EL CONSTRUCTOR DE SUEÑOS

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La cuenta regresiva fue breve, aunque precisa: «Tres, dos, uno, ¡aquí!».

El chasquido de los dedos saca de la somnolienta modorra a la mujer que,  desorientada, intenta incorporarse. El grupo de curiosos observadores aplaude admirado, sorprendido. Ella no comprende pero amaga una sonrisa cortés mientras baja, tímida, la mirada, haciéndose más pequeña aún dentro de esa ropa de baño a rayas oscuras que le llega hasta mitad de pierna.  

Vincent de Goux adora destinar sus tiempos libres a hacer lo que más le gusta: generar asombro. La hipnosis es para él una pasión. Cree que esta técnica es el camino más directo para descubrir el lenguaje del alma.

–Las personas en estado de sueño, removemos sentimientos profundos. Quitando algunas simples trabas –explica apasionado– se logra una comunicación que no es atrapada por los filtros mentales y, así, los pensamientos surgen espontáneos, libres, como cristales brutos asomándose desde lo profundo del ser.

A su alrededor, nadie sale del asombro y, de bocas entreabiertas, se escapan señales de fascinación: «¡admirable!», exclama una mujer de edad, con una beba en brazos.

Luego la concurrencia se dispersa, mientras el sol intenso del medio día alumbra brillante las arenas de la Pampelonne, cerca de Saint Tropez.

Vincent se resguarda reconfortado a la sombra de un parasol. Orgulloso, respira profundamente el aire salado y escucha las olas exhaustas adormecerse en la playa. Una sonrisa calma se dibuja en su rostro, pero al instante se va. Siente mucha sed. De repente, una sombra lo oscurece todo, como si una gran mano tapara el sol y una estructura enorme aparece en el cielo. Es como un gigante volador. Un gran globo blanco de tamaño sideral flota delante suyo. Sorprendido, mira y advierte una leyenda:

«Joseph Domecq, constructor de sueños, ingeniero en ilusiones».

Es la planta alta de una casona antigua. La habitación es agradable y genera un clima de confianza. Piso entablonado en roble, escritorio de madera, lienzos blancos cubriendo las paredes y un sillón color tiza frente a un delicado balcón con lirios amarillos. Afuera hace calor. El Sena señala lejos la silueta robusta de la Tour Eiffel.

Auxerrois, la mejor cepa de Burdeos. Por favor, monsieur De Goux –mientras una mano le extiende una copa.

–Su casa es un lugar realmente acogedor, monsieur Domecq –exclama agradecido.

–Gracias. Mi familia la habita desde hace varias generaciones –responde el anfitrión, mientras pone en hora un viejo reloj pulsera. Sonríe gentil y agrega–: Vincent, ¿qué lo trajo aquí?

Por un largo momento el visitante se siente bloqueado, buscando una idea que creyó tener y que ya no está.

–Simplemente vine –y agrega–: ¿Doctor, usted cree en la guerra?

Joseph Domecq camina despacio por la habitación, mientras una sinfonía de tablones secos cruje con cada paso. 

–Creo en las obras del hombre. En las buenas, y en las otras.  Creo en el sentido de su existencia. No desde un juicio de valor; sí, desde el hecho de que son reales.  

–Pero… la guerra, no es algo justo, ¿no?

–No, claro, no para nuestra mirada. ¿Pero quién habló de justicia? La justicia no es más que un punto de vista. Apelable para quien piensa distinto y respetable para quien piensa igual.

A Vincent el tiempo se le detiene y su rostro se entristece:

–Usted sabe, yo soñé otra cosa para mi vida –y, meditabundo, agrega–: continuar el negocio de mi padre, una profesión, una familia, hijos, cuidar a mi madre de anciana. No sé, lo común. Otra cosa.

Joseph escucha sin agregar nada y con su mirada lo invita a hablar más.

–¿Usted sabe, doctor? Me hubiera gustado haber hecho algo por lo cual ser reconocido. Haber hecho algo trascendente en la vida, por lo cual me recordasen con admiración, cariño, respeto. ¿Sabe qué?, ¡hubiera querido volar! –y, entusiasmado, agrega–: ¡Adoro el mar! Ah… correr en la playa me da sensación de libertad, ¿sabe?, de vuelo infinito. ¡Es sentir la vida misma abrirse paso en las venas!, ¿no? –Pero medita y se enoja–: Pero esta guerra… ¡esta puta guerra de mierda acabó con todo en mi vida! Aniquiló mis sueños, destruyó mis ilusiones… –dice, ahogándosele la voz.

–Vincent, Vincent –interrumpe Joseph–. Abrace su dolor. Abrácelo fuerte y no permita que le gane. Usted ha logrado lo que necesitaba. No lamente nada y abrace su destino –y agrega–: No con resignación. No con resentimiento. Si no con amor. Abrácelo con amor, Vincent, con amor. Usted está cumpliendo los planes del Creador que, créame, son mejores que los suyos.

–¿Y mi familia, doctor? ¿Mi esposa? ¿Mi bebé? Mi bebé… –dice, resignado.

Debajo de la sábana, los intestinos salen afuera, mezclados entre sí. Sus piernas desaparecieron y ya no están. Solo huesos revueltos que en otro momento fueron parte de una cadera. El cuerpo termina violento y abrupto, debajo de la cintura pulverizada.

–Doctor, me duele, me duele…

Joseph le acaricia la frente:

–Vincent, Vincent. ¿Qué ve? Dígame qué ve. ¿Dónde está?, Vincent, ¿dónde está?

Vincent apenas balbucea en un intento por hablar:

–En la playa.

–¿En la playa? ¿Dónde, Vincent, dónde?

–En la playa. En Pampelonne.

–¿Y qué hace ahí, Vincent?

Su rostro se enciende como si una luz divina alumbrase su cara.

–Estoy siendo… estoy siendo reconocido, doctor. Admirado… respetado.

–¿Qué más, Vincent?.

–Hay gente que me aplaude. Me agradece. ¡Si los viera…!

–¿Quiénes son esas personas, Vincent?, ¿quiénes son?

–No sé. No sé quiénes son.

–Mírelas a los ojos, Vincent, y dígame quienes son.

–Son… son… mi familia. Mi familia, doctor. ¡Están aquí conmigo! Mi mamá… está con mi bebé en sus brazos… mis tíos…. mis primos. Están todos, doctor, están todos aquí conmigo –y el rostro de Vincent brilla.

–Bien. ¿Qué más ve?

–Una mujer. Una mujer bella… que me mira… como confundida.

–¿Quién es esa mujer? ¿La reconoce?

Una sonrisa corta se dibuja en su rostro pero, al instante, se le va.

–Tengo sed, doctor.

Es septiembre de 1914. Ayer, una legión franco-belga atacó desde el norte de Camerún, la ciudad africana de Limbe, bajo dominio alemán. Una bomba de artillería explotó bajo las piernas de Vincent. Cuatro soldados murieron al instante. Veinte horas después, al soldado De Goux, el dolor se le hace insostenible.

–Doctor, me duele mucho, me duele mucho… –la mano de una enfermera limpia su cuello con una gasa–. Haga que se vaya, haga que se vaya –mientras un racimo de lágrimas inunda sus ojos y el tormento lo empuja a un sufrimiento infinito.  

–¿Qué más ve, Vincent?

Fatigado, balbucea:

–Un globo. Un globo gigante, como nunca vi. Blanco.

–¿Qué hay con ese globo?

–No sé… parece que es para viajar. Tiene algo escrito.

–¿Sí? ¿Y qué dice la escritura?

–No sé. No leo desde aquí.

–Camine hacia el globo y lea qué dice.

–No. No puedo caminar, doctor.

–¡Camine, Vincent, camine! ¡Camine con el alma! Y lea qué dice en el globo.

Un instante después, Joseph pregunta:

–¿Vincent, está ahí?

–Sí.

–¿El globo sigue ahí?

–Sí.

–¿Puede leer?

–Sí.

–¿Qué dice?

–Dice… Vincent De Goux.

El médico hace una pausa y ordena:

–Suba al globo, Vincent.

Algunos segundos después, el soldado responde:

–Estoy en el globo, doc. Y tengo miedo.

–Tranquilo, Vincent, tranquilo. Sin miedos, Vincent, sin miedos. Solo debe soltar amarras, Vincent. Suelte amarras… y vuele… como usted soñó.

Instantes después, el corazón de Vincent se detiene mientras inicia un vuelo en el que solo él puede viajar. Y el dolor cesa. Su cuerpo queda cubierto bajo una manchada sábana de un campamento militar.

Afuera, el sol del África calcina, y la guerra sigue.

1 respuesta

  1. Iván Bruera dice:

    genial, como todo lo tuyo José. para que agregarle palabras. LA CACARÍA y este: joyitas

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