Despedida Irrepetible

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Ese día solo pensaba en María.

Esa mujer era un sueño, difícil, inalcanzable, sublime, su andar hacía brotar mis energías. Cambiante, de respuestas inesperadas, siempre lograba confundirme. En mi cabeza no había lugar para pensar otra cosa cuando la veía.
¿Qué hacer? ¿Cómo conquistarla? eran preguntas que me hacía y no tenían respuesta.

Santiago también la cortejaba, pero en él, la situación era distinta. La dominaba, él estaba al mando, ella lo miraba con respeto y admiración. Me daba la sensación que si le daba bola, María se rendía a sus pies. ¡Y claro… ¡ había guita, rico e hijo de un empresario muy conocido, tenía un Mini Cooper azul y gris que le había regalado su padre. Recuerdo que lo paraba frente al campus de la universidad y todos se detenían a observarlo. Lo miraban con envidia. Pero, además de sus posibilidades económicas, era estudioso, un buen alumno, no era ningún tonto y aprovechaba sus ventajas. Deportista, alto, siempre vestido con ropa cara y a la moda, estaba siempre rodeado de amigos y amigas hermosas que lo adulaban.

No pasó mucho tiempo desde aquel día hasta que se pusieron de novios. Un poco después se casaron. Ella quedó embarazada, me enteré por radio pasillo de la Universidad. A Dios gracias, estabamos todos en el último año. A María le faltaban dos materias y a Santiago tres o cuatro para recibirse. Al tiempo, los dos se graduaron; solo tardaron un poco más de lo normal por el casamiento y la bebé que tuvieron. Yo tardé más tiempo en hacerlo; la empresa me trasladó a Santiago del Estero como reemplazo de un empleado de la sucursal que se había accidentado. Al fin se recuperó y pude volver a estudiar en la Capital. Tardé dos años más para dar las ultimas materias y recibirme.

Cuando recuerdo ese 28 de mayo del 1995 que les estoy contando, todavía no puedo creer lo que me pasó esa noche. Estaba en casa, por dormirme frente al televisor, cuando sonó el teléfono. Era María que me pedía ir a verla. Me toqué pensando que era un sueño, pero sin duda, era ella la que estaba detrás del teléfono. Vivía cerca de casa, en un departamento que alquilaba con una amiga, al frente del Parque. Me dijo que su compañera había viajado a ver a sus padres y no estaba y que necesitaba hablar conmigo. Luego de bañarme y cambiarme, creo que hacía dos días que no lo hacía y olía a perro, salí corriendo hasta el departamento. Mi cabeza deliraba, llegando al frente me dí cuenta de que me había olvidado de ponerme perfume y de traer la billetera. Los escasos dos minutos que tardó el ascensor en subir al séptimo piso, me parecieron eternos. Golpeé la puerta y me abrió inmediatamente. Estaba más hermosa que nunca. El departamento era chico pero amable, tenía una heladera junto a la kitchenette en un extremo del comedor y una habitación más con dos camas. Sobre el escritorio una notebook y un cúmulo de libros que la denunciaba como estudiante.

Nos sentamos en un sofá y me contó su vida y yo la mía. Teníamos gustos parecidos. Me hizo escuchar “Nessun Dorma” de la ópera Turandot cantado por Pavarotti , uno de mis temas preferidos. También me mostró un libro de pintura de Picasso. Le conté que a mí también me gustaba la pintura y que había tenido la oportunidad de ver una muestra itinerante del pintor en un viaje a Córdoba. A los dos nos gustaba la pintura y comentamos sobre la elección del pintor de matizar en variantes de gris el Guernica. Me contó del viaje de su amiga y me explicó porque me había llamado.

Recuerdo que comimos sandwiches de jamón y queso y tomamos mucha cerveza antes de irnos a la cama.

¿Cómo olvidar esa noche? Irrepetible. Nunca tuve un sexo así, como ese. Distinto. Me marcó para siempre. Cuantas veces quise repetir un momento así con otras mujeres, incluso con Ana. Nunca pude. Pero, todo pasa, y sobre todo el tiempo.

Hoy es tres de abril, veintidós años después de aquella noche y me encontré accidentalmente con María. Caminaba por Corrientes y entré a la librería a comprar un cd de música clásica. Ella estaba mirando libros de pintura. Veintidos años habían pasado, días más, días menos. Veintidós años de aquella noche. Toda una vida.

Cuando la vi, dudé, me pareció que no era. Pero ella enseguida me saludó y se acercó.

–Hola María, ¿cómo estás? Tanto tiempo– le dije tímidamente mientras que mis cachetes se acaloraban.
–Bien, muy bien. Como ves comprando libros de pintura–y agregó– me sigue gustando. ¿Y vos? Te veo bien. ¿Cómo estás? Me contaron que te casaste ¿Es cierto? ¿Te casaste?
–Sí me case, bastante después desde la última vez que nos vimos, mi esposa se llama Ana, y tenemos dos hijos.
–¿Y vos? ¿Seguis casada con Santiago o te divociaste?
– No, sigo casada, soy abuela. Una joven abuela. Alicita se casó y me hizo nona hace dos meses.

Y en ese momento se produjo un bache, un silencio infinito, no sabíamos qué preguntarnos. Nos miramos. Seguía muy bonita con ese aire de inalcanzable. Fue entonces que me anime a preguntarle:

–¿Y cumpliste tus sueños?

–Sí, claro. Yo te lo expliqué aquella noche, era necesario casarme con Santiago y debía tomar la decisión. Sabés muy bien que no tenía opción y lo hablamos. Esa noche era una despedida.
–¿De qué?– pregunté tratando de hallar una respuesta.
–De todo lo que quería y debía dejar. Era el quiebre. Elegir entre el blanco y el negro– contestó ella poniéndose seria.

– Está bien, siempre me pareciste inexplicable, pero me alegro de verte.– le contesté de mala manera. Sentí que ya no quería seguir hablando con ella.

–A mí también me alegra verte–dijo María y agregó: –¿Te puedo llamar esta noche?

–No– le contesté y me alejé de ella. El pasillo para salir de la librería me pareció un laberinto, sentí ahogo y desesperación hasta que respiré el aire fresco de la calle.

Mientras caminaba unas cuadras a tomar el colectivo volvieron a mi cabeza todas las respuestas que había imaginado a la gran pregunta:¿Por qué?. Aquellas respuestas que nunca fueron suficientes para mí; lo de su madre enferma, su necesidad de dinero, su necesidad de recibirse para cumplir el sueño de su padre. La muerte de su hermano menor. Su mentira cuando dijo que me quería y que estaba enamorada de mí. Y ahora tenía frente a mí la respuesta correcta. Se habían terminado las fantasías con este encuentro. Apuré el paso queriendo llegar a casa cuanto antes.

El ómnibus me dejaba a cuatro cuadras, hacía frío esa tarde, levanté las solapas del saco, y pensé que era un sonámbulo más de la gran ciudad.

–Hola amor, cómo estás– le dije a Ana cuando llegué . Ella me recibió con una sonrisa y un beso.

–Hice milanesas, las que te gustan– me dijo, mientras el olor de la fritura la había delatado.

Y la sentí hermosa, más hermosa que nunca.

2 Respuestas

  1. Silvia Liberati dice:

    Muy buena, la vida misma

  2. horacio dice:

    una linda historia

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