EL HIJO IDEAL

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CAPÍTULO 1: ACTUAR PARA VIVIR

 

-¿Cómo le va, señora? Le traigo el pedido de ayer

-Hola, Seba. Bajalo, nomás, que lo controlamos y te pago.

-Perfecto. Voy al camión y vuelvo con la mercadería.

Este diálogo podría suceder cualquier tarde, cualquier día hábil de la semana; en un autoservicio, una despensa o algún negocio similar.

Hace ya 8 años que trabajo como vendedor y repartidor de artículos de almacén.

Laburo con un compañero: el Vasco. Juntos recorremos la ciudad y un par de pueblos cercanos ofreciendo desde rollos de cocina hasta unas obleas bañadas en chocolate que se venden un montón. Andamos en un Ford 350 que tiene como 40 años. El Vasco hace más tiempo que trabaja en esto. Cuando entré a la empresa, él ya era uno de los mejores vendedores y aunque tiene 15 años más que yo, nos llevamos muy bien, es un tipo muy piola. Me enseñó mucho del oficio. Es que siempre fui bastante retraído, sobre todo después de la muerte de papá, y para vender necesitás ser entrador, simpático, atento.

Cuando salimos de gira en el camión, vamos repasando el listado de clientes y vemos la forma de sacarles más jugo. Sabíamos que la vieja de Asamblea al 700 tenía una nietita que bailaba árabe o que Cerrato, el de la despensa de Colón y Moreno, era fanático del turismo carretera. Nos informábamos mucho, para actuar mejor. En diez cuadras podíamos pasar de ser expertos en caballos de carrera a saber lo que sucedió en la novela de la noche. Realmente, nos divertíamos.

Los pocos roces que tuvimos fueron porque el Vasco solía ser muy flojo. Había veces que algún cliente no tenía la plata y él, de todos modos, le bajaba la mercadería. Si el que decidía era yo, olvidate. Si no había plata, tampoco había mercadería. No me importaba si la semana anterior se te rompió el auto o tu hijita estuvo enferma. Y no lo hacía por defender la empresa, sino simplemente porque quería la guita. Dos cosas me obsesionaban: el dinero y el sexo.

En muchos de los comercios que visitábamos se daba que los propietarios eran marido y mujer. Entonces, a veces, mientras el Vasco arreglaba los números con el tipo, yo me quedaba hablando con la mina. Me escribía con varias clientas. Pero mi preferida era Vanesa, una morocha que tenía la despensa donde antes supo tenerla el viejo Gómez. Una tarde que le llevamos el pedido, el marido no estaba. Le pedí al Vasco que por favor siguiera solo con el recorrido. Tenía un kiosco en la otra manzana y una carnicería con algunas cosas de almacén tres cuadras más para el lado del centro. Vanesa me quiso versear con el tema del pago, pero como ya conté antes, yo era inquebrantable. Entonces, dejó entrever la posibilidad de que, a cambio de que yo aceptara fiarle hasta la semana próxima, podría al fin tenerla.

La mina no era muy linda, pero el morbo de lo prohibido, la sensación de dominio y el peligro de ser descubiertos la volvieron irresistible.

No teníamos mucho tiempo; teníamos que hacerlo rápido. Puso un cartelito con la leyenda: «Vuelvo enseguida» y cerró la puerta con llave. Primero, la obligué a que me la chupe, mientras me miraba fijo a los ojos. Después la levanté, la giré y la apoyé contra una pared. Sin darle chance de acomodarse, le metí la mano por debajo de su pollera y le bajé la bombacha. Podía sentir la humedad y el calor. La penetré inmediatamente. Se quejó un poco, pero después se dejó llevar. Le di con muchas ganas, hasta acabar y dejarme caer sobre ella. Enseguida me levanté los pantalones, ella se acomodó un poco el pelo y la ropa. Mientras trataba de normalizar la respiración, se dirigió a la puerta para volver a abrir el negocio. Cinco minutos más tarde, escuché un bocinazo: era el Vasco. Antes de irme le aclaré a Vanesa que esto no iba a ser siempre así; que yo decidía cuándo le dejaba mercadería y cuándo no; como para que no olvidara quién tenía el poder.

 

CAPÍTULO 2: PERDER PARA GANAR

Vivía con mi vieja desde que me separé de Alejandra. No había vuelto a tener pareja estable. Con Alejandra terminé porque la sorprendí en la cama con el pelotudo de su primer novio. El tipo estaba casado y tenía 2 pibes. Una tarde que teníamos que salir con el Vasco a vender por la zona, se descompuso el fordcito y no pudimos salir. Entonces volví a la casa que alquilábamos a buscar unas cosas y los encontré.

Recuerdo cada instante. Entré sin que me oyeran. La voz de Sabina, que salía del equipo musical, tapó el sonido de la puerta. Oí gemidos que venían desde mi habitación y fui hasta la cocina. Después volví hasta el dormitorio y, sin perder la calma, me presenté ante ellos. Me favoreció la posición en que lo estaban haciendo: en cuatro patas y de espaldas a la puerta. Jamás notaron que me acercaba hasta que le apoyé el canto de la cuchilla en la espalda a Gustavo. Ahí dejaron de gozar ellos y comencé a hacerlo yo.

Alejandra lloraba y me imploraba que la perdonara. El otro infeliz trataba de explicarme que ella no tenía la culpa, que él le había insistido. Era muy divertido verlos así. El común de las personas, al descubrir un engaño, reaccionaría de manera violenta. En cambio, yo me senté frente a ellos, con mi cuchilla en la mano, a pensar qué beneficios podía obtener de esta situación. Realmente, el tamaño de mi cuchilla los asustó, además de que a cada rato acariciaba la fría hoja de acero y los miraba con una sonrisa desquiciada, como la de Jack Nicholson en El Resplandor. Me encantaba.

Lo primero que hice fue pedirle a Alejandra que atara a Gustavo a una silla. Me aseguré de que estuviera bien sujetado. Y la obligué a que se la chupara. De los nervios, a él no se le paraba y ella seguía insistiendo. Yo solo atinaba a preguntarle, de manera muy calma, si le gustaba lo que estaba haciendo. Después de unos minutos, decidí darle descanso a la mandíbula de mi novia y desaté a su amante. Golpeando la cuchilla contra mi brazo, les pedí que cojieran delante de mí.

Fue decepcionante. Ambos estaban nerviosos y no lograron nunca una buena conexión. Alejandra lloraba y Gustavo no lograba sostener la erección. Tampoco hubo mucha variedad de poses. Lamentable. Pese a todo eso, les tomé unas fotografías con mi celular. Finalmente, me apiadé y les dije que ya era suficiente.

-¡Ya está, gente! Qué feo cogen. Espero que cuando yo no estoy la pasen mejor.

Les permití que se vistieran y dicté mi sentencia. Con Alejandra íbamos a separarnos. Los electrodomésticos, el sillón del living y el juego de comedor serían mi indemnización. Ella, además, debería hacerse cargo del alquiler y de todos los demás gastos de la casa. A cambio, yo jamás revelaría el motivo real de nuestra separación. A Gustavo no le salió mucho más barata. Arreglamos que se haría cargo de las cuotas que me restaban por pagar de la moto. Cada mes yo pasaría por su trabajo a buscar la guita, y todos amigos. Si en algún momento se negara a pagar, las imágenes de él teniendo sexo con Alejandra llegarían a manos de su esposa, familiares, amigos y a cualquiera que pudiera conocerlo. Las partes quedan notificadas, publíquese y archívese.

 

CAPÍTULO 3: SANGRE CALIENTE. SANGRE FRÍA

Mi abuelo tenía una chacra de 10 hectáreas que había comprado cuando los hermanos vendieron el campo de mi bisabuelo al Dr. Laborde. En esa chacra criaba los chanchos y ahí matábamos los animales para después facturar. Recuerdo muy bien todo el procedimiento. Llegábamos al campo en la Chevrolet naranja. Mientras él preparaba todo, yo juntaba ramas para prender el fuego donde íbamos a calentar el agua que usaríamos para pelar el chancho. Después elegía un animal de acuerdo a lo que había que producir. Una vez que lo marcaba, yo lo arriaba hasta encerrarlo en un corral más chico, una especie de sala de espera de la muerte. El animal presentía su destino y yo un poco disfrutaba de su nerviosismo. Después le atábamos fuerte las patas y lo llevábamos hasta una mesita de material que estaba debajo de un olmo, cerca de la pieza donde guardábamos las herramientas. El recorrido del corral hasta la mesa era terrible por los quejidos del cerdo. Había que tener sangre fría para que ese sonido no te conmoviera. Por suerte, la tengo. Una vez que el chancho estaba sobre la mesa, mi abuelo se encargaba de degollarlo. Todavía puedo ver cómo la cuchilla se hundía en el cuello del bicho y todo comenzaba a teñirse de rojo. La sangre caía sobre un fuentón, la revolvíamos para que no se coagulara y así poder usarla para las morcillas. El chillido se hacía más espaciado, hasta que finalmente el cerdo moría. A más de un guapo se le aflojaron las piernas ante el lamento del chancho; a mí, jamás. Mi abuelo siempre que podía se mostraba orgulloso por mi firmeza. Pereyra, un viejo que nos ayudaba, no lograba entender cómo nunca había flaqueado. Hasta puedo decir que me gustaba ver esos ojos hinchados, esa desesperación por sobrevivir que mostraba el animal. Es que la muerte de mi padre había endurecido mi corazón.

Hacíamos bondiola, morcilla, queso de chancho, jamones, de todo. Mi mamá también trabajaba ahí. Ella era la choricera. Después, cuando murió mi abuelo, se complicó la cosa y hubo que vender algunas máquinas para pagar deudas, pero ella siguió haciendo chorizos para la cancha o algún evento popular. Yo necesitaba otro trabajo y, además, quería ganar más plata. Entonces mi madre llamó a Ricardo, el jefe de la distribuidora, y tanto le pidió que me tomara, que a Ricardo no le quedó más opción que contratarme.

Solo una cosa extrañé de ese trabajo: el poder que me daba decidir cuál animal vivía y cuál no.

 

CAPÍTULO 4: VENTAJAS DE SABER

Durante un tiempo largo, me pregunté cómo era que había obtenido el trabajo en la distribuidora.

Esas incógnitas comenzaron a develarse una noche que miraba una película en el sillón de mi casa. Estaba muy cómodo, comiendo helado del pote, viendo Match Point, la última de Woody Allen, cuando entre los almohadones, encontré una billetera. La abrí y tenía toda la documentación de Ricardo, mi jefe. Ahí empecé a atar cabos. El hijo de puta se estaba cogiendo a mi vieja.

Mi primera reacción fue de bronca. No podía pensar en otra cosa, así que apagué la tele, guardé el helado y me fui a mi habitación a evaluar qué hacer.

A mi mamá no le dije nada; quedó viuda joven y siempre priorizó mi bienestar por sobre el de ella. No me sentía con derecho a hacerle ningún reclamo,así que lejos de escandalizarme, pensé en utilizarlo para mi beneficio. Si la verdad salía a la luz, Ricardo iba a tener problemas con su mujer e, incluso corría riesgo de quedarse sin trabajo, ya que, en realidad la distribuidora le pertenecía a su suegro. Así que al otro día, cuando le devolví la billetera, le hice una oferta que no pudo rechazar.

En la empresa me asignaron la mejor zona, cobraba comisión extra por alguna venta y, si un mes andaba corto de guita, podía pedir adelanto sin problema. Todo sin que mis compañeros lo supieran. Todo quedaba entre Ricardo y yo.

Lógicamente, después de un tiempo Ricardo comenzó a hincharse las bolas de que lo extorsione. Más de una vez, intentó oponerse a mis pedidos, pero siempre terminaba convenciéndolo. Con cierta malicia le recordaba todo lo que su esposa había peleado con su padre para que lo nombrara gerente de la empresa, para que confiara en él; o lo tristes que se pondrían sus hijas al enterarse de la doble vida de su papito, su héroe. Así que siempre me salía con la mía. Me encantaba ver cómo mi jefe, ese tipo poderoso, que trataba como la mierda a la gente y era capaz de proferir una catarata de insultos sobre cualquiera de sus empleados por llegar tarde o confundir algún producto, se volvía un cachorrito mojado ante mí. Nunca entre todas las veces que discutimos, tuve necesidad de levantar la voz. Mis palabras amedrentaban más que cualquiera de sus amenazas.

Si quería sacarme de encima iba a tener que esforzarse más o sino abstenerse a las consecuencias.

 

CAPÍTULO 5: HOY POR TI, MAÑANA POR MÍ

Un jueves era casi la hora del cierre y mi jefe no aparecía. Raro, porque siempre era el último en irse. El auto estaba, pero de él ni noticias. Marcela, la secretaria, dijo que se había ido tipo 5 de la tarde con Eduardo González, un cliente que estaba por abrir un negocio nuevo en el barrio del parque. Lo llamaban al celular y saltaba el contestador. González tampoco sabía nada.

Esperamos un tiempo prudencial, pero no quedó más remedio que irnos. El Vasco puso la alarma y cerró con sus llaves. En la vereda hicimos algunos chistes sobre el tema y nos despedimos hasta el próximo día. Me subí a la moto y arranqué para casa.

Me había escrito mi prima para que fuera a saludarla, ya que se iba a Europa, pero desistí porque me iban a demorar bastante. «En todo caso», pensé, «voy más tarde con mi vieja». Ella es más sociable que yo y sobrelleva mejor las charlas familiares. A mí me pesan. Mi tía es una máquina de hablar y me agota escucharla. Mi tío, después de tantos años juntos, parece ya no escucharla y es un ente. Pero lo que más me jode es cuando empiezan a decirme que estoy igual a mi viejo. Me costó mucho superar su muerte, o quizás aún no la superé. Cuando era chico tenía mucha bronca, estaba furioso. Nada que me dijeran podía calmarme. ¿Por qué todos tienen papá y yo no? Crecí con odio, con un resentimiento terrible hacia los demás. Detestaba cuando todos en la escuela contaban que habían ido a la cancha o a andar en bici con el padre y yo no podía más que mirar el techo. Incluso algunos de mis compañeros habían llegado a burlarse de mi situación. Los niños pueden ser muy crueles.

Llegué a casa y metí la moto por la puerta del costado, en el pasillo que va al galponcito donde mi mamá hace los chorizos. Cuando estaba por abrir la puerta del frente, mi vieja se anticipó a la acción y me abrió desde adentro.

Tenía puesta una bata. Estaba alterada. Me asusté mucho y traté de tranquilizarla. La tomé de los hombros y ella hundió su cabeza contra mi pecho, como esquivándome la mirada. Entonces balbuceó:

-Lo maté hijo, lo maté.

La aparté de mi cuerpo y entonces le pregunté:

-¿A quién, mamá? ¿Qué pasó? ¿Qué decís?

-A Ricardo, hijo. Lo maté a Ricardo. Está en la cocina. Perdoname, mi amor.

Al oír esto fui hasta la cocina. Ricardo, mi jefe, estaba desnudo tirado en el suelo, bañado en sangre. Me acerqué cautelosamente, lo vi con más detenimiento y me fui al dormitorio de mi vieja.

Sobre la mesa de luz, estaba su teléfono y, en una silla, toda su ropa.

Mamá seguía fumando en el comedor. Me senté a la cabecera de la cama. En realidad, me dejé caer: estaba abatido. En un segundo se me presentaron diversos interrogantes: «¿Qué hago? ¿Qué le digo a mi vieja? ¿La reto? ¿Por qué no me llamó? ¿Qué va a pasar en la distribuidora? ¿Me rajarán? ¿Ahora cómo zafo?».

Nunca me gustaron las frases hechas, pero realmente sentía que me había caído el mundo encima. Sentía un peso tremendo sobre mis hombros que no sabía si podría soportar. Respiré hondo, me levanté y fui hasta el comedor.

-Mamá,¿qué pasó? ¿Qué hiciste, mamá?

-No sé, hijo, no sé. Hoy me llamó y dijo que quería verme; que tipo seis de la tarde pasaba. Y bueno, vino.

-Vieja, tranquilizate. ¿Hablaste con alguien?

-No.

-¿Alguien sabía que él venía hoy acá?

-No. Nadie.

-Tratá de tranquilizarte y contarme cómo fue.

-Me da vergüenza, mi amor.

-Dale, vieja, tranquila.

-Bueno. Él vino muy fogoso y empezó a tocarme….

-¡Esperá! Vamos al grano

-Bueno. Habíamos estado en mi habitación y me vine a la cocina a preparar café. Él vino detrás de mí y me dijo que no iba a verme más, que se había cansado de vos y que te iba a echar del trabajo. Yo empecé a putearlo y el hijo de puta me agarró de los pelos y me empujó. Entonces, para defenderme, agarré una cuchilla y se la clavé. En ese momento sentí una liberación, una energía que me poseía y lo apuñalé varias veces más. Además, el olor de la sangre era irresistible.

-Ya está, vieja, ya está. Ahora pensemos qué hacer

Nos quedamos en silencio unos minutos. De repente, comencé a abrir grandes los ojos y a sonreírme. Había encontrado la solución.

-Mamá, el domingo es el clásico, ¿no?

-Sí.

-Y seguramente los pechos fríos te encargaron chorizos, ¿no?

3 Respuestas

  1. Guillermo dice:

    Felicitaciones, muy buena historia.

  2. Maria dice:

    Todavía estoy sentada en la punta de la silla. Qué final! Muy bueno!

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