Con amor, Katarina

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«Push up, strapless o balconette, nunca sé cuál es el mejor para mi busto». «Menudo dilema para Irina», reflexiona, risueño, Iván Groudnov, mientras acompaña al presidente de un país sudamericano en el desfile militar.

Es un día patrio festivo. El general ruso se encuentra en una misión diplomática en el país, y el presidente lo ha invitado para acompañarlo en el acto. El fresco de otoño, cercano al invierno, se hace sentir en la gente presente en el lugar. No se compara con las bajas temperaturas de Moscú. Katarina, la mujer del general, le puso en la valija el uniforme para bajas temperaturas.

Instalado en el palco de honor, Iván no puede negar su origen eslavo. Sus ojos celestes habitan una cara de piel pálida en la que se destacan rasgos mongoles.

Se siente incómodo con el uniforme, el calor del sol en su cuerpo. Una perla de sudor asoma debajo de la gorra y rueda, solitaria, por su frente. Enojado con su mujer, se la seca de un manotazo, pero no puede detener las gotas que lo invaden de a poco.

Saca su pañuelo y responde con una sonrisa forzada al gesto de orgullo de su anfitrión, que parece decirle: «Admire, mi buen general, el gran ejército que tenemos. El de su país pudo vencer a Napoleón, pero el nuestro cruzó los Andes y nos liberó de las tiranías». Iván Groudnov asiente condescendiente. «Qué sabrán de luchas si no vivieron las grandes guerras mundiales».

Por un momento la satisfacción se pinta en su cara. Recuerda cuando, de niño, su abuelo le relataba las historias épicas de aquellos militares que lucharon contra el emperador que se creía Dios. Nutrido con la evocación de esas guerras, se enlistó en el ejército, y su cuerpo adquirió la fuerza propia del soldado listo para el combate que aún espera.

La realidad presente lo urge, el calor aumenta y se reprocha el haber delegado en su mujer la selección de la ropa. Seguro que su joven amante, Irina, habría pensado en el clima del país, tan inestable. El invierno puede transformarse rápido en un veranito, y la presión social también sube la temperatura. Y él, con su uniforme de primavera de Moscú; allá las heladas luchan para quedarse.

A medida que el desfile avanza, el delgado y elegante presidente exhibe su mejor sonrisa. El general trata de mantener la compostura. Las gotas de sudor bajan por su cuello, se instalan en su pecho y espalda.

Un calor diferente lo recorre de pies a cabeza al recordar a Irina, complaciente, preocupada porque su busto se vea más sensual para él. Iván enviará a su asistente a comprar los tres modelos de sostenes. Se regodea al pensar cómo resaltarán la voluptuosidad de su delantera. Cree que Katarina tolera esta situación. Los verdaderos hombres necesitan innovar para mantener alta su autoestima. Hace tiempo que la intimidad entre ellos escasea, pero ante la sociedad guardan las formas.

El sudor continúa su camino…; como molestas hormiguitas bajan por el cuello y se instalan en su pecho, en su espalda. El bochorno es evidente. La intérprete traduce la pregunta del presidente:

—General, ¿tiene calor? Ahora que lo miro, ¡tal vez está muy abrigado para nuestro país! —y agrega, con cierta lástima—: El desfile ya termina.

Iván asiente mientras se desprende el primer botón de la camisa… Cuando las hormiguitas han alcanzado los rincones más impensados, llega el alivio. Los saludos finales anuncian que el acto ha terminado. Al llegar a la habitación del hotel, se saca la ropa empapada de sudor y la tira con rabia en el suelo. ¡Qué papelón pasó en el desfile! Seguro que el presidente se estará burlando de él.

Busca un traje más liviano en la valija; si no encuentra comprará uno de marca, como el del presidente.

Un sobre con una carta le llama la atención, es de su mujer: «Querido mío, espero que el uniforme te haya servido. Si te hizo mucho calor, te cuento que yo también sentí que me quemaba la bronca cuando, a la salida de la función de ballet en el teatro, nos cruzamos con tu amante, Irina. Conociéndote, vi tu expresión de lobo lujurioso. Te pregunté si era tu nuevo juguete y, como siempre, tu respuesta fue: «Estás confundida, no pasa nada». Yo también te digo que me confundí con la ropa, no tuve en cuenta las diferencias de temperatura entre el hemisferio norte y el sur. Tu amada esposa, como siempre me presentás, Katarina».

El general siente frío, es la primera vez que ella lo enfrenta de esa manera. ¿Habrá empezado la guerra?

Allá en Moscú, Katarina se mira en el espejo. Acalorada, a pesar del frío, recuerda las manos ágiles del bailarín del ballet al desprenderle el push up.

4 Respuestas

  1. Ángela Peláez dice:

    ¡ Muy buen cuento! Interesante cómo se concreta la venganza y la ironía final.

  2. Ada Salmasi dice:

    Gacias por tus apreciaciones.Tendré en cuenta el concepto de”opiniones de autor” para el próximo cuento. Saludos para vos también.

  3. Amadeo Belaus dice:

    Me gustó el relato de los dos triángulos amorosos. Buen final.
    Encontré dos o tres “opiniones de autor”, que creo no deberían figura como tales; la repetición seguida de “bajas temperaturas”: molesta; y una aclaración innecesaria: El fresco de otoño, cercano al invierno,

    Cordiales saludos

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