El Inoportuno

Tiempo de lectura: 4 minuto/s

El cuarto era pequeño. Solo entraba en él lo indispensable. La cama doble, una mesita de luz blanca, el roperito de dos puertas, una silla, un espejo y el biombo.

Sentado en la cama, acariciaba la fiaca en su cabeza. Su pelo amarronado y desmarañado lucía el sueño de una noche de insomnio. Detrás, dormía su amor.

Frente al espejo, Ignacio se ponía a hablar consigo mismo. “Quiero cantar, correr, quiero un copo de azúcar y una vuelta más en bicicleta”… Miraba su lengua en el espejo y agrandaba sus ojos verdosos mientras rascaba su trasero. Había pasado otra mala noche. Quiso pero no pudo. “Mañana voy a ir a ver a Pedro”, dijo en voz baja mientras se dirigía por el angosto pasillo.

Llegó a la cocina. Lo mismo de siempre, puso la pava, hizo tostadas y cuando estaba listo para comenzar el mate…¡riiinnggg! El sonido del timbre lo hizo sobresaltar.

-¡Un momento!

Bostezando y arrastrando los pies, se dirigió a la puerta y mirando a través del rabillo, pudo ver que era Patricio, el del 5 B.

-¿Ignaaaciooo?, abrí. -Vociferó Patricio con cierta avidez.

-¡Estoy en eso…esperá, es que no encuentro las putas llaves, encima no veo un carajo!

-Y ponete los anteojos viejo, ¿para qué corno los tenés? -respondió Patricio del otro lado.

-Sí, sí, esperá…¿es urgente? Es que me hizo frío y me dieron ganas de hacer pis.

-Bueh…dejá, andá al baño, vuelvo más tarde.

Luego de unos minutos, Ignacio retornó a la cocina y desde allí llamó:

-¡Mercedeees! ¡Mercedeees! ¿“seguirá durmiendo”? – pensó- ¡Mercedeeess! Al no obtener respuesta, Ignacio decide ir a ver qué pasa que su mujer, no contestaba.

Atravesó el living cuyo decorado no era más que un jueguito de sillones de pana color beige, por cierto bien cuidados, una mesita ratona, un par de cuadros con los escudos de la familia y un gordo y colorido jarrón de cerámica con flores de maderas amarillas, blancas y rojas. Todo un amanecer dentro de la casa.

Al llegar al cuarto la encuentra desnuda, atrevida, con el pelo suelto y esa forma de guitarra insinuante, lista para ser tocada recostada en la cama. Un borgoña coloreaba sus labios, jazmines bañaban su piel. Ella sabía muy bien cómo atraer a Ignacio.

-¿Mercedes…qué…qué pasa, Mercedes?

-Vení Ignacio, abrazame…vení…

La boca de Ignacio se abría en cámara lenta, los ojos verdosos iluminados ante ese cuadro, parpadeaban con más rapidez que lo habitual.

-¡Dejá de joder, che! Si sabés que anoche no pude. Es más, estoy pensando en ir a ver a…

-Sí, a Patricio, todo le contás a él -Lo cortó Mercedes.

-¡Qué Patricio! A Pedro, mi médico.

-Te va a decir lo de siempre. Que tenés la cabeza llena de boludeces, que compres o adoptes un perro, que lo saques a pasear y de paso caminás. Que tomes aire, sol…-Ignacio la pone en imagen, mientras ella, escupía las palabras tal cuando se come sandía y se escupen las semillas, al tiempo que recordaba los días de plenitud, de acción y de sangre caliente. -¡Ey! ¿Me estás escuchando? -Preguntó Mercedes mientras que con su pierna hacía círculos en el aire.

-Tapate, o vestite que te vas a enfriar –concluyó Ignacio.

Mercedes cubrió su figura con la sábana de raso blanca y soltando unas carcajadas sonoras, prosiguió a preguntar:

-Vos, tanto juntarte con Patricio, ¿no te estarás contagiando no? -¡Pero que decís, tarada! –y sin más, se unió a las carcajadas de ella.

Ignacio no resistió más a los encantos de esa mujer que, a pesar de los años, conservaba una sensualidad atrapante. Los cuerpos se abrazaron, sus bocas se juntaron. La excitación iba aumentando.

“Al fin” -pensó Mercedes- mientras recogía su melena dorada y se echaba para atrás.

De repente…¡ring! ¡ring! ¡ring!

-¡Ignacio… soy Patricio, ya leí el diario, aquí te lo traigo! ¿Ignaaaciooo? -Volvió a escucharse detrás de la puerta.

Ignacio y Mercedes se miraron.

-¡Nacho! -Realmente Patricio se estaba poniendo pesado.

-No contestés. –Le dijo Mercedes mientras besaba su pecho.

-¡Nacho me asustás! ¿Estás bien?

Ignacio quiso zafar de la atrapante Mercedes pero ella muy hábilmente lo envolvió con el raso de su sábana.

-Shhh… ya se irá…-le susurraba al oído el borgogna de su mujer. -¡Ignacio me estás poniendo nervioso!

Patricio perdía la paciencia.

-Tengo que ir, si no vaya a saber cuánto se quedará ahí, mujer. –le dijo a Mercedes mientras besaba su boca.

“…Patricio y la puta que te parió…”, susurró Mercedes entre dientes, sonriéndole a su hombre.

Ignacio se calzó sus anteojos y chancleteando se dirigió a la puerta que, cuando al abrirla, por supuesto, Patricio ya se había ido. Decide rápidamente regresar a su afortunado momento pero encuentra a Mercedes roncando. Respiró profundo y se recostó a su lado. Verla dormir era un deleite para él. Contemplaba la belleza de ese amor, donde el hilo rojo los hizo encontrar.

¡Riiinnnggg! El timbre inoportuno se había tornado insoportable.

-¡Ignacio! –La voz se escuchaba a lo lejos.

Apresuradamente salió a raudales, hecho una furia y al abrir la puerta…

-¡Qué rompe huevos! – Le gritó a la anciana que, con carita de susto se quedó mirándolo, a lo que tan solo atinó a preguntar:

-¿Anduvo Patricio por acá?

-¡Sí, pero no lo ví a su hijito! -¿Y Mercedes?

-¡Duerme!

5 Respuestas

  1. Melisa dice:

    Me gusta mucho el corte del final y el hecho de que los personajes sean tan reales. Una linda historia contada con mucha ternura.

  2. carlos dice:

    Agil, divertido y muy creìble, Graciela sabe porquè lo digo

  3. Sufrí los nervios de Ignacio. Abro, no abro la puerta, contesto, no contesto. Patricio, un pesado sin dudas. Y Mercedes finalmente se duerme. Una situación divertida, muy bien contada.

  4. Mabel dice:

    Me encanto, muy ágil y divertido

  5. Graciela Arónica dice:

    Gracias Germán Maretto por publicarlo!!

¿Qué opinás?

A %d blogueros les gusta esto: