El costo de recordar

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La parada de colectivo estaba vacía al llegar. Amalia miró como dudando si sería el lugar indicado, ejercitó su habitual proceso de resignación y se sentó. El tránsito de la avenida era casi nulo y las veredas sin vidrieras parecían dar alergia a los transeúntes.

Veinte minutos habían pasado y Amalia seguía sola en el lugar. Intentó preguntar a los gritos a un joven que caminaba enfrente, pero éste no pareció escucharla. Tomó otro traguito de resignación y se volvió a sentar.

Miró el reloj. Había pasado poco menos de una hora. Observó el panorama que la rodeaba y emprendió viaje haciendo uso de sus piés. << Voy a llegar tarde >>, pensó. << ¿Tarde para qué? >>, se preguntó rápidamente. No logró recordar y siguió.

Con pasos veloces Amalia intentaba buscar alguna calle más transitada. << Debería encontrar un taxi >>, se dijo en voz baja y sus ojos se pusieron a buscar rectángulos negros y amarillos transitando por ahí. Así llegó a una esquina que reunía tres calles, dos perpendiculares y otra diagonal. Finalmente se sentía segura. Prácticamente había resuelto su problema cuando se dió cuenta de un pequeño detalle << ¿De verdad no me acuerdo a dónde estoy yendo? Algo anda mal >> se preguntó y contestó entre pensamientos.

La primera reacción fue tantear los bolsillos. Como si alguno de ellos guardara alguna pista. Algún recuerdo. Algún indicio de qué hacía en ese el lugar. Cuándo había llegado. Hacia dónde iba. Y por qué no recordaba ninguna de estas cosas. Por desgracia estaban vacíos y, sin más alternativas, volvió a consumir otro poco de resignación.

La tensión iba en aumento. La velocidad y dureza con que caían sus pasos daban cuenta de ello. El día abandonaba ya el hemisferio para dar paso a la noche, y un viento con dotes de invierno se escurría entre sus prendas. Amalia se acurrucó en una ochava como buscando refugio y esperando, tal vez, que algún alma se apiadara. Pero ningún par de ojos la miró.

Enredada entre sus brazos, pasó la noche sobre una pequeña caja de cartón que cayó desde un camión. << La suerte ya está cambiando, sólo debo llegar a mañana >>, pensó.

Los primeros rayos de luz la encontraron sola y tiritando. Ni siquiera otros sin techo parecían percatarse de ella. Se miró las manos, queriendo confirmar que no era invisible. Se las frotó primero entre ellas y luego por el cuerpo, intentando fabricar calor.

Pasó la mañana calentando su cuerpo al sol. Una vez templada, pensó en su familia. << ¿Quiénes serán papá y mamá? Si hace rato no nos vemos, ¿por qué no me vienen a buscar? >>, se preguntó e inmediatamente las lágrimas salpicaron la vereda. << Seguro que algo habré hecho. ¿Me habrán querido alguna vez? >>. La memoria seguía prófuga y el instinto de supervivencia ya no parecía reaccionar. Sentía hambre, pero no ganas de comer. Sentía miedo, pero sin chances de defenderse. Se sentía enferma, pero sin ánimos de curarse. Y fue ahí cuando reaccionó:

  – ¡Todavía siento! -, gritó con alegría y una sonrisa se le dibujó.

Primera buena noticia que recordaba desde que había dejado de recordar. << Para alguien en mi situación, un logro no menor. >>, pensó. Con más entusiasmo que el día anterior emprendió una nueva caminata por la avenida más grande y transitada. Por más que el resto de los mortales no parecieran prestarle atención, se sentía acompañada. Y como sentir era lo único que tenía hasta el momento, no lo dudó.

Notó que mucha gente caminaba en la misma dirección. Vió banderas y carteles grandes con siglas que le eran ajenas. Los siguió. Al avanzar, más y más gente se concentraba. Hasta que en un momento ya no fue posible avanzar. Miró las caras a su alrededor, encontró tristeza e indignación. Encontró furia y desolación. Encontró dolor.

La muchedumbre avanzaba a paso lento. Sin necesidad de más pistas, entendió que era parte de una manifestación. << ¿Qué motivo tendrá tanta gente para juntarse? >>. Intentó preguntar, pero el bullicio y los cánticos decorados con bombos y redoblantes eran más fuertes que su voz.

En un momento se cansó. Su mirada encontró unas escaleras altas en la entrada a un edificio. Subió al último escalón. Bebió algo más de resignación y flexionando las rodillas, casi en cuclillas, se sentó.

De repente, un pequeño recuerdo brotó desde el corazón de la nada. Sus ojos incrédulos se posaron en la imagen de una mujer joven y sonriente. El retrato se repetía no en uno, sino en varios de los carteles que portaban los manifestantes.

Junto a la imagen que le había quitado la respiración había una frase. La misma se repetía en carteles, banderas y pintadas en las paredes. Al leerla, la mente le explotó en pedazos. Una pequeña arcada le subió desde el estómago trayendo el inconfundible sabor ácido de un recuerdo doloroso. Y lo recordó todo. Y volvió a sufrir golpes en el cuerpo. Y sintió cortes en la cara. Y lloró de dolor hasta suplicar por su vida. Sintió sus órganos explotar por las patadas. Sintió una última arcada de sangre. Y desapareció. Junto a ella desaparecería la última imagen en sus retinas, la de aquella reveladora frase que decía:

  ¿Dónde está Amalia?

6 Respuestas

  1. Amadeo Belaus dice:

    Nicolás:
    No pude dejar de leer para saber… Buenas imágenes. Si revisas con detalles encontrarás “demasiados” (para mí) gerundios y algunos adverbios cercanos entre sí.
    Por lo demás me gustó el suspenso y la intriga
    Un saludo y a… seguir escribiendo!!
    Amadeo

  2. Mariana Vega dice:

    Grande Nico!!, me gustó más. Aunque igual le quitaría algunas frases repetidas, por más que las hayas usado adrede para generar determinado estado en el lector. En ésta ocasión me generó más angustia, porque no das ningún dato de la edad de Amalia, creo q en la otra tampoco, pero me supo a joven, acá por las emociones que siente, hasta parece una niña, y eso me dio escalofríos. Está bien expresado ese seudo bloqueo mental que genera una buena incertidumbre. Y me gusta mucho el título. Gracias por compartirlo.

  3. Ada Salmasi dice:

    ¡Muy buen cuento!mantiene la intriga hasta el triste final. Muestra una descripción acertada del olvido causado por una situación de gran violencia.

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