De regreso a Stjianik

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-¿Podrías prenderlo afuera, por favor?

Carla discutía con Esteban cada vez que le adivinaba las ganas de contaminar la habitación con el humo de ese cigarro que tanto le gustaba fumar.

-Pero niña, ¿otra vez con eso? ¿Cuándo va a reconocer mi autoridad y va a dejarme hacer lo que quiera? –replicó el comerciante un tanto ofuscado por la escena repetida.

-Nunca –respondió ella sin más vueltas.

Vencida, la joven secretaria se miró los zapatos, eran nuevos. Con mucha decepción y con los ojos clavados en el piso, murmuró: «Y yo que me había levantado contenta por estar de estreno. Definitivamente este sucucho no es lugar para lucir zapatos tan lindos».

-¡Ah! ¡Sí, ahora los veo! ¿También lleva la cartera haciendo juego?

Ella lo miró con furia, encima le hacía burla. Echó un vistazo a su bolso: muy a su pesar, esa mañana eligió llevar uno justo del mismo color. 

-¡Vamos, señorita! No es para tanto –insistió él–. No desperdicie sus energías en este viejo mañoso ¿de verdad considera necesario este reto?

-Sí, estamos adentro de la oficina y está prohibido por ley –La empleada explicó cortésmente mirándolo a los ojos.

Carla no aguantó más y decidió que sería ella quien saldría a tomar aire. Buscó dentro de la cartera su celular y no notó que, mientras lo hacía, dejó caer la billetera al piso.

-Ya vengo, voy hasta el cajero –avisó sin ganas, la muchacha.

Iba de salida cuando escuchó la voz apurada de Esteban:

-¡Señorita! ¡No se lleva la tarjeta, y su documento!

La oficinista dio media vuelta en seco, no soportó el descuido, ni que sus pertenencias cayeran en manos de ese odioso.

-Parece que va con apuro –agregó Esteban.

-Pasa que no me quiero morir por fumadora pasiva. Envenenate vos solo, si querés –se justificó con bronca.

El viejo quedó en silencio un momento y no respondió al reclamo de Carla. En cambio, con un tono de voz algo más afable quiso saber:

-Discúlpeme por la indiscreción, pero ¿tiene algo que ver con los Reikaz de Stjianik?

-Sí –confirmó ella tan escuetamente como pudo. Ya sabía lo que se le venía.

-Sé que no debí tomar sus documentos sin permiso…

-¡Por supuesto que no! ¿Quién te creés que sos? Cansada, harta estoy de tus arrebatos –La administrativa no gritaba, pero sus palabras se instalaron tan firmes como una estaca en la tierra.

-Mire, señorita, este es mi lugar antes que el suyo. Además, no se olvide de que soy un señor mayor y, por sobre todo, usted me debe respeto. Si tanto le molesta mi presencia, creo que debería considerar la opción de instalarse en otra oficina.

-Ah, ¿sí? –preguntó la muchacha con calma– Si ese es tu plan, me parece que voy a tener que contarle al dueño acerca de esas visitas nocturnas que venís haciendo al local.

Esteban no acusó recibo y eso la enfureció todavía más. Por lo general, con eseultimátum conseguía acallarlo y hasta lograba que la dejara sola un buen rato. El anciano volvió la mirada al documento de Carla, que todavía sostenía con firmeza.

-Reikaz de Stjianik –afirmó el vendedor.

La secretaria no tuvo más opción que seguirle la corriente, se había acostumbrado a esta charla de locos.

-Los mismos –admitió ella–. Somos una familia grande, pero ya no quedamos muchos en Argentina.

-Ahora sí le voy a hacer caso. Salgo unos minutos, necesito estar a solas –dijo Esteban, ensimismado.

-Llevate abrigo, mirá el viento que se levantó –le aconsejó ella como si tuviera sentido que lo hiciera.

-Es que mi madre tiene su apellido y ella proviene de Polonia, de un pueblo llamado Stjianik.

«Dios…», pensó ella, «y yo que creía que hoy zafaba». Por un lado, le dio pena el pobre hombre, allí, afligido, sumido en su más profundo dolor por saberse solo. Por el otro, repudiaba con todas sus entrañas que no la dejara en paz. Hacía seis años que convivía con él en esa oficina y, aunque llegó al punto de no tolerar su proximidad, nunca permitió que eso alterara su rutina. Algo pudo hacer para alivianar ese peso, ya que las apariciones disminuyeron su frecuencia drásticamente desde que ella comenzó a amenazarlo con contarle “al dueño” acerca de sus rondas nocturnas. Y ese artilugio seguía funcionándole sólo gracias al Alzheimer que le galopaba en la cabeza a Esteban. «Qué hombre pavo», no se cansaba de repetir para sus adentros, «el día en el que recuerde que él levantó estas paredes con sus propias manos, me voy a tener que poner creativa en serio.»

Para Carla sobraban los motivos, lo quería fuera, lejos, en su mundo, donde sea que le tocara estar ahora. Dicho sea de paso, siempre le sorprendió que nada ni nadie viniera a reclamarle su tan prolongada estadía entre los vivos.

-A ver, Esteban, calmate –espetó ella, por fin–. No te deprimas al vicio, no vale la pena. Ya están todos muertos, incluso vos, ¿te acordás?

El vendedor no solo no reaccionó al oír sus palabras tan crudas y sinceras, sino que no despegó los ojos del documento de identidad de su bisnieta. Ella no expelió más palabras, sabía que se había dejado llevar por el hastío y que no debió ser tan cruel con el anciano. Hizo de cuenta como si le hubiera hablado a la pared y se dispuso a retomar sus tareas: debía transcribir una carta que su jefe, su padre, quería hacer llegar a un proveedor. Diez palabras alcanzó a tipear cuando la voz de Esteban resonó:

-Sabe, mi’ja, usted tiene toda la razón del mundo –confesó resignado, triste–. Estamos todos muertos, ya no me sirve preocuparme por gente que no voy a poder encontrar acá.

Carla no salió de su asombro, nunca se hubiese esperado que el fantasma de su bisabueloadmitiese que era un ánima perdida y caprichosa que se negaba a dejar atrás el fruto de tantos años de esfuerzo. Después de meditarlo mucho y con el pasar de los años entendió que esas cosas suelen ocurrirle a la gente mayor cuando, de golpe, se enfrenta a las limitaciones de su nueva condición física. Entonces, no sería tan descabellado que lo mismo le sucediera a quien ya no puede poseer más nada.

-Mejor me voy a buscarlos donde seguro me esperan ¡Vaya a saber Dios cuánto tiempo hace desde que me morí!

-Veintitrés años –sacó la cuenta, Carla.

-¿Veintitrés, ya? ¿Y hace tanto que la molesto?

La secretaria sonrió, no pudo evitar empatizar con su ingenuidad. Sin pensárselo demasiado bajó la guardia y asumió su verdadero rol en esa relación.

-No, de hecho no hace tanto de eso. Te veo seguido desde que comencé a trabajar acá, donde solía funcionar el almacén que atendías. Aunque –hizo una pausa–, sí te vi unas cuantas veces más a lo largo de mi vida.

Sin perder tiempo la joven aprovechó el momento para cuestionarle:

-¿Por qué yo? Sé que nadie más en la familia sabe que estás acá.

-¡Eso era! –gritó entusiasta, Esteban– Claro, ¡qué tonto soy! Si no hubiera sido por esta memoria mía tan defectuosa…

-¿Qué? ¿Qué recordaste? –se interesó ella sobremanera.

-Tenía algo para decirle, ¡por eso me quedé!

Carla no aguantaba la ansiedad: ¿Sería un mensaje sobre su futuro? ¿Le hablaría de su verdadero amor? ¿Le contaría acerca de algún suntuoso monto de dinero que…?

-Stjianik, ¡eso es!

Otra vez con ese tema, las esperanzas de la muchacha se desvanecían.

-Sé que le va a parecer una locura, Carla, pero allá, en Polonia, la esperan la casa de mi madre y sus jardines florecidos. Están ahí desde siempre aguardando tu presencia. Le hablo en serio, mi’ja, no deje pasar la oportunidad de salir de esta rutina que aceptó solamente para complacer los deseos de mi nieto. Ya es toda una mujer, no deje que decidan por usted. Ármese una vida a su gusto, sea digna bisnieta de este soñador.

A Carla se le inundaron los ojos, parecía que ese viejo, al que tan poco crédito le daba, le leía la mente.

-Alimente su ánimo y hágase valer, le prometo que va a contar con esta mano amiga a lo largo del camino.

Las palabras de Esteban colgaban del aire, pues ya no se distinguía tan claramente su figura.

-Gracias, bisabuelo. Te prometo que… –No lo vio más–. Nos reencontramos en Stjianik.

El ruido que hizo su tarjeta de identificación al chocar contra el piso la puso en marcha.

6 Respuestas

  1. Graciela dice:

    Muy entretenido, me llevó a meterme y vivir la historia. Muy bueno!!!

  2. Lorena Martínez dice:

    Muy lindo. Bastante vivido

  3. mariel dice:

    excelente!

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