EL OJO DEL ARCANGEL

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La mano no interpretaba lo que dictaba el recuerdo.
La forma salvaje se asomaba a la superficie de la tela, se insinuaba, amagaba, pero no salía.
La frustración la ahogó y clavó el pincel en la tela. Los dedos desgarraron el resto. No podía, no sabía cómo plasmar la maldad en la tela.
El brillo del ojo la hacía despertar gritando en la noche. El rojo estaba fijado profundo en su alma. No había mezcla de pinturas capaz de reflejar con fidelidad el fuego destructivo que emergía de esos ojos, inhumanos y humanos a la vez.
Era algo que la perturbaba y a la vez la obligaba a pintar, como si hacerlo fuera un bálsamo para tranquilizar su alma. Pero no, no lo lograba. El cuadro terminó por cuarta vez en el piso.
Un cigarrillo, tranquilizarse, poner una tela y arrancar de nuevo.
La primera señal de la visita del ser fue el temblor fuerte que asustó a todos.
La segunda, fue la huida de los animales del pueblo. Perros, gatos, canarios, todos huyeron. Los que no, quedaron ahorcados con sus cadenas o estrellados contra los barrotes de sus jaulas.
Finalmente llegó. En este ambiente apocalíptico, todos esperábamos algo terrible, pero ver aparecer en medio de una tormenta el terror mismo corporizado fue demasiado.
Muchos cayeron enloquecidos cuando lo vieron, y el ser los aplastó, los rompió con sus garras, cortó con sus dientes.
Ella fue de los que huyeron, enloquecidos, abandonando esposo, hijos, familia. Corrió y corrió espantada, mientras los gritos se perdían a sus espaldas.
Nunca pensó que, a las pocas cuadras, el corazón le saldría por el pecho, el aire la ahogaría y le dolería el costado. Cayó de rodillas, sin poder respirar. Aterrorizada, trató de gatear, de levantarse, pero no pudo.
El enorme ser se detuvo a sus espaldas. No quiso mirar, moriría, debía evitar ese espanto.
«No temas, María, soy un ángel del Señor y he venido a separar la paja del trigo. Descuidamos este planeta cientos de años, pero hoy hemos vuelto a restablecer el Reino de los Cielos».
Fue entonces cuando la indignación la hizo volverse y mirar con odio al horrible ser. Éste, se elevó al cielo y desapareció.
María volvió al pueblo. Sólo quedaban unos pocos, shockeados por la masacre.
Luego de varios días, comenzó a pintar.
Veinte intentos después, la pintura estaba terminada, el brillo de los ojos fue el correcto. Encendió un cigarrillo, respiro profundo, la miro el horror de nuevo y la tituló: “El Reino de los Cielos”.
Al atardecer, mientras bebía un champagne, se cortó las venas.
Minutos antes, se juró que, en su próxima vida, elegiría una religión en la que o se salvaban todos, o no se salvaba ninguno.

5 Respuestas

  1. Damián Díaz dice:

    Excelente cuento José.

  2. Anita Blake dice:

    Muy bueno, nunca imagine tan bien el terror de un momento apocalíptico, y la reflexión final es genial 😉

  3. graciela dice:

    fa-bu-lo-s0!!!!!! amigo, muy bueno todo del comienzo al final. felicitaciones!!!!!
    Ah!!!!! me gusto lo del champancito ja ja ja

  4. Cecilia Martinez dice:

    Muy fuerte!!!, se me puso la piel de gallina.Excelente manera de mantener la tensión durante todo el relato.

  5. sofia Sala dice:

    José, me has impactado. Está genial. Mucha adrenalina, mucha emoción.

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