EL ABRAZO

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Frente a frente, bien cercanos parecían dudar. Un cielo atento y destemplado los acompañaba. Él, con traje oscuro y un capote negro para lluvia, bien erguido y elegante mostraba un rostro lleno de preocupaciones. No advertía estar pisando charcos de agua sucia de la lluvia caída hasta hacía pocas horas. Ella usaba un vestido floreado, alegre y zapatillas coloridas. También pisaba el agua sobre el suelo desparejo. Sus cabellos largos, bien peinados estaban adornados con una flor blanca, de organza, que ella misma había hecho en la escuela. Su estatura no llegaba a los hombros de él. En sus caras, se mezclaban el desconcierto, la ansiedad y el recelo.

Frente a frente, se miraron por un segundo y así, inmóviles, tras una tregua de misterio, decidieron no abrazarse. No se animaron. Nunca lo habían hecho. Sabían o intuían saber lo que les sucedería. “¿Ya tiene doce años? ¡Qué hermosa que es!”, pensó él y sin proponérselo, en forma automática, sin voluntad elevó parcialmente, hasta casi rozarla, ambos brazos los que de inmediato cayeron fláccidos, con un palpitar agónico. La miró compasivo, parpadeó, movió apenas los pies y finalmente suspiró aliviado. Ambas miradas volvieron a cruzarse, a detenerse: dulce la de ella y piadosa la de él, dejándoles mínimas cicatrices internas.  “Doce años de vida y de ausencias”, calculó él al vibrarle todo su cuerpo y humedecérsele los ojos. Ella imaginó correr, saltarle al cuello, llenarlo de ternuras y caricias y entonces estiró los bracitos, miró a su padre, quien con gran dolor, le negaba con la cabeza y empalidecido, le murmuraba: no… no… no. Él bebió, derruido y solitario, sus propios ecos.

Las respiraciones se alteraron: perdieron el ritmo del cariño. La nena retrocedió medio paso, avergonzada y dolida bajó la cabeza y fue entonces cuando se destacó, en aquella noche oscura y desapacible, la flor blanca de organza. El padre, sonrió al notar formas delicadas de promesas.

De pronto el hombre abrió la boca como para hablar o, tal vez gritar y dio un paso, levantó los brazos hasta casi los hombritos de su hija. Se contemplaron mudos y decidieron arriesgarse a todo. Ella lo imitó a la perfección: avanzó un pie, subió los brazos justo antes que el hombre le dijerale vociferara: “Hija, hijita de mi alma” y antes de un segundo, escuchó: “Papá, papito querido”. El impacto de los cuerpos no fue doloroso, sí eterno y completo. Los brazos presionaban y acariciaban las espaldas. Hubo intercambio de energías profundas, añejas, en deuda. El tiempo estalló en astillas y el amor los invadió a pleno produciendo la fusión de dos seres. Apareció la felicidad real, no la de los libros. El espacio, la vida, todo se detuvo. Minutos después él se inclinó unos centímetros, bajó la cabeza y con ella, en punta de pies, pudieron rozarse las mejillas. El beso les era desconocido. Un escalofrío amoroso, reinó en sus cuerpos. A ciegas se sentían únicos, solos, en unidad magnífica. Permanecieron juntos, hundidos en certezas.

De pronto temblaron mínimamente. Ambos sabían que ese éxtasis y esa alegría profunda comenzarían a disiparse. Lo sabían y lo temían. Odiaban esa verdad. Las manos no se detenían: recorrían la espalda del otro. Los corazones se negaban a detener sus dulces vibraciones concordantes. 

Como en un cuadro al óleo, ese mimo incomparable y fantástico, mostraba a un padre y a su hija, lamentando un encuentro tardío y final. ¿Final? Ambos sabían que sí, que no habría otros.

Separaron sus cuerpos, se miraron con devoción, en paz, sin hablar y sin pensarlo, volvieron a un nuevo gran abrazo: el último. “Te quiero mucho”, dijo uno con voz trémula. “Yo también” respondió el otro tras un espasmo de piedad. Entonces los ojos brillantes y hermosos, se cerraron en espera. Los brazos de la nena comenzaron a distenderse y simularon deslizarse hacia abajo cayendo luego, achicándose toda ella. Los del padre alcanzaron a rozarle los cabellos y en sus dedos, quedó prisionera la flor de tela blanca. La miró, cerró los ojos intentando no lagrimear y sujetó con fuerza, aquel adorno.

Con el ánimo vencido, él sabía que la pérdida sería total. Así había sido siempre, para todos. Ella, diminuta e informe yacía, junto a su vestido florido, sobre uno de los charcos de agua sucia. Parecía flotar, para luego, mientras desaparecía, producir suaves y diminutas ondas circulares expansivas. Cerca de aquel vestidito, el hombre también se contraía, se vaciaban sus ropas y perdía las formas. Se esforzaba en emerger, pero solo lograba aparentarlo para luego extinguirse quedando, a la vista, el capote negro para lluvia. Minutos después, la hermosa flor de tela navegaba entre los dos remolinos, acompañándolos en sus carencias.

Una suave brisa, como hilachas de vientos, comenzó a desplazar ambas vestimentas que parecían abrazadas entre sí, rodeando a la delicada flor blanca. El sol amenazaba con aparecer para alejar la grisura, para matar la tristeza del cielo que había presenciado aquel primero y único abrazo entre un padre y su hija.

El planeta continuaba orbitando con sus giros, indiferente al triunfo del amor sin besos.

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