El Matadero

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Magú debería rondar los 38 o 39 años cuando lo conocí. Era febrero de 2002. Hacía mucho calor y en menos de un mes habían pasado 5 presidentes. Yo venía de mi primera úlcera y era un adolescente. Llegué caminando a su casa luego de dar algunas vueltas por el barrio de calles de tierra y casuchas a medio hacer. Recuerdo que el cielo estaba abierto y celeste. Un día peronista. Al llegar a la precaria vivienda lo vi a través del alambrado, sentado, esperándome. Encajaba perfectamente con la descripción que me habían hecho. “Pasa nomas”, me dijo, así que entré y me senté junto a él debajo de la sombra de un árbol frondoso. Me invitó un mate, “no gracias” le dije. Me miró con cara rara. Después de charlar un rato ya entramos en confianza.

Era un hombre profundamente amable. Pero que inspiraba miedo si te lo cruzabas a las 2 de la madrugada en una calle solitaria. Tenía un gesto duro en el rostro, la espalda un poco encorvada y una calma inalterable. Su cuerpo curtido aparentaba más años de los que tenía. Toda su vida había vivido en el mismo lugar del conurbano bonaerense. De muy joven había empezado a trabajar en el frigorífico de Los Polvorines, “El Matadero”, en la parte donde sacrificaban a las vacas: “le dábamos un mazazo en la cabeza y después le cortábamos la garganta con un cuchillo curvo así de grande” y el gesto abarcaba prácticamente mi antebrazo. Yo trataba de disimular mi asombro y la impresión. Cuando el frigorífico se declaró en quiebra lo tomaron con los compañeros e intentaron resistir pero los cagaron a palos la policía y los muchachos peronistas del municipio. Y quedaron en la calle. Después siguió los pasos de su padre y hacía changas como albañil para sobrevivir. Recuerdo cuando nos juntábamos a discutir política. Sus manos gruesas y curtidas de albañil agarraban unos lentes de marco finito, se los ponía y leía Ámbito Financiero. Solíamos hacer bromas al respecto. Era un contraste singular.

Sin embargo no nos conocimos con el objetivo de trabar amistad. Eran años de crisis y alta desocupación y la calle estaba ganada por diferentes movimientos de lucha. Nosotros coincidíamos en que la lucha debía ser por trabajo genuino. Con ese acuerdo discutimos el objetivo de construir el movimiento en la zona.

La lucha y la dureza de aquellos años nos fueron uniendo en un lazo profundo y con el paso del tiempo nos volvimos indefectiblemente amigos.

Luego el tiempo fue pasando y la efervescencia de aquellos años se fue desvaneciendo. El movimiento se fue retrayendo y nuestros caminos comenzaron a bifurcar. En el barrio las asambleas, el bullicio de las discusiones políticas, los cortes de ruta, los enfrentamientos con los intendentes peronistas fueron reemplazados paulatinamente por el viejo club, las bochas, el vino tinto… El “retour à la normale”

No sé cuánto tiempo pasó. Sé que no nos veíamos hacía unos cuantos meses. Su dura vida y algunos vicios de juventud le habían dejado una salud deteriorada. Y más de una vez le prestábamos asistencia entre los amigos y compañeros. El asunto es que había pasado un tiempo desde que lo había visto por última vez. Hasta aquel día.

Tampoco se porque lo recordé. Quizás porque aquel día, como éste, estaba gris, frío y húmedo. No recuerdo en qué asuntos me encontraba inmerso, pero fue en mi casa de aquel momento. Donde vivía con mi compañera. El batir de unas palmas sonó seco y grave y enseguida supe que era él. Salí hasta la puerta de reja y lo vi sosteniéndose, casi cayendo al piso. Llegó caminando desde Los Polvorines, unos 5 kms. No tenía una moneda ni para el colectivo. Tampoco tenía aire. Lo ayudé a sentarse en la vereda e intenté escuchar lo que decía. La respiración entrecortada y agitada hacia ininteligibles sus palabras, entonces comprendí. Entré corriendo y llamé a un remis: “¡es una emergencia!” le grité al pobre operador. Lo subimos entre mi pareja y yo al auto. Era más bien pesado por su contextura ancha. Salimos a toda velocidad hacia el hospital de San Miguel.

Mi compañera gritaba a alguien en la recepción mientras yo lo cargaba con todas mis fuerzas ingresándolo por un pasillo amarillo con ese olor característico de los hospitales. Sentía que quería hablarme pero su voz no salía. Yo le decía “tranquilo hermano, tranquilo”. Apenas podía evitar desfallecerse. Apareció un médico joven con cara de preocupado y me ayudó a llevarlo hasta la sala común de internación mientras me hacía preguntas que yo fui respondiendo detalladamente.

Lo acostamos en un viejo camastro de fierros. La habitación común tendría 100 metros cuadrados y estaba dividida por tabiques de 1,20 metros de altura que dejaban espacios para dos camas colocadas paralelamente separadas por un breve pasillo. En total habría unas 20 camas o más. Las paredes eran una mezcla de pintura ocre y de hongos, dando una fuerte impresión de abandono. Los pisos se mantenían limpios pero se veían demasiado gastados. En el camastro de enfrente, tirado como sin vida, había un viejo sólo, visiblemente deteriorado. Tosía ininterrumpidamente y expectoraba una flema verde y gomosa que brotaba de su boca o supuraba de su nariz. Era verdaderamente dantesco. Pero era la imagen común de los hospitales públicos.

Logramos acostar a Magú. Eso me dio un poco de alivio. Lo miraba y le hablaba no sé de qué, tratando de distraerlo del viejo de al lado, tratando de hacer menos repugnante la situación. Yo creo que él se daba cuenta porque me miraba con esa mirada amable de siempre. Se había calmado y respiraba con dificultad. Me trató de decir algo, creo que fue “gracias, está todo bien” o algo así.

Esa noche decidimos que yo me quedaría y después nos turnaríamos. Yo quería quedarme. Quería asegurarme que lo iban a atender de lo mejor.

Me trajeron una sillita de esas que se usaban en el colegio primario, casi de juguete. Me senté y le hablaba tratando de reconfortarlo hasta que se durmiera. Quería que se durmiera. Ya era tarde y yo sentía una pena enorme por su situación. Al rato se durmió. Yo hacía el esfuerzo de mantenerme despierto, chequeando cada tanto que estuviera respirando. En algún momento de la madrugada el sueño me ganó la mano y me dormí.  Me despertó una enfermera amable. Estaba sentado en el piso con la cabeza apoyada en el camastro de Magú. Levante la cabeza y lo miré: tenía el rostro descansado, apacible. Me alegré de verlo así. Cuando me puse de pie la enfermera me miro con los ojos grandes, se acercó y me abrazó piadosamente. Entonces entendí que Magú, finalmente, había muerto.

No salió en ningún diario, no tuvo lápida ni epitafio. Yo hubiera escrito “aquí yace un héroe de la clase obrera”. Adiós amigo.

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