Cordura

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            Contó hasta tres. Exhaló, bajó el picaporte, que ya estaba sosteniendo, y entró decidida. Prendió las luces y, cuando sus ojos tropezaron con el cuerpo, se quedó helada, con las manos abrazando la mochila con la firmeza de una pulga aferrada a la piel.

            Tendido cuan largo era, bocarriba, desollado, demacrado, el cadáver fijó sus pupilas en la recién llegada. Sus labios arrugados se movieron y articularon:

—Hola. ¿Me ayudas?

            Isabel contuvo un grito.

—¿Qué…?

            Se mordió la lengua, y tras sopesarlo un instante, dijo:

—Ya entendí: estabas tratando de escapar.

—No—contestó, lacónico, el cuerpo, al que le faltaban las piernas—. Bah, puede ser. Me desperté, me caí y arrastré hasta acá. Como estaba cansado, hice una parada. Me dirigía hacia la puerta cuando entraste vos.

            La frente arrugada de Isabel fue recuperando el aspecto liso y brillante de un cutis joven. El reloj ya marcaba las siete y veinte de la mañana.

—Perdón, ahora no puedo ayudarte—dijo Isabel, dejando la mochila al costado y poniéndose los guantes de látex—. En realidad, yo soy quien te tiene que pedir ayuda. Ya se me hizo tarde y tengo que avanzar con mi tarea, Bob.

—¿Bob? ¿Así me llamo?

—No, te lo acabo de inventar. No sé cómo te llamabas antes. ¿Podés ponerte sobre la mesa de ahí?

            Bob, resignado, reptó y se trepó a la superficie de metal. Ya no sentía los músculos, que estaban expuestos, ni la presión o la temperatura, pero podía moverse con relativa agilidad, como si ejerciera pleno control sobre sus neuronas motoras. No tenía cerebro, ni la parte superior del cráneo. Le quedaban intactas la cara y la nuca, además de un pliegue grueso de piel que colgaba desde la frente, sin llegar a cubrir el vacío de su cabeza.

            Se acostó y miró el techo, pensativo. Izó la voz, porque Isabel no estaba a la vista:

—Entonces, ¿no sabes quién era yo antes de morirme?

            Hasta que regresó con los instrumentos de metal y un barbijo escondiéndole la cara, ella no respondió.

—Sé que eras un vagabundo, pero desconozco tu identidad.

—¿Y qué tenés que hacer conmigo?

            Isabel empezó a trabajar mientras hablaba. Con pinzas y tijeras, removía tejido graso del abdomen abierto.

—Soy estudiante de medicina. En el último mes, estuve diseccionándote desde cero. Apenas pude quitarte la piel, abrirte y quitarte algunos órganos. No tengo tiempo, pero me da curiosidad saber cómo hablás y te movés como si estuvieras vivo, y qué es lo que te despertó después de tanto.

            Bob dejó que el aire acariciara su garganta abierta en un suspiro.

—A mí me interesa cómo dormirme de nuevo. Pensé que si salía y me atropellaba un auto, podría perder la conciencia, o algo.

            La pinza de Isabel se movió lenta y suave. La pena fue visible en sus cejas arqueadas, no en su voz.

—En una de esas, si te sigo extirpando órganos importantes, en algún momento te vuelvas a morir, tan repentinamente como volviste a vivir. Capaz que ni sea necesario, y que mañana no abras los ojos cuando los cierres hoy.

            La boca oscura de Bob se ensanchó en una mueca de incomodidad. Si le funcionaran los nervios, hubiera sentido un escalofrío al pensarse lúcido, como un montón de huesos, en una repisa; mirando a los estudiantes aprender y desarmar otros cadáveres que fueron afortunados al no saber vencer a las leyes de la naturaleza, como él, y despertar porque sí.

            En verdad, no podía sentir nada. Sin embargo, lo sometió algo parecido al vértigo. Le aterró la banal idea de eternidad que llegó a concebir. Ansioso de distracciones, se incorporó lo suficiente como para ver a Isabel ocuparse. Ella desgarraba, cortaba y separaba la carne con metódica habilidad.

            Bob, obedeciendo al primitivo impulso de hurgar en su propio cuerpo, tomó las paredes que tapaban su tórax y las abrió como si fueran dos ventanas. Encontró bolsas esponjosas y marchitas.

—¿Por qué se ven así?

—Porque eras fumador.

            Continuó escarbando más profundo dentro de sí, sacando a luz dudas y comentarios, explorándose por dentro. Al final, reparó en sus dedos: aunque intactos, eran falanges de carbón.

—¿Y estos, por qué son así?

—Cuando te sumergimos por primera vez, los dedos quedaron afuera, así que se descompusieron más rápido.

—¿Y por qué…?

            Isabel siseó para callarlo. Ambos escucharon que un auto se estacionaba cerca.

—Ahí llega uno de mis compañeros. Hablemos más despacio, para que no se asuste cuando entre.  

            Un rato más tarde, apareció un joven de pesadas ojeras. Justo cuando Isabel estaba susurrándole algo a Bob, aquél saludó de mala gana y siguió de largo para preparar sus respectivas herramientas.

—¿Otra vez haciéndote la loca?—masculló al pasar por su lado.

            La estudiante se encogió de hombros desdeñosamente. Sus ojos filosos ni se tomaron la molestia de mirarlo.

—¿Por qué te dijo así?—farfulló Bob.

—No sé, olvidate. Yo creo que es envidia porque llevo las materias al día, o qué se yo.

            Su compañero trabajó lejos de ella, así que pudo fingir que no la escuchaba hablar. Ya muy tarde, Isabel le pidió ayuda para guardar a Bob, quien había recibido la consigna de fingir estar «bien muerto », con tal de no espantar al tipo. Así, entre los dos, lo regresaron a su piscina de formol. Bob flotó, ligero como pescado rendido.

—Bueno…—Le dijo Isabel, cuando estuvo sola. Se tomó su tiempo para apagar las luces—. A ver, mañana vamos a hacer como que sos un doctor obsesionado con la inmortalidad, que encontró la manera de preservar su consciencia en su cuerpo, y yo voy a ser la enfermera que lo ayude a guardar su secreto. ¿Te parece? Hasta mañana.

            Como de costumbre, ninguna respuesta se asomó desde la oscuridad. 

6 Respuestas

  1. Valentina Aguilar dice:

    Muchas gracias a todos por leerlo y comentarlo.

  2. Melisa Alexandra dice:

    ¡Jajaja! ¡Me encantó! Me recordó a una novela que leí hace poco, “Morir no es tan fácil”. Hubiera amado que hubises desarrollado un cuento fantástico en su totalidad, pero me pareció muy digno el final que le diste.

    • Mariela ortega dice:

      Me gusto mucho ! Qué original. Como desdramatizas la historia de algo tan fuerte. lo bien que te salio. Me encantó

  3. Isabel Roura dice:

    Me gustó mucho la redacción prolija de este cuento. El léxico cuidado y preciso. El título ya me había dado algún indicio. Disfruté de esta lectura.

  4. Ada Salmasi dice:

    Interesante cuento, me provocó dos lecturas, la primera desde lo sureal. La presentación del cadáver que colabora en su autopsia me pareció creativa, así
    como las descripciones del mismo.
    La otra lectura apunta a la negación de la muerte que hace la estudiante a fin de operar con el cuerpo.Muy bueno!

  5. Amadeo Belaus dice:

    Valentina:
    Cuento del género fantástico. La primera vez me sorprendía a cada instante a medida que avanzaba en la lectura. Lo leí tres veces. (No es buen indicio)
    Me parecieron exagerados los actos y dichos del cadáver fraccionado. ¿No tenía cerebro?… ¿No le funcionan los nervios?… Un poco desproporcionado…todo.
    El final no lo terminé de entender.
    ¿Cordura? ¿Quién de los dos menos?
    En resumen: me resultó algo confuso.
    Un cordial saludo

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