El lunar de Norma

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Ella tenía turno a las tres de la tarde. Él había esperado ansioso toda la semana que el calendario marcara un nuevo lunes. Se levantó a las nueve de la mañana en punto, realizó sus rituales de rutina, se tomó su café amargo como de costumbre y bajó al consultorio para preparar todo.
Abrió las ventanas para ventilar un poco. El olor a encierro era nauseabundo, propio de un lugar que permanecía cerrado seis días a la semana.
Había decidido jubilarse cinco años atrás. Estaba viejo y cansado, los años le pesaban y las marcas del tiempo se hacían notar claramente a través de surcos que dibujaban mapas en su cara. Su pelo, naturalmente, se había desteñido y aunque al principio le había costado reconocerse en el espejo, con los años se había ido reconciliando con los grises de sus sienes, que le recordaban el humo de sus interminables cigarrillos, fieles compañeros en las tardes de su esplendor profesional. A pesar de sus setenta y cinco años, conservaba el porte y la elegancia de su juventud. Y aunque sabía que a ella le atraía, no podía evitar ponerse nervioso cada vez que ella tocaba el portero. Fue la única paciente que decidió seguir atendiendo, pero ella no lo sabía. No tenía la menor idea de que ese eminente psiquiatra había dejado de ejercer la profesión hacía años y que sólo abría su consultorio para atenderla a ella. Lo había llamado un día totalmente desesperada, con una angustia que le oprimía el pecho y le quitaba el aire. No podía dormir, se le nublaba la visión, las manos le empezaban a transpirar al igual que la frente mientras infinitas imágenes incongruentes circulaban en su cabeza al ritmo de una montaña rusa desenfrenada. Ese año, cuando él la escuchó tan angustiada, tan aterrorizada, tan desprotegida, le dio un turno a pesar de que ya tenía decidido dejar de atender.
Mientras sacudía la pequeña alfombra y repasaba la biblioteca con un trapo, pensaba constantemente en esa misteriosa muchacha que lo había hipnotizado como nadie en cincuenta años de profesión. Las mujeres más extravagantes, llamativas y exhuberantes habían pasado por su diván, pero ninguna había logrado cautivarlo como aquella jóven de treinta y seis años. Prendió un sahumerio, se paró frente a la ventana y contempló la ruidosa avenida que contrastaba con la quietud de su consultorio. Con sus viejos libros de psiquitatría como testigos, empezó a recordar a esa rubia que le generaba en el cuerpo las sensaciones más inexplicables que jamás había experimentado, sacundiendole desde su cuero cabelludo hasta el extremo inferior de los pies, haciéndole temblar las mandíbulas, congelándole la sangre y provocándole el más placentero de los orgasmos sin siquiera tocarla.
En todos esos años de escucharla lunes tras lunes, no lograba darse cuenta qué era lo que le atraía tanto de esta muchacha cuatro décadas más jóven. Quizás era la sinceridad y la inocencia con la que desnudaba sus sentimientos frente a él, con que se despojaba de sus pensamientos más oscuros y de sus más bajos instintos, la plenitud con la que le entregaba, casi sin conocerlo, su alma por cincuenta centavos. La escuchaba atentamente mientras ella compartía con él los momentos más duros de su infancia y adolescencia, los altibajos de su madre, sus fracasos sentimentales y el maltrato que sentía por parte de los hombres, que la veían vulgar y la encasillaban como objeto sexual potenciando su complejo de nulidad intelectual. Y mientras ésta joven más mostraba su fragilidad, él más bella y atractiva la encontraba.
A las tres menos diez prendió un cigarrillo para calmar su ansiedad y se sentó a esperarla. Pero ella faltó a la sesión después de cinco años de asistencia perfecta. Él levantaba el tubo del portero eléctrico para ver si funcionaba bien. Abría la puerta cada vez que oía el ascensor. Se asomaba por la ventana cada dos minutos para ver si la veía contorneando sus caderas al ritmo de su pollera. En un momento le pareció ver su cabellera rubia platinada pero pronto se dio cuenta de que era producto de su imaginación. La esperó hasta las siete. Cerró las ventanas, apagó la estufa, desenchufó la cafetera y nunca más volvió al consultorio. Nunca.
Ya en su solitario departamento, se tomó un té con limón y se acostó.
Prendió la radio y cerró los ojos mientras iniciaba la emisión de las ocho. “Buenas noches oyentes… arrancamos la programación de este lunes 6 de agosto de 2012, recordando a Marilyn Monroe, quien falleció un día como ayer hace cincuenta años…”
Pero él estaba demasiado cansado, y cuando el locutor decía esto, ya se había dormido.

6 Respuestas

  1. a mi también me gustó la historia. me gustó la mezcla de amor y profesión, ela devoción de atender a ese único exclusivo paciente, y esa paradoja de atender a una estrella y no saberlo

  2. Cecilia Aimar. dice:

    Mónica y Jesica muy buenos los cuentos. ¡Felicitaciones!

  3. Daniel Recalde dice:

    Yesi, me encantó la historia y la forma en que está contada…Venite con nosotros al capitulo 3 de los martes a la tarde (si el profe lo permite)

  4. Elsa dice:

    Muy bueno Jesi!!! Excelentes descripciones y gran final!! Te felicito!

  5. noe dice:

    Cuanta elegancia al escribir ¡felicitaciones!

  6. Alejandra Montenegro Aragón dice:

    Jes… cuánto me alegro que hayas reiniciado y con un debut como éste! Felicitaciones muuuuuy logrado. No esperábamos menos de vos!

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