Edipo sin opción

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—Te había preparado la cena como todos los jueves. Carne al horno con papas y flan casero de postre. Se hicieron las diez y no llegabas. Te llamé al celular y no me respondiste. Seguramente estabas con ella. Al principio eran solamente los martes. Algunas veces, el viernes, pero nunca creí que ibas a ser capaz de faltar un jueves. El jueves es el día en que más te necesito, lo sabés, es nuestro día especial. Esperé hasta las once y comí sola. Esa noche no volviste a dormir. Yo sabía que la terapia nos iba a terminar separando. Sabía que ella te iba a convencer de tu independencia y tu libertad. Todo eso que siempre repiten los psicólogos. Claro, porque ella no te tuvo nueve meses adentro, ni vomitó durante cuatro meses seguidos e hizo reposo los casi cinco restantes por miedo a perderte. Ella no estuvo despierta tres meses porque llorabas casi veinte horas seguidas. Ella no te cuidó cuando tenías fiebre, ni te ayudó con las tareas. Ella no te acompañó a todos los actos de la escuela, ni te hizo esos disfraces estúpidos que se inventan las maestras. Ella no soportó que tuvieras tu primera novia y anduvieras con cara de tonto por ahí, como si fuera algo tan importante. Ella no tuvo que criarte sola, porque al pícaro de tu papá se le ocurrió morirse un jueves. Ella no puede entender que yo te necesito acá y que vos no serías nadie si no fuera por mí. Ella no tiene hijos, seguro, y por eso te aconseja distancia. Sí, ya sé que me habías avisado que este jueves no venías porque tenías trabajo hasta tarde y te quedabas en Córdoba, pero yo creí que ibas a hacer el esfuerzo de venir igual. Por eso te preparé tu carne al horno con papas y el flan casero. Además, seguro que me mentiste y te viste con ella más temprano; eso te deja tonto y empezás a pensar que yo te asfixio. Por eso te quedás allá y si te llamo varias veces, me dejás de atender el teléfono. No sé para qué me compraste un celular si pensabas no atenderme cuando más te necesito. Por eso, esta mañana me fui para allá. Estaba indignada y segura de que ella te quería separar de mí. La terapia era una excusa, se quería quedar con vos. Tenía que conocerla y por eso fui al consultorio. Pero yo no fui la que empezó la discusión. Ella decía que sólo era tu psicóloga y que no tenía nada más con vos, pero sé que es mentira, hijito. Ella me pedía que saliera, me decía que yo no tenía cita y que vos no le habías dicho que iba a ir. Que te iba a llamar para que fueras a buscarme. Lo hizo a propósito. Ella sabía que así te pondría de su lado, que te ibas a enojar conmigo. Yo no fui la que salió gritando al palier para que suba el portero. Yo no quise que ella se fuera corriendo de espaldas a mí por la escalera. Te lo juro, hijito, yo le explicaba que vos sin mí no podías ser nadie, que sin mí te ibas a morir de soledad. ¡Pero a ella no le importaba, me gritaba, me gritaba, hijito, me gritaba!
—¡Señora! ¡Por favor, tranquilícese! Su hijo no está aquí, pero ya lo hemos llamado. Tiene derecho a guardar silencio, a solicitar un abogado…

4 Respuestas

  1. marina Debias dice:

    Buenisimo! Me encanta como va cambiando el tono y desenmascarando el insolito final.

  2. María José Borgogno dice:

    espectacular!!! me encantó!! el estilo narrativo, el hilo argumental y el trágico y loco final. brillante!!!

  3. José Tedesco dice:

    JAJAJAJ ! HASTA QUE LO TERMINE NO SABIA QUE ESTE CUENTO ERA TUYO! MUY GRACIOSO

  4. Rodrigo VN dice:

    BRI-LLAN-TE!!!! GRAN cuento…. me encantó!!! Felicitaciones!!!!

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