El Gran Cruce

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-¡Disculpe, mi General! Desde París ya dieron la orden de hacer el cruce. –Dijo el monje en la puerta de la habitación.
San Martín, en su escritorio estaba escribiendo una carta a su amada esposa. Dándose vuelta, se dio cuenta que había dejado la puerta abierta de su dormitorio. Se enfureció con el mismo por haberse olvidado de cerrarla ya que estaba concentrado e inspirado escribiendo dicha carta.
El monje seguía parado en silencio esperando una respuesta del General, con la cabeza gacha y las manos unidas entre si.
-¡Es la misión más complicada que he tenido en mi vida. –Dijo el General -Si bien, ese escrito traerá mucho poder a nosotros y así profesar la verdad FE, va a ser muy complicado ya que los españoles van a luchar, con lo mejor que tienen para impedir que llegue a nuestras manos.
Aún el monje seguía en la puerta escuchándolo atentamente, el General prosiguió:
– La humanidad nunca va a ver con buenos ojos esta guerra sin motivo alguno. Se nos condenaría eternamente si no está bien justificada la matanza.
San Martín, estaba preocupado por la presión que tenía. Su misión por liquidar el ejército español a toda costa, ya le pesaba mucho.
Había matado mucha gente en cada lucha que tuvo que afrontar. Tenía la fama de ser un gran héroe, pero él no se sentía como tal. La gran cruzada por el tesoro, tendría un costo grande que no podía creer la magnitud del mismo.
Sentado, aún en su escritorio, empezó a llorar. La angustia lo presionaba tanto como la orden decretada por la Logia.
-¡Mi General, ya tiene el ejército armado, los víveres los tiene disponibles y más que nada, la lealtad de sus hombre! –Dijo el monje –No se desanime, la fe lo guiará a cumplir el Gran Objetivo. Ante los ojos de Dios usted es un gran héroe. Por algo, el Santísimo lo a beneficiado con tantas victorias.
– El ejército ya está mentalizado en hacer lo que se le ordenará en Chile. Pero no sabe el fin. Es eso lo que me aqueja –Dijo San Martín, angustiado.
El General, con una seña le indicó, al monje, a que se retire y cierre la puerta.
Esa noche, San Martín tenía que tomar la decisión de seguir o no.
En la carta que estaba escribiendo, le expresaba a su esposa, además de extrañarla y amarla mucho, los sueños de terminar con todo esto y de dedicarse a la política definitivamente y darle todas las estrategias planeadas en Chile a su fiel Bernardo O´Higgins. De esa forma podría disfrutar de la familia y su trabajo hasta la muerte.
Luego de releerla, se paró delante de la ventana para ver la noche mendocina en busca de una respuesta a su gran dilema. Una estrella fugaz, pasó en dirección hacia la cordillera. Con una leve sonrisa, empezó a recordar todas las batallas que había participado.
Ya cansando, se fue a la cama y respirando profundamente, pensó, “¡perdóname, Señor!”.
A la mañana siguiente, luego de desayunar se prepara para ir a la casa de Gobierno. Antes pasa por su escritorio para buscar el Gran Documento que contenía los detalles para encontrar el tesoro. En el mismo, había también planos de casas, mapas de Chile donde tenían marcados los lugares estratégicos. Lo visualizó livianamente ya que se lo sabía de memoria.
Al abrir el cajón de su escritorio, encontró la carta que llevaba consigo a todos lados, en la que contenía la misión que debía cumplir, impartida por la Logia. Además, estaba tan cuidada porque lo consideraba como un amuleto en cada batalla que tenía que afrontar. Al momento de verla, sin abrirla, sólo recordó dos palabras de tantas que había: Fe y Bronce.
Cuando vio que todo seguía ordenando, se fue hasta el living de la casa porque sabía que iba a estar el monje esperándolo.
Al encontrarse con él, se arrodilló y susurrando, le dijo:
-¡Quiero que por vuestra intersección, Dios perdone mis pecados!
El monje haciendo la señal de la cruz, sin voz de acompañamiento, otorgó el perdón que el General quería.
Terminado el rito de absolución, el monje lo levantó y tomando sus hombros le dijo:
-¡General, todo está justificado ante Dios si conquistas el mundo con la moneda del amor!
San Martín, sentía nuevamente que se le había vuelto el alma al cuerpo.
En cuanto el monje desapareció del living, con la frente en alto se acercó a la ventana para visualizar la cordillera. Pensó que tan glorificado podría ser en el futuro: ¿Cómo un militar o como un mesías?
Tenía en claro dónde estaba el cofre de bronce y lo que contenía el mismo. Solo había dos obstáculos: la cordillera y el enemigo.
Además, empezó a maquinar cómo justificar los gastos de tal emprendimiento ya que la Logia financiaba todo.
Se rió levemente para si cuando se le pasó por la cabeza la palabra IMPUESTAZO.
Giró para ir al trabajo y empezar su día laboral. Vio en una mesa ratona, se encontraba una réplica de la esfinge egipcia que la Logia se lo había obsequiado en el año 1805. La posición de la misma estaba con la vista hacia el oeste, como si estuviera disfrutando la cordillera. Cuando se dio cuenta que así no podía estar, internamente sintió un cosquilleo.
La giró para que quedara en posición opuesta y empezó a reírse, mientras pensaba, “¡espero que la humanidad me haga ver hacia el oeste, así descanso en paz!”.

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