Ayacucho. Las blancas palomitas se empujan en la parada. ¡Je! Los pibes de ahora no son como los de Jacinta, la maestrita de la novela que veíamos con los chicos. Lilita y el Bebe, mis chicos, me salieron buenos. Siempre sentaditos, tomaban la leche, veían a Piluso, Jacinta, Disneylandia y el Zorro en la tele, y yo podía coser tranquila dale que te dale. Me comía un sanguchito al mediodía, algo rápido para los nenes y Lilita y el Bebe al colegio. Ni un tiempito para perder, nada de sobremesa que llegaban tarde, a lo sumo pispiar un poco los Tres Chiflados mientras se ponían el guardapolvo.
¡Ahí está el colegio que iban los chicos!, ya estamos por la iglesia vieja. El sol empieza a pegar. Es una suerte no sufrirlo. Cali me estará esperando. Cuando el Bebe se recibió de doctor me vine a agradecerle a la Virgen. Años hacía que no aparecía por la Iglesia, desde que Lilita tomó la comunión. Nunca un minuto, Cali y yo siempre trabajamos mucho, por la familia.
Ahora pasamos por el Hospital. ¡Qué grande! Puedo ver la cara de la gente ahora que no tengo nada que hacer. Ni se miran. Cada cual en lo suyo. Hum…, no sé, creo que ni en eso, apuro nada más.
Llegamos al puente. Los trenes están pasando por abajo. Uno va otro viene. Como la gente. El semáforo de la bajada está rojo, ahora se prendió verde. Se puede, no se puede. Ahora agarramos a la izquierda y ahora a la derecha por la Avenida Yrigoyen… Perón, Revolución Libertadora, Frondizi, los milicos, Alfonsín… Juicio a la Junta… Punto Final… la casa está en orden… privatizaciones no, Menem…. los boludos lo siguieron…. los vivos también… privatizaciones si, De la Rúa… no es como una calesita, es como una montaña rusa, el estómago se te sube a la boca. No sé, lo que siento es que… ¡tengo un lío en la cabeza!, ¿fue tiempo perdido o ganado?…
Seguimos por Yrigoyen. Los negocios ya abrieron todos. Ni saludos, ni nada. Corren, van, vienen, apurados. ¿Adónde querrán llegar? Menos mal que no tengo que manejar. Como quien no quiere la cosa ya estamos frente al paredón de los que se encierran en un barrio, Este se llama Pingüinos, ¿será para hacer juego con el presidente? Hoy se me dio por los chistes malos. El Bebe vive en uno parecido, por Pilar. No me llama, tiene mucho trabajo entre el hospital, la Clínica, el consultorio y mi nuera. Bueno, es mi nuera no mi hija. Lilita hacía rato que no me visitaba. El marido se quedó sin trabajo y ella tiene 3 escuelas. Los nietos estudian. En fin… Cali fue un amor. Trabajador, compañero. Los domingos ni fútbol. A la mañana a recorrer la clientela, a la tarde siesta –Si no el lunes no te levanta nadie -decía.
Ahora cruzamos el puente sobre la autopista. Ya lo veo. ¡Grande el Bebe! ¡Qué lugar que me consiguió! Flores, pastito cortadito y al lado del Cali. Llegamos. El Bebe mira el reloj, estamos en hora, a mi ya no me importa, pero el Bebe no sabe que hay cosas más importantes. Yo no se lo enseñé. Lilita llora, hasta a mi se me hace un nudo en la garganta. Los chicos están todos. El cura habla de descansar en paz y un montón de cosas más que Cali hubiera dicho que son boludeces. Yo los sacudiría para ver si se apiolan. Pensar que tuve que llegar hasta acá para darme cuenta de que yo también, como Luciano, me perdí el tiempo de los míos.

2 Respuestas

  1. Guille dice:

    Todo bien, hasta que adivine el final pasando la mitad del cuento.

  2. carlos dice:

    bien costruìdo y buen final, aunque a veces algo confusos como los mismos pensamientos

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