El bolso con elefantes – 1º premio – Categoría Avanzados – Concurso Cuentos de la Biblioteca 2012

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Cuando Marta cuenta que es bibliotecaria lo primero que viene a la mente es lo bien que combina su aspecto con su trabajo. A pesar de su juventud todo en ella es discreto y silencioso, su cabello de un castaño indefinido se complementa perfectamente con el carey de los gruesos anteojos, los mocasines marrones sin taco , la pollera sin forma y la blusa prendida hasta el último botón.

Sin embargo hay algo que desentona con el resto , un gran bolso con reminiscencias orientales donde pululan los espejitos y los elefantes dorados la acompaña todos los viernes al son de los cascabeles que adornan sus flecos.
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Ese viernes, al igual que todos los días, llega diez minutos antes del horario de apertura al público , quita la alarma y enciende las luces para terminar situándose detrás del mostrador atendiendo gente con gesto entre tímido y severo.

El resto de sus compañeros la saluda al llegar pero no se acercan, los intentos de trabar algún tipo de amistad han sido infructuosos por lo que han decidido incorporarla al paisaje de la vieja casona como un elemento más aunque no del todo decorativo.

A ella parece no importarle, le gusta su trabajo y le gustan los lugares antiguos donde siempre hay secretos acechando en los rincones. En un momento de descanso deambula por las salas de la biblioteca deteniéndose a veces para acariciar con la punta de los dedos algún libro polvoriento. De repente al leer un determinado título una sonrisa cómplice aparece fugazmente en su cara .

Ana, la empleada de la limpieza , codea a Miguel el guardia de seguridad y susurra:
-Esta es loca o nos cree choros, fijate que adonde va lleva el bolso colgado.
-Dejála-dice Miguel sin darle importancia-para mí le chifla la cabeza.
Marta ajena a los comentarios termina su momento de descanso y con una taza de té en la mano y el bolso en la otra vuelve a su puesto de trabajo.

Así la tarde va transcurriendo entre murmullos que se enfrentan al ruidoso ajetreo de vehículos y peatones que circulan por la calle y que a veces se asoma al entreabrirse las añejas puertas de la biblioteca.

A las veinte quince se han retirado prácticamente todos , Marta dirige una mirada impaciente a la puerta de la sala donde los participantes de un taller literario hablan y se ríen en voz alta de una manera que ella juzga irreverente hacia el viejo edificio. Por fin todos se van y ella respira profundamente como quien ha concluido su tarea.

Pero Marta no se va. Sin dudarlo se dirige a uno de los estantes y retira un libro, “Lolita”. Apretándolo contra su pecho y con los ojos cerrados recrea una a una las situaciones vividas por el personaje. Una sensación de tibieza comienza a lamer su cuerpo como olas sensuales. Se va al baño y abre el bolso con elefantes . Una a una saca las prendas : el uniforme de escuela, las medias blancas , los zapatos Guillermina y se las pone. Termina su atuendo con un par de coletas . La imagen del espejo es la de una colegiala. Sonríe con picardía a su propio reflejo.

La semana anterior fue Fermina Daza la de “ El amor en los tiempos del cólera “ buscando un romance otoñal, la otra fue “Doña Flor” en busca de algún boticario a quien sacarle las inhibiciones.Y así pasó también por “Pantaleón y las visitadoras”, “Las edades de Lulú” y quién sabe cuántos más..

Guarda la ropa marrón y los lentes en el bolso con cascabeles, coloca cuidadosamente la alarma y cierra con llave antes de salir a la calle.

Con alegría piensa en la cantidad de libros que aún le quedan por leer.

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