El niño muerto

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Comenzaron a buscarlo cuando ella lo perdió de vista. Primero pensaron que se escapó, pero la puerta del pelotero tenía en la puerta un gancho de cierre muy alto para el niño que no llegaba al metro de altura. Pensaron que estaba escondido, pero vaciaron el corral, pelota por pelota y no estaba.

Cuando llegaron al salón de juegos infantiles, el hermanito pidió jugar en el auto de Cars. Subió bajo la mirada atenta del papá que le ayudaba a conducirlo sobre esa calle quieta de parquet.

El niño muerto pidió ir al pelotero y la mamá se quedó vigilándolo. La última vez que lo vio, jugaba con dos amigos, hermanitos entre sí, dos o tres años mayores que él.

La mamá lo veía subir y bajar. Su corazón latía con él. Lo veía saltar, sumergirse en las pelotas y volver a surgir a los dos metros, y los latidos preocupados volvían a su ritmo habitual. Lo veía sonreír, contento y su preocupación de mamá se deshacía.

A medida que se relajaba, compartía consejos con otras mamás. Qué marca de pañales usar. Qué mamaderas preparar. Qué colegios reservar. Era una mamá muy mamá.

Hoy ella es el recuerdo de una mamá. Hoy se escuchan las miradas tristes y se ven los llantos ante el pequeño cajón. El cielo encapotado y la suave lluvia acompañan a los acongojados. El niño muerto fue encontrado hace menos de un día.

La mamá no puede recuperar la cordura, se le escapó en cada lágrima. El papá está de pie desde hace casi dieciocho horas. No se mueve, no come, solo pide agua para enjugar la de su rostro. El hermanito, sentado en una silla apoyada contra la pared, mueve los pies que no tocan el suelo, en un vaivén oscilante. No llora, solo mira a su alrededor buscando consuelo.

Al encontrarlo los amiguitos no hablaban, solo miraban desde el rincón las escenas con ojos muy abiertos y tomados de las manos. Su madre los abrazaba angustiada dando gracias a que no eran ellos los niños muertos.

Cuando los que buscaban en lugares absurdos, lugares de adultos, se dieron por vencidos, pudieron ver la sombra del niño muerto en el túnel del pelotero. Lo sacaron sin esfuerzos, un pequeño empujón y el cuerpito sin vida se deslizó suavemente por el tobogán.

Cuando llegó al final, la mamá pensó que iba a levantarse, que lloraría del susto, que luego reirían juntos. Pero no. No se levantó, se quedó ahí morado por la falta de aire, pareciendo dormido con sus ojitos cerrados.

Nadie vio la sonrisa de los amigos, nadie vio la crueldad en sus ojos, y nadie supo que entre los dos le habían tapado nariz y boca, mientras le sostenían las manos. Y nadie vio que el niño muerto pataleaba. Y como todos los niños gritaban jugando, y la música sonaba muy alto, nadie vio morir al niño muerto.

2 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    Me impacta la situación triste y cruel, los sentimientos la describen con sobriedad. Me hace pensar en los niños que repiten
    la crueldad de los grandes. Me pregunto si posible en la realidad

  2. Paula Abrile dice:

    Tremenda historia, Marce, que cuenta sobre la crueldad y la inocencia, la desolación y el aturdimiento, lo efímero y lo interminable. Escrita con la lucidez necesaria. Conmovedora.

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