Conversando con el psicoanalista

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Con un gesto de fastidio, el psicoanalista apagó el aire acondicionado. «Cada vez que recibo a Jacinto, tengo que aguantarme el calor, porque él siempre tiene frío, frío en el alma», pensó.

El paciente está tirado en el diván; el profesional, ubicado atrás, alcanza a ver su pronunciada calvicie, parte de sus largas piernas y los zapatos de excelente calidad. Espera con paciencia que comience a descargarse.

-La pelea con Rodolfo ayer fue terrible, por poco no nos agarramos a puñetazos, -comenzó Jacinto-. Cuando volví del trabajo lo encontré otra vez prendido al celular, no había ido a la facu. Le pregunté qué le había pasado y me dijo que sabía que dos profesores faltaban, que por dos horas no se iba a molestar. Siempre tiene una excusa para esquivar sus obligaciones.

“Creí que ya lo habíamos hablado lo suficiente, pero me equivoqué”.

-esto lo hemos hablado hasta el cansancio, ya sé, no puedo tratarlo como a un nene porque tiene veintidós años, pero llegué a mi límite esta semana oyendo los sonidos de las llamadas y mensajes. Tengo ganas de cortar Internet. Yo mismo me harté de Facebook y Twitter, la cantidad de odio, alarmismo, abucheos, prejuicios, burlas que he visto en una sola semana es para llorar. Te calienta el bocho.

“Hoy se vino con todo”.

-Yo no estoy en la mesa con el celular, no voy al baño con el celular, no estoy con la tablet y con el móvil a la vez. Ese aparatito no es más importante que mi familia y no falto a mis obligaciones. No es el dueño de mi vida. No vivo entre nubes como si el mundo que ahí se muestra fuera el real.

“Tiene razón, pero estamos siempre en el mismo lugar”.

Se oye un ruido, Jacinto se ha sacado los zapatos y sus pies se mueven nerviosos.

-No puedo contar con mi mujer –prosigue- porque tanto ella como mis otras dos hijas hacen lo mismo. El domingo invitamos a mamá a almorzar. Terminamos hablando ella y yo. El resto era silencio si sacamos el «ruidito» de los cuatro malditos celulares. La vieja se fue muy triste. La saludaron levantando la mano, nadie se acercó a darle un abrazo. La llevé a su casa y me quedé con ella mirando una película, charlando, mientras levantábamos el ánimo con café y torta. Cuando regresé no había nadie en la casa, me tomé una pastilla y me fui a dormir. Viva la famlia.

El paciente levanta los brazos, junta sus manos y hace crujir los dedos. Su calvicie brilla por la transpiración.

-Hablé con Pancho en la oficina. Con sus hijos pasa lo mismo, pero él dice que es la moda, que ya se les va a pasar. Con su esposa hacen su vida esperando que los muchachos algún día se den cuenta que están viviendo en familia. Lo toman con bastante humor. Yo no puedo, me desespero. Veo que todo se derrumba.

“La responsabilidad lo mata. Hoy tengo que darle sin asco”.

-Y lo peor de todo es que enseguida hacen un video, lo suben a las redes y te hacen quedar como un desalmado o un desubicado. ¿Qué hago? ¿Qué hago? Estoy desesperado.

El doctor se saca los lentes, deja sus anotaciones sobre la mesa y, lentamente, le explica:

-Jacinto, sobre esto hablamos las últimas semanas. Ahora voy a ser muy crudo, tus hijos son todos mayores de edad. Deciles que no los vas a mantener más ya que ellos no hacen nada por sus vidas, no trabajan y estudian cuando les da ganas. Fijales un plazo de dos o tres meses para que busquen la forma de mantenerse y un lugar donde vivir. ¿Por qué querés seguir amargándote? Ya cumpliste con tu obligación de padre, es hora de que los dejes libres, que vuelen solos, que prueben de qué son capaces.

-Muy fácil lo tuyo, ¿querés que mi mujer me mate o me abandone? Yo la quiero, y a los chicos también. Qué fácil es hablar desde tu lugar.

-Decime, ¿quién mantiene el hogar? ¿Quién lleva el dinero a casa? Jacinto, tenés un arma poderosa en tus manos, usala estratégicamente. Probá. Necesitan crecer, enfrentar la vida, no pueden depender siempre de papá, ¿hasta cuándo?

En silencio Jacinto comienza a buscar sus zapatos. Se para y toma su saco. Se miran a la cara. La desesperación marca su rostro y pequeñas lágrimas nublan los ojos. Se despiden con un apretón de manos.

-Nos vemos la semana que viene –alcanza a escuchar el psicoanalista. 

 

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1 respuesta

  1. Ricardo dice:

    Uuuuufffff……me costo no ponerme los zapatos de Jacinto y su saco !!!!!

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