De conquistadores y otros fantasmas

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Sus largas uñas rojas golpeaban sobre las teclas de la vieja Olivetti y componían una música monótona, pero relajante, que le servía para concentrarse en su historia. Elizabeth comenzaba su nueva novela, como siempre, un 9 de enero. Decía que esa era la cábala que la había llevado a convertir sus libros en best sellers. Claro que su minuciosa disciplina de investigación al estilo del revisionismo histórico, hacía lo suyo para conseguir que los lectores se apasionaran con sus historias y creyeran en la veracidad de sus relatos.

La escritora terminaba la tercera página, cuando sintió que una mano se apoyaba con peso sobre su hombro derecho.

– Elizabeth, necesito que escriba sobre mí – dijo un individuo con acento español y voz ronca.

Barbudo y vestido con ropa muy antigua, llevaba un sombrero con una pluma, una armadura y una espada en su mano. Elizabeth lo recorrió con la mirada desde arriba hacia abajo y, para su sorpresa, se dio cuenta de que estaba suspendido en el aire y no tenía pies.

– Necesito que cambie usted la historia oficial. No fui un hombre sangriento, ambicioso y cruel. Sólo quería llevar la palabra de Dios a los nativos; tengo sentimientos y siempre traté bien a la gente…
– Claro. Usted no quería el oro de los aztecas, tampoco usaba a los indígenas de esclavos y no destruyó su cultura ni su religión; no incendió ciudades, no violó a sus mujeres. ¡No cometió ninguna atrocidad! Sólo quería llevar la palabra de Dios… – respondió Elizabeth, enérgica, al darse cuenta de que se trataba del espíritu del conquistador Hernán Cortés.
– Pues sólo una cosa le voy a decir, señorita: si usted hace caso omiso a este pedido se arrepentirá por el resto de su vida… -remató así el fantasma la conversación y desapareció en el acto.

Elizabeth había leído que algunas almas tienen asuntos pendientes y se quedan vagando entre los seres vivos, por lo que no le costó interpretar la situación. Comenzó a preocuparse, porque no podía ir en contra de su moral, pero tampoco podía exponerse a las consecuencias de la amenaza.

Durante días no pudo escribir, tampoco dormir, pensando en que convivía con un espíritu (y no precisamente de los buenos). De noche oía pasos y ruidos; los aparatos se prendían y apagaban solos. El timbre sonaba y no había nadie detrás de la puerta. Estaba segura de que el espectro lo hacía a propósito para amedrentarla e incitarla a escribir a su favor.

En sueños veía, como si fuera una película, la matanza de indígenas a cargo de los conquistadores españoles. Veía cómo se robaban sus riquezas, cómo los explotaban y abusaban de ellos. Una voz, quizás su propia conciencia, le repetía una y mil veces que había sido una guerra cruel e injusta. Se despertaba con un dolor inmenso en el alma.

Sin embargo, una mañana decidió acatar la solicitud del espíritu y re-escribir la historia de la conquista de México a favor de Hernán Cortés, obedeciendo a sus miedos y en contra de sus principios. Se sentó frente a su escritorio, puso una hoja en la máquina de escribir e, inesperadamente, las teclas comenzaron a presionarse solas:

“A la entrada de la ciudad, realizada el 8 de noviembre de 1519, se produjo el encuentro de Moctezuma y Cortés. Moctezuma creyó que los españoles eran enviados de un dios, por lo que los recibió con cortesía, obsequiándole el Tocado del Dios Quetzalcóatl. Mientras los españoles se quedaban en Tenochtitlán, Moctezuma los hospedó en el templo de su antecesor. Desagradecidos, los españoles se dispusieron a buscar un tesoro que había en el lugar y tomaron como rehén a Moctezuma.”

Desorbitada, Elizabeth se preguntó de dónde provenía ese texto, pues suponía que no favorecía en nada a Cortés. El espíritu del conquistador no podía ser el autor.

Fue en ese instante cuando la imagen del emperador azteca se hizo visible, sugiriéndole que haga caso omiso a las órdenes de Cortés.

– Elizabeth, tú sabes lo que tienes que hacer: contar la verdadera historia…

“¿Y ahora?”, se preguntó Elizabeth. “Asediada, no sólo por un fantasma, sino por dos… ¡Lo que me faltaba!”

Lo peor es que la novelista no podía buscar ayuda. El mundo pensaría que se había vuelto esquizofrénica…

Un temblor sacudió, de repente, la tierra y volaron por encima de su cabeza una flecha y una espada. Chispas y pequeñas explosiones hacían evidente que la lucha seguía en otro plano, en una dimensión a la que los humanos no podemos acceder.

La pelea entre los espíritus se hizo turbulenta y continua. Elizabeth se despertaba en medio de la noche a causa de gritos agudos, que ella suponía eran suplicios en lengua aborigen. Pisadas de centenares de caballos y órdenes de guerra. Pasaron los días, pasaron los meses y la batalla continuaba. La vida de la escritora se volvió insoportable.

Elizabeth enloqueció y, sin poder pedir auxilio, tomó una daga y se la clavó en el estómago. No podía seguir viviendo de esa manera. Ahora ella se sumaría al grupo de las almas en pena con asuntos pendientes que cumplir: en su caso, la novela sobre la verdadera historia de la conquista de México.

2 Respuestas

  1. Elsa dice:

    Excelente Laura!!!

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