El legado

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—Mamá… ¿Mamá?… ¡Mami!
El llamado angustioso de Sofía aumenta e interrumpe el silencio y la quietud de la noche. Marcela se levanta despacio y, con los ojos semiabiertos, camina tanteando las paredes hasta la habitación de su hija. La luz blanquecina de la calle se filtra a través de la persiana e ilumina tenuemente la carita de la niña, que respira agitada. Marcela no necesita prender la lámpara del velador: sabe que Sofi la espera con sus ojos oscuros, igual a los suyos, muy abiertos y con esa pregunta en los labios que aún no ha logrado responder.
La mujer repite los mismos gestos noche tras noche. Como un ritual que las calma a las dos, se sienta en la cama de la hija, busca su peluche preferido y se lo acerca mientras la acaricia con ternura: -«Shh, es de noche todavía, Sofi. Dormí otro rato».- Siente el roce suave de los rulos con olor a champú en la cara cuando la niña se abraza a su cuello. Las manitos nerviosas retienen el peluche contra el cuerpo tibio: no puede dormir sin Popi.
—M-m-mamá, el pájaro azul volvió. ¿Por qué tiene el ala rota así? —dice con la voz finita, un murmullo—. Casi me pica… y yo corrí muy, muy fuerte. —Extiende los brazos como si tuviera unas alas enormes—. ¡Es gigaaaante! —exclama y se refugia asustada en el cuerpo de la madre.
Marcela la acuna: la pesadilla de Sofi es un eco de la suya.
—Mañana hablamos. Dormite, que empezás el jardín. Van otras nenas y vas a jugar con ellas. —Sofi se tranquiliza y Marcela la acuesta y la tapa con el acolchado.
—Mami, dejale la nariz afuera a Popi —es lo último que dice entredormida.
Una angustia conocida le hace pensar a Marcela en que esto no da para más. Tiene que contarle para que no le pase lo mismo que a ella.
Sin poder dormir, se pregunta cómo explicarle a su hija lo que ella misma nunca entendió del todo; «¿o no acepté?». Y recuerda, como si estuviera allí, la primera actuación esperada y temida… hace veinte años.
Aquel diciembre el allegro emocionaba a un público muy particular. Las bailarinas se desplazaban por el escenario. Los vestidos de gasa transparentaban los cuerpos ágiles y las luces resaltaban la sensualidad emanada de los movimientos. Las alumnas iban y venían, giraban, rodaban por el piso, se levantaban y, con un salto, se despegaban del escenario en un vuelo corto, impecable. Mostraban lo aprendido durante el año en la escuela de danzas.
Marcela se desplegaba en el centro del grupo, parecía contenida por sus compañeras, pero los movimientos amplios del cuerpo menudo dominado a la perfección le sugerían al público que no necesitaba de la protección de ellas.
Los padres de sus compañeras se sorprendían al mirarla porque le faltaba la mano y parte del antebrazo izquierdo debido a una inexplicable herencia genética producido durante la gestación. La armonía y la gracia con la que bailaba multiplicaban su único brazo; alas livianas movidas por el aire completaban su cuerpo.
En una de las interminables vueltas en la cama, recuerda a sus padres siempre preocupados por ella, la madre con la mirada rara, con una culpa que no comprendía. Se dio cuenta de lo que le pasaba cuando comenzó la escuela. Al crecer con un solo brazo, le resultaba tan natural que ese primer día, ante las preguntas de las otras niñas, les dijo: «Soy así, mi mamá me dijo que cuando sea grande voy a tener los dos brazos iguales». Sin embargo, algo en la mirada de las otras niñas la hizo dudar.
Al salir del jardín, Marcela se fue corriendo al encuentro de su madre, que la esperaba. Se arrojó a sus brazos llorando y le preguntó:
—¿Por qué soy así? Mamá, ¿me va a crecer el pedacito de brazo y la mano?
Susana, sorprendida, pensó que había llegado el momento temido de reconocer que su hija era diferente. Ante las primeras preguntas, las respuestas eran fáciles: «Si rezamos mucho, te va a crecer una manito muy linda». Y, antes de que la impotencia le ganara una vez más, le respondió: «Si esperás que lleguemos a casa, te lo explicamos con papá». En un abrazo le secó las lágrimas.
—¿Sabés, mami? Anoche soñé de vuelta que venía esa bruja sin manos y me quería patear. Vos me dijiste que no la soñara más, pero no puedo.
—Bueno, cuando vuelvas a tener ese sueño me llamás y te leo un cuento, así la bruja ve que te cuido y no vuelve más.
—Sí, pero papá se enojó el otro día cuando te llamé y me tuve que dormir solita.
—Te prometo que no va a volver a pasar.
Pero siguió pasando: el padre, lejano y enojado con su mujer porque había engendrado esta hija diferente en la que le costaba reconocer del todo su semilla. Marcela creció en un vaivén de sentires, anidada entre la fortaleza, tapadera de lástima, exigida por el padre, y el cariño maternal sin condiciones.
Piensa que la pena del hombre se transformó en admiración al verla bailar. «Pero qué lucha hasta que aceptaron mi deseo». ¿Fue suyo o del padre? El abrazo y la caricia de su mano al recorrer el brazo incompleto la reconciliaron con él en aquel diciembre. «Hermosa. ¡Cómo has crecido! ¡Y yo que no me convencía de que pudieras bailar así!».
Y los recuerdos siguen. La explicación médica llegó, aunque en ese momento no la comprendió. A escondidas escuchó otras que la confundieron: que era algo heredado de la familia porque a la bisabuela materna también le faltó una mano y aun así tuvo y crio seis hijos. Sería el destino… Ya de grande la biología hizo que ese «accidente» en el útero de su abuela, tal como lo llamaba la madre, se repitiera en el suyo. «¿Sofi podrá con eso ahora que tal vez está a punto de descubrirlo?».

 

***

—Mami, mami, ¿hoy es lo del jardín? —pregunta Sofi en el desayuno. Sus pies desnudos se asoman debajo del pantalón del pijama.
A Marcela le despierta ternura ver cómo juega a moverlos siempre inquieta. Viven solas porque el padre de la niña hace tiempo que ya no está.
—Sí, pero antes de que vayas al cole a la tarde te quiero contar una cosa muy importante…
—Por qué te falta el brazo; ya me lo contaste. —Pone dulce de leche en la medialuna, la muerde y, con la boca llena, le dice a Marcela—: ¡Mmm, deliciosísima! Ayer Cami me peleó y me gritó que tengo esos asquerosos zapatos porque soy renguita. ¿Es cierto?
La sorpresa y el dolor le pintan la cara a Marcela. Piensa que llegó tarde con la explicación, como sus padres. Le tiembla la voz al responderle:
—S-s-sí, Sofi, así se dice cuando una persona tiene una pierna más corta que la otra, como vos; si no usa los zapatos ortopédicos, camina dando saltitos.
—Ah, como yo, que parezco un pajarito… ¡Se llaman ooorrtopédicos! Y así salí de tu panza…
—Sí, nos dimos cuenta cuando el doctor te revisó.
—¿Y papá qué dijo? —pregunta Sofi muy interesada—. ¿Se puso triste?
—Bueno, sí, pero cuando vimos que podías caminar, jugar, correr, nos pusimos felices.
—Ah, ¿y por qué no me lo dijeron antes? —El último pedacito de medialuna desaparece en la boca—. Seguro que era porque era chiquita y no iba a entender. Eso que dicen siempre los grandes, ¿no? ¿Por eso también se fue papá?
A Marcela se le hace un nudo en la garganta y no puede contener las lágrimas. Tantas preguntas para responder sola. La niña se da cuenta, se levanta de la mesa y, rengueando descalza, se acerca a la madre y la besa.
—Mami, no llores. Es como lo tuyo: un accidente en la panza de la abuela.
Marcela la abraza con su brazo completo, mientras el otro, incompleto en la realidad, pero entero para dar cariño, se apoya con fuerza en el cuello de Sofi y las caras se pegotean con el dulce de leche al juntarse. Sonríe y piensa que están pegadas: «Pero somos diferentes, ella tiene las cosas más claras que yo a su edad. Qué ganas de contarle que su papá se fue porque es un desgraciado, pero ahora ella no lo entendería». Cree tranquilizarla al decirle que con Julio decidieron separarse porque no se llevaban bien. Sofi se ríe:
—Jajaja, ya me lo dijiste la otra vez. —Le señala la cara y con una sonrisa dice—: Mirá, parecemos dos payasas con las caras sucias, pero vos no comiste nada. ¿Sabías que Valeria va a tener un bebé? Ojalá esté enterito —y sin darle respiro agrega:
– Mami, quiero bailar como vos, seguro que papá viene a verme.
Marcela asiente; el tiempo de las lágrimas por el abandono ya pasó. Le limpia la mejilla y toma rápido el café con leche. «Sofi no tiene que preocuparse por mí».
—Por supuesto que vas a bailar, y mejor que yo. Le pregunté a tu doctor y dijo que sí, ya estuve averiguando.
—¿Ahí en ese lugar donde vos enseñás con tantos escalones para entrar?
—Sí, ¿y sabés otra cosa, Sofi? Yo siempre soñaba con una bruja sin manos que me quería agarrar, así como vos con el pájaro que te quiere picar. Cuando empecé a bailar, la bruja se convirtió en una mujer que me prestaba su brazo para bailar.
—¡Ah, ya entendí! El pájaro se va a volver buenito y me va a ayudar a bailar. ¡Pero yo quiero que se vaya nomás! ¿Mañana vamos?
Sofi se para sobre la pierna más larga y gira graciosamente.
—‘tuve ensayando —le explica con una mueca de seriedad que la hace reír. Su madre se acerca para sostenerla por si se cae. Un solo brazo le alcanzaría,pero su hija con una enorme sonrisa de orgullo se lo saca mientras le dice:
—. ¿No ves que puedo solita, mami?

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