COSAS DE PITUFOS

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―Es muy difícil para mí hablar de esto, doctor.
“Imagínese para mí escucharlo”, pensó el terapeuta.
―Prosiga, hoy estamos teniendo avances.
―Es que la mayor parte de la gente se ríe de mí cuando le digo que veo pitufos, doctor… ¡pero los veo por todos lados!
“No me puede estar contando esto”.
― ¿Ve alguno por acá?
“Por ahí, le saco una foto, la vendo y me voy a vivir a Cancún”.
El paciente se agita en el sillón.
―No, si viera alguno saldría corriendo, como hice la última vez, doctor.
― ¿Desde cuándo los ve?
―Desde que soy chico, los veía en Catamarca. Pero pensé que no me habían seguido hasta Córdoba.
El doctor mira de reojo la titilante luz de la videocámara escondida.
― ¿Y cómo son?
―Medirán unos cuarenta centímetros, son negros o medio verdes. Cuerpo, manos, cabeza… parecen enanos, les brillan los ojos―Mueve la cabeza hacia atrás, como temiendo la presencia de algún pitufo..
―Tranquilícese, aquí sólo estamos usted y yo.
―Cuando se me apareció en medio del curso, fue como ver de pronto al viejo de la bolsa. Me apabulló un miedo como el que se tiene de chico.
― ¿Y sus alumnos lo veían?
―No, eso es lo raro, ellos no lo veían, sólo yo.
― ¿Y le dijo algo?
“Che, éste está mirando mucho hacia la puerta”.
―Sí, me dijo: “¡Hola, Damián! ¡Hace mucho que no te veía!”.Ahí fue cuando me hice pis y salí corriendo del aula.
“¡Jajajajaja! ¡Éste sí que está chapa! Bueh, medicación para tranquilizarlo y al que sigue”.
―Escúcheme: hay tradiciones en su provincia y en muchos lugares del mundo según las cuales existen seres benéficos que ayudan en las cosechas, o que embarazan a alguna muchacha. Pero son eso, cuentos mitológicos. Explicaciones a acontecimientos extraños. Es muy probable que usted los creyera de chico muy profundamente, y por eso forman parte de su realidad. Pero los duendes no existen.
La puerta se abre lentamente. Ambos se dan vuelta a mirar. Y quedan congelados.
Flotando a escasos centímetros del piso, una pequeña figura negra entra en la habitación. Parece robar la luz de su alrededor, y sus ojos rojos los hipnotizan.
― ¡Hola, Damián! Disculpame que te tenga que congelar, pero la última vez saliste corriendo y yo no puedo correr mucho―La voz suena directamente en sus cabezas ―.No te acordás de mí, pero una vez jugamos a las escondidas y te quedaste con algo mío.
Damián lleva la mano al bolsillo del pantalón. Desde chico lleva una piedra con él, color verde, “de la suerte”.
―Esa misma―dijo el ser―. Te la presté cuando eras chico y, mientras la tuvieras, tu papá no podría pegarte. Pero creciste y otro chico la necesita.
Damián saca la piedra y ésta vuela a la mano del duende.
―Gracias―dice Damián.
―Gracias a vos, que jugabas conmigo cuando eras chico. ―dice el ser―. Cuando ambos despierten, no van a recordar nada. Doctor, le va a dar a Damián una carpeta médica hasta fin de año y usted se va a tomar una semana de vacaciones.
Los ojos rojos miran a Damián. Contemplan la esencia del joven el espíritu, y así ven al chico que a los cinco años jugaba a las escondidas con él, allá en Catamarca.
―Sé feliz, y cuando te jubiles, volvete para allá, porque no soy el único del agujero que te extraña.

Media hora después, Damián, con lágrimas en los ojos y el doctor, que se ha orinado encima, despiertan sin saber bien qué pasó.
Carpeta medica larguísima para uno, vacaciones intempestivas en Cancún para otro. Una filmación que desapareció.
En fin, cosas de pitufos.

2 Respuestas

  1. sofia dice:

    Hermoso cuento !!!!!!!!!! José. Me hizo reir, una gran ocurrencia llena de ternura e imaginación. FELICITACIONES !!!

  2. marina Debias dice:

    buenisimo!!! me encanto la redaccion y la historia, cien por ciento tierno y disfrutable…gracias!

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