El Elegido

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Estaba sentado en el desierto meditando mi próxima decisión. Hacía unas horas, me habían propuesto ser el rey de la ciudad.
Como estaba convulsionada, necesitaba irme a un lugar más tranquilo. En mi casa estaba Juan, esperando mi respuesta. Había salido de la casa de Lázaro para irme al desierto.
El sol estaba brillando suavemente ya que había algunas nubes que lo coqueteaban. En estado de loto, cerré mis ojos y empecé a respirar paulatinamente. Mis ideas se comenzaron a calmarse y mi corazón latía a un ritmo más tranquilo.
Luego de una profunda meditación, abrí los ojos. Ya era de noche en donde la luna estaba bella y brillante. Las estrellas vigilantes, relucían en la bóveda en todo su esplendor.
Elevando la mirada empiezo a buscar el cinturón de Orión y sonrío con suavidad cuando encuentro sus tres estrellas
A medida que bajo la vista veo que en la arena habían dos palomas paradas mirándome.
Una de ellas, empieza a tomar vuelo en forma vertical hasta llegar a quedar suspendida en el aire. En ese instante despliega sus alas quedando en forma de cruz. Al rato empieza a girar con suavidad generando una luz roja iluminando todo mi cuerpo. Así estuvo durante un largo momento mientras que la otra, en el suelo, seguía mirándome.
Por momento me sentía asustado, por otro estaba sorprendido. Así que decidí cerrar los ojos para buscar la luz de mi alma y calmarme.
Al rato veo que ya no estaba la paloma mirándome sino que había un hombre azul sentado de la misma forma que yo. A unos pocos centímetros de su cabeza estaba la otra paloma.
El hombre me miró, respiró profundamente, y me dijo: “Tu misión tiene que seguir. Tendrás que sacrificar a uno de tus seguidores para que puedas continuar y así cultivar la semilla del amor a los pobres de espíritu.”
-¿Cómo voy a sacrificar a uno de los míos? –le pregunté.
-¡Juan ya lo sabe! –dijo el hombre -¡Ya tiene instrucciones expresas morirá por vos!
-¿Quién se lo dijo? –le pregunté.
– ¡Le dejé el mensaje en su corazón! –me contestó.
Luego una briza empezó a circular haciendo que el hombre y la paloma empezaran desaparecer. Mientras se desvanecían el hombre me dijo: “En estas tierras no serás Rey. Deberás marcharte y llevarte a tu mujer para que tu misión siga en otro lugar. Te avisaré dónde.”
Así concluyendo la frase terminó de desaparecer junto con la paloma.
Cerré los ojos por un momento. Cuando los abrí, me paré para iniciar el camino para mi casa y charlar con Juan.

-¡Juan, mi misión tiene que continuar pero será en otro lado! –le dije -Necesito que vos tomes mi lugar, así pueda seguir profesando el Verdadero Mensaje.
Juan estaba sentado al frente mío, en el comedor de mi casa. Había abierto los ojos de lo sorprendido que estaba por lo que le había dicho.
Se imaginó heredar el reinado que conseguiría. Seguir proclamando el mensaje que había empezado a difundir. Su corazón latía rápidamente ya que pensó que era El Elegido por mi y por Dios.
-¡Esto implica que deberás morir por mí! –Le advertí.
-¡Si Señor, claro que lo haré! –Contestó.
-¡Pero no es una muerte metafórica, sino que tendrás que realmente morir para que me pueda ir con María fuera de esta ciudad! –Le dije.
Su mirada, en segundos, cambió rotundamente. De la sorpresa y alegría paso a una asustada y triste. Quedó mudo y vi que su rostro estaba desencajado. No sabía que decirme. Cerré los ojos y vi su futuro: Clavado en la cruz.
Al rato lo vuelvo a mirar y su rostro había cambiado.
-¡Señor, por ti voy a morir! –Dijo Juan con una voz contundente.
Me levanté y me acerqué a su lado y sin mirarlo, apoyé la mano sobre su hombro y pensé: “Te envidio, prefiero morir que seguir en este mundo terrenal.”

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