El legado familiar

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El trayecto hasta la puerta de salida se le hizo eterno. Caminaba casi a saltitos, y las ganas de alzar lo brazos y gritar su entusiasmo lo desbordaban. Una vez en la calle, dejó escapar el primer «¡Siiiiii!», y cuando se alejó unos metros de la vista de todos, miró al cielo, deseando tener alas para elevarse tras sus sueños. Luego de correr unos metros dando brincos y aprovechando la calle desierta, lanzó un grito mezcla de risa y rugido. Durante aquellos breves instantes, recuperó expresiones infantiles casi olvidadas y no le importó manifestarse tonto o cursi. Llegó como un rayo hasta la esquina de la avenida, y recién allí se detuvo para escribir un mensaje en su celular: necesitaba compartir aquel momento.
    Carolina escuchó la musiquita, pero demoró en mirar los mensajes. Comprobar que eran varios la desanimó. Este no era día para leer las estupideces que, seguramente, Adrián le enviaba. Dejó el celular sobre la mesita donde se acumulaban las colillas, saquitos secos de té, tazas sucias y cartas amarillentas, para volver la mirada hacia la ventana del departamento. Recogió las piernas bajo su cuerpo, se tomó los pies y allí acabó su energía. A pesar de sentirlos fríos, los masajearía luego. Las sombras de los edificios le recordaron el ocaso del día, un declinar que imaginó para todas las cosas.
    Luego de compartir con varios grupos las buenas nuevas, Adrián decidió que se regalaría un lomo al champiñón acompañado por un vino de colección, y se felicitó por ofrendar sus últimas rupias al dios del éxito. Sentado en la terraza del coqueto bistró, imaginaba los cambios rotundos de rumbo, así que reservó un lugar destacado para Carolina. Supuso que la falta de respuesta estaba en su curiosidad por las viejas cartas, e imaginó que la sorpresa sería grande cuando se encontraran.

***

    Ella abría los ojos sin poder absorber el verdadero sentido de las palabras. Su mandíbula colgaba floja, mostrando una lengua pequeña y rosada. Adrián se atropellaba dando detalles: sería el libretista de una nueva serie televisiva. Tomó el gesto de sorpresa como asentimiento y prosiguió exultante.
    —¡El mérito es tuyo! Tu idea de transformar esta historia en una novela o serie televisiva es genial —le aclara, Adrián. 
    —¡Interpretaste cualquier cosa! Lo que dije es que nuestra historia es digna de una novela, es casi una ficción, y nosotros, marionetas tristes, viviendo una mentira atroz.
    —Casualmente a la productora le pareció genial por lo fantástico e irreal, y como está de moda todo lo de los hijos recuperados, calzó justo. También algún tengo mérito: el resumen que preparé es una joya literaria. 
    —¿Solo pensaste en el dinero? ¿No tenés, por lo menos, curiosidad por conocer a nuestros verdaderos abuelos? —exclamó casi gritando Carolina, mientras agitaba las cartas frente a los ojos de Adrián.
    —Ya habrá tiempo para eso, y lo tengo todo planeado. Será parte del márquetin. En algún momento sacamos las cartas que dejaron mamá y papá y revelamos los nombres de nuestros padres biológicos. 
    —¿Mamá y Papá los llamas?
    —Claro, como siempre —agregó sin entender la reacción de Carolina.
    —¿La palabra apropiadores te dice algo? —musitó su hermana en un susurro, conteniendo el llanto.
    —Yo crecí con amor en una hermosa familia, recibí una buena educación y nuestros padres adoptivos nos dejaron como herencia la verdad de nuestro origen. El resto es política, y sabés que eso no me interesa —contestó con malhumor, tratando de cerrar la discusión.
    Carolina giró hacia la ventana y, mientras sorbía la sal de dos pequeñas lágrimas, intentó poner párpados a los oídos para no escuchar a su hermano. El arrimaba argumentos que la atraparon en una ciénaga de lugares comunes. Las palabras poderosas del sentido común se apilaban aplastándola. Losa sobre losa la sepultaron hasta que ya los sonidos perdieron sentido y sustancia. Sin fuerzas soltó la carta que se detuvo un instante en el suelo, hasta que una brisa se llevó aquella hoja amarillenta de otro otoño.
    Mientras desde un lejano e irreal universo, Adrián se entusiasmaba pensando en cómo sacarle provecho al legado de sus padres.

7 Respuestas

  1. Miguel Cabanne dice:

    Me gustó muchísimo. Lamento haber dejado pasar tantos días para leerlo.

  2. Me gustó leer tu cuento. Sobre todo, porque como le pasa a Adrián, los relatos desde el punto de vista político no me transmiten nada. Felicitaciones.

  3. Ada Salmasi dice:

    Muy buen cuento.Aunque ambos hermanos comparten la misma historia, parece que tienen legados diferentes.Compleja situación. Da cuenta de cómo los mismos acontecimientos se inscriben de manera tan disímil en el psiquismo.

  4. Perfecto, Rossana. Un abrazo y buen finde

  5. Germán hola! Toda la mañana en aud. Pxmo jueves encontraré ayuda para no
    fallar al taller q me hace muy bien . Abrazo
    El ago 25, 2016 15:32, “Germán Maretto” escribió:

  6. Detrás de lo que parece un trabajo que le dará un mejor pasar, incluso el tan deseado éxito, a uno de los protagonistas, se manifiestan dos realidades diferentes. Podría realmente haberle ocurrido a uno o algunos. Hijos de desaparecidos, ella que no encuentra sentido a su vida, y él que valora lo que le han dado sus padres adoptivos. Terrible relato, muy bien llevado. Un tiempo de nuestra historia difícil por donde se mire. Hijos que valoran lo que le han dado sus padres adoptivos y otros que no pueden vivir sin el encuentro con sus orígenes Muy bueno. Felicitaciones Guillermo.

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