El mesías y el profeta

Tiempo de lectura: 3 minuto/s

—Pero dejá de decir pavadas, ¡qué vas a ser un mesías, vos! El único dios que existe es el Dios al que yo sirvo, el Dios del que yo soy profeta —esgrimió Joaquín señalándose el pecho con ambas manos.

Roque permaneció inmutable frente a su vaso lleno de agua y a su servilleta prolijamente doblada en cuatro.

—Además —prosiguió el Profeta—, ¿no te das cuenta de dónde estás?

—Este es mi calvario por ser quien soy —explicó el Mesías—. Así como castigaron a Jesucristo por no creer en Él, me castigan a mí porque no conocen mi religión.

—A ver, ¿y qué religión es esa?

—Una que se reza en Palestina, Líbano, Siria, Jordania y Arabia Saudita —enumeró Roque con los cinco dedos de la mano.

—¿Y qué hacés que no estás allá salvándolos a todos de las bombas?

—Ya te dije: primero cargo con mi cruz acá.

Joaquín estaba inquieto. No le gustaba que desafiaran los límites de su paciencia. Intentó llenar el vaso que tenía delante, pero su pulso era malo y volcó la mitad del agua sobre la mesa. Hizo un bollo su servilleta pero solo consiguió eso: un inservible bollito de papel mojado. Mientras, arremetió contra el Mesías una vez más:

—Mirá, Roque, vos no podés ser mesías porque este es un lugar para locos, ¿entendés? Y vos estás adentro.

—Vos también —retrucó el otro. Ni un ápice de su flequillo al ras de sus cejas se desalineó.

—Pero es que yo estoy de paso. A mí me trajeron porque piensan que estoy fuera de control, pero no entienden que estoy lleno de energía, la energía de Dios. No ven que soy un joven evangelizador ¡Estoy eufórico por salir a cumplir con mi misión y predicar y formar una familia y ser pastor y…! —enfatizó sus palabras abriendo los brazos para abarcar la extensión del universo entre ellos.

—¡Joaquín, bajá la voz! —Lo codeó una de sus compañeras—. ¿Cuántas veces te pidieron que no grites? —le cuestionó entre dientes—. Vas a hacer que nos reten a todos.

El Profeta se disculpó y aguantó en silencio dos minutos eternos. Volvió a intentar llenar su vaso y lo logró esta vez. Los platos con comida llegaron a la mesa y los seis comensales degustaron el menú. Joaquín se llevó un pedazo grande de milanesa a la boca y, a medio masticar, balbuceó:

—Che, Roque, disculpame si te grité antes. Es que a mí hablar de Dios me pone así. —Tragó, por fin—. Es como si el Espíritu Santo se me metiera en el cuerpo. 

—Está bien, está bien —murmuró el Mesías sin levantar la vista del plato.

La cena prosiguió en calma hasta el último bocado. No se habló más de religión. En su lugar, se mencionaron un par de libros y canciones, se planificaron las actividades del día siguiente y varios volvieron a prometerse a sí mismos hacerse preparar sus platos favoritos cuando salieran de la clínica. La insistencia con la inclusión de  las verduras en el menú les parecía un abuso desproporcionado.

Acabada la última cucharada de postre:

—¿O no, Meli, que existe un único y verdadero Dios? —quiso saber el Profeta, dirigiéndome la palabra.

—Bueno…

—¡Roque, Joaquín!, ¡A tomar la medicación! ¡Vamos! —vociferó la enfermera justo a tiempo.

No hicieron falta muchas más instrucciones para que el Mesías y el Profeta abandonaran sus púlpitos y volvieran al comulgar con el resto de los mortales. A fuerza de rutina y sin pensarlo dos veces, se pusieron de pie y caminaron uno a lado del otro hasta la ventanilla de la enfermería. Eso sí, Roque supo hacer respetar sus credenciales de miembro senior y se posicionó primero en la fila.

Si alguna duda cabía al respecto, la voz de aura de la enfermera dejó bien en claro que dentro de tan sagrada institución mental, la suya era la única y verdadera palabra santa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *