El somier

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Esa tarde Jorge había comprado  una cama nueva, un somier  Queen. Pensaba disfrutarla a pleno ya que durante varios años, en su niñez, había compartido la cama con su hermano Coqui.

Primogénito de una familia de cinco hermanos, el dinero escaseaba. Al acceder a su propia cucheta comprada por sus padres, sintió el alivio de un pequeño espacio propio.

Ahora, a sus veinticinco años, al trabajar de administrativo en la fábrica de aberturas de aluminio, logró independizarse. Su pequeño departamento de una sola habitación, en la que apenas cabía el somier, fue sentido como un resarcimiento por  la infancia y  la adolescencia  con tantas carencias económicas.

Al mudarse, a dos cuadras de la casa paterna, la adquisición del somier  fue su primer objetivo. Lo vistió con las sábanas más caras que podía pagar. Emocionado se acostó con cuidado, temeroso de romperlo. Las sábanas sedosas y suaves, perfumadas a la lavanda, lo invitaban a fantasear. Imaginó que era un acaudalado millonario que esperaba a su amante, para transportarlo a un mundo de placeres.

Dormía plácidamente cuando la cama comenzó a moverse, a girar como una calesita. Y a continuación sus hermanos, Coqui y Mario, se reían a carcajadas en  la cama. No recordaba  haberlos invitado. Lo empujaban para que se cayera al suelo, él se defendía a las patadas y se despertó. Había sido un sueño turbulento. Decepcionado, pensando que su malestar lo producía  la dureza del sommier, a la que no estaba acostumbrado, se dijo:“Mi cama me tima. Se ve que mi destino es la cucheta”.

Al levantarse e ir a la cocina por un vaso de agua, vio el envase del lomito con papas fritas que cenó para festejar el estreno de la cama. Relacionó el olor a fritura con el  malestar que le produjo la pesadilla. Tomó un antiácido y regresó a dormir. El cansancio del día lo hundió en un sueño intranquilo.

Atrapado en el somier escuchó que su vecino le contaba a un amigo: “Jorge rema por las noches”. Pensó: “¡Ese hombre está loco! Con el miedo que le tengo al agua”. Nuevamente había soñado, desvelado se levantó. Al pasar frente al espejo de la habitación, se encontró con su cara ojerosa, y el cabello revuelto, como si viniera de una juerga. Arrastrando los pies se sentó en el banquito de la cocina. Observó el precario mobiliario mientras pensaba:“Al final dormía mejor en la cucheta. Jugábamos a la guerra de almohadas con el Coqui y el Mario. No había lugar ni tiempo para aburrirse.”

Un vaho de nostalgia invadió sus pensamientos. Extrañaba a su familia, numerosa y alegre. Las ricas comidas caseras  convocaban los ruidosos  almuerzos domingueros, sazonados por  los relatos  de los abuelos paternos. Relatos evocadores de  una vida de sueños perdidos, allá en la Italia  idealizada que dejaron.

Entre risas y lágrimas siempre aparecía algún conflicto para resolver de manera explosiva, al estilo de los tanos. Sus hermanos no querían estudiar, preferían trabajar de albañiles como Nicola, el padre. Chicha, su madre, ambicionaba que estudiaran. Terminar el secundario y eventualmente lograr un título terciario constituían, para su manera de pensar la vida, un salvoconducto para no descender a la pobreza.

Mari y Pame, las hermanas, se escapaban con los novios. Se generaban grandes líos cuya solución  consistía en promesas de obediencia y penitencias.

Jorge, el único que cumplía con los deseos de sus padres, se divertía mirando las transgresiones de sus hermanos.

Chicha y Nicola, estrictos con él, se vieron desbordados por los cuatro hijos menores que llegaron con escasa diferencia de tiempo. ¡Tanto trabajo y la plata que no alcanzaba! Jorge veía a sus padres envejecer,  rutinarios y monótonos. Parecía que el tiempo se detenía en la familia. Hasta el momento presente, su independencia era el cambio más significativo que había ocurrido.  Se dio cuenta de que su crecimiento individual, aunque motivaba  el orgullo de Chicha y Nicola,  le producía culpa. Si aún viviera con su familia los ayudaría con dinero y tal vez podría ejercer algún control sobre sus hermanos.

Inmerso en sus pensamientos miró el reloj. En pocos minutos serían las tres. En apenas tres  horas  el despertador sonaría contundente, como un pájaro chillón en su jaula anunciando el nuevo día. Al pasar  otra vez frente al espejo, su imagen mejorada le anunció que el antiácido había actuado.

Disfrutó nuevamente el recibimiento de las sábanas perfumadas y se sumergió en el sommier, estirándose para ocupar  el mayor espacio que le permitió su largo cuerpo delgado.  Se adueño de la cama.

Le costó levantarse a las seis de la mañana, después de una noche ajetreada. El aroma a café recién hecho lo despabiló con una energía  renovada que le transmitió bienestar. Ya listo para salir a su trabajo, miró con placer el departamento sintiéndose en paz luego de sus reflexiones nocturnas.

Mientras esperaba el colectivo vio a su madre que cruzaba la calle en dirección a él.  Se sintió gratamente sorprendido al ver que usaba un vestido que no le conocía, de colores alegres. Quizás lo había comprado hacía poco. Al acercarse Chola le dijo:

–Hijo, ¡qué buena cara que tenés hoy!

–Sí, viejita, es por la cama nueva.

–Y hablando de camas, vendí  tu cucheta. Sabés que la dejábamos por si volvías a casa, pero ya me di cuenta que no lo vas a hacer. Con el dinero de la venta compré varias cosas que hacían falta. ¡ah! Y este vestido. ¿Te gusta?

Emocionado, Jorge entendió que ella también evolucionaba. La abrazó al tiempo que le decía:

–Sí, mami, si no te veo antes, el domingo voy a almorzar. Hacé tallarines al huevo.

 

 

 

4 Respuestas

  1. Zulma Chiappero dice:

    Hola Ada, hermoso cuento, lleno de ternura. Así como los padres, muchas veces, sufrimos por “el nido vacío” este chico al independizarse pelea con su conciencia. Hubiera podido seguir un tiempo más en la casa paterna y ayudar económicamente a su familia. Tiene sueños perturbadores hasta que logra equilibrar su mente y sentimientos. Cuando encuentra a la madre corrobora que su decisión fue acertada. Me gustó mucho. Me gusta leer tus cuentos, los busco. Cariños.

    • Ada Salmasi dice:

      Hola Zulma, muchas gracias por tus comentarios.¡ Qué buena tu apreciación acerca de la ternura!, y sí, crecer siempre cuesta. Espero que mis cuentos te sigan gustando. Cariños

  2. carlos dice:

    Simple y expresivo. Como tantas cosas de la vida

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