El vuelo

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 … Y al fin pudo volar. Dejó caer al suelo su gabardina azul y se lanzó al vacío desde la terraza del edificio más alto que encontró. Primero fue una caída libre; el aire frío y el pánico estrellándose contra su rostro en una secuencia vertiginosa de imágenes que se iban sucediendo conforme se acercaba al piso. Luego, el milagro: extendió sus alas al máximo de su envergadura y, al instante, el brusco descenso dio paso al éxtasis de un vuelo manso, como suspendido en el tiempo.

Se dejó llevar por la corriente, calle abajo, planeando por sobre los techos de cinc del barrio viejo, y luego tomó hacia la derecha para pasar justo encima de su propia casa. Desde  arriba pudo distinguir claramente el tejado rojo –al cual, por cierto, le hacía falta ya una reparación–, el patio trasero e incluso los dos limoneros que delimitaban el terreno vecino.

La sensación del aire despeinando sus plumas era indescriptible. Con cierta extrañeza notó que, a pesar de ser su primer vuelo, los movimientos le resultaban sencillos, naturales, como si la capacidad de volar hubiera estado siempre impresa en su ADN, dormida, a la espera de ser descubierta.

La idea de emular a las aves había estado fija en su cabeza desde aquel día en que descubrió las dos extrañas protuberancias, una cuarta por debajo de sus omóplatos, que le impedían descansar cómodamente en su cama por las noches. «Sobrehueso» había sentenciado el médico, pero él sabía que se equivocaba, que aquello era otra cosa. Su sospecha se vio confirmada el día en que descubrió la primera pluma: un delgado y apenas perceptible filamento, que en principio parecía ser un cabello, pero luego fue ganando en volumen hasta convertirse en una hermosa y delicada pluma blanca. Y luego vinieron más… y más… hasta vestir por completo los dos nuevos apéndices que catapultarían al cielo sus anhelos.

El siguiente paso no le fue sencillo. Intentó saltos desde lugares más modestos, como la punta de la mesa o la rama de algún árbol, pero lo único que obtuvo fue una colección de moretones que tatuaron su cuerpo, pero más aún su orgullo. Probó también carretear un largo trecho, tomando el viejo camino de tierra como pista de despegue, pero no logró elevarse ni un solo centímetro del suelo.

La opción de arrojarse al vacío desde lo alto de un edificio fue un intento a todo o nada: su vida a cambio de encontrar una razón que justificara su existencia. Por eso, al verse allí flotando por sus propios medios, como suspendido por unos hilos invisibles, se sintió pleno por primera vez en su vida.

Con el pecho henchido de júbilo voló sin detenerse hasta donde sus alas lo llevaron. Amó el roce del agua contra sus plumas al volar a ras del río al que tantas veces había ido de niño; deliró con el aroma de los cerezos en flor de los campos cercanos, y se elevó por encima de las nubes hasta llenar sus pulmones del aire más puro que jamás había respirado.

En el último recuerdo feliz que anidaba en su mente, se vio exultante volando hacia el sur, en medio de una bandada de golondrinas que viajaba en busca de las bondades de un clima más cálido. Luego… la nada.

Despertó tumbado de lado, en un pequeño cuarto de paredes acolchadas y con una bata azul que cubría su cuerpo. Solo una vez que logró incorporarse, horrorizado, cayó en la cuenta de que sus alas ya no estaban allí.

—¡Mis alas! —gritó con furia, al tiempo que golpeaba las paredes—. ¡¿Dónde están mis alas?!

De inmediato ingresaron a la habitación dos hombres vestidos de blanco, uno de los cuales lo sujetó por la espalda, al tiempo que el otro le inyectaba un sedante que lo dejó casi inconsciente de inmediato. Durante las siguientes dos semanas, lo mantuvieron aislado en aquel lugar, donde solo recibía la visita de los hombres de blanco que le llevaban la comida y, religiosamente, una batería de pastillas de distintos colores que le obligaban a tomar.

—¿Dónde están mis alas? —repetía como un autómata cada vez que alguien entraba a la habitación.

Al cabo de las dos semanas, ingresó al cuarto una persona a quien nunca había visto, que se presentó como su doctor.

—Por favor —le suplicó—, dígame dónde están mis alas.

—No te preocupes por ellas —le respondió el galeno—, te aseguro que, si tomas tu medicación como te la he indicado, pronto tus alas dejarán de ser un problema.

A partir de entonces, las visitas comenzaron a sucederse con regularidad durante los siguientes meses. Al principio, solo el médico hablaba mientras él lloriqueaba acurrucado en un rincón, pero, conforme comenzaron a transcurrir las citas, su actitud empezó a mostrar cambios importantes. La obsesión por sus alas comenzó a ausentarse de a poco como tema de conversación, lo que dio paso a otras cuestiones relacionadas con sus gustos y sus anhelos. Pronto, el deseo de volar quedó sepultado en algún resquicio de su mente, y la posibilidad de abandonar el aislamiento surgió como una alternativa cercana.

—Mañana saldrás por primera vez al patio —le dijo, al fin, una tarde.

Aquella noche no durmió. Recostado en su cama, trató de recordar cómo era el exterior. Como en un caleidoscopio, desfilaron por su mente cientos de imágenes que le resultaban familiares y, por más que se esforzó, le fue imposible distinguir cuáles eran reales y cuáles fruto de su imaginación.

Cuando al fin se abrió la puerta que lo conducía al patio, pareció que iba a entrar en pánico. Enceguecido por el resplandor, se acurrucó en un rincón como un animal acorralado y se quedó allí, inmóvil, tan solo mirando a su alrededor. Observó con atención los muros que lo separaban del exterior, evaluó la altura y la posibilidad de acceso a la torre de agua, y luego se dedicó a seguir con la vista el ir y venir de los dos agentes que se encargaban de la seguridad de la institución.

Al cabo, escupió la pastilla que cuidadosamente había escondido bajo la lengua, acomodó su bata, asegurándose de ocultar las pequeñas plumas que empezaban a asomar desde su espalda, y finalmente sonrió.

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