Completando cartucheras

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  Como un dictador lejano y desinteresado, el sol marcaba el ritmo en el diminuto poblado. Con el primer rayo de luz sobre el suelo se servía el desayuno. Infusión de hierbas y una especie de pan duro era la tradición (o al menos eso les habían hecho creer). Retrasarse sólo instantes podría significar la pérdida del bocado. Las costumbres eran claras: el trabajo comenzaba con el último sorbo del más anciano.

  Las actividades variaban al ir juntando años y, obviamente, por género. De niña, a Guadalupe le había tocado ser ayudante de cocina. Las infinitas marcas en sus manos daban cuenta del tiempo que le había llevado dominar la cuchilla. Los ingredientes no variaban: gallinas, cabras y vegetales de estación. La magia estaba en las especias. Quizá por eso la llamaban bruja, no había guiso de gallina que compita con el suyo. Tal vez era eso, o tal vez su risa. Su carcajada, contagiaba el primer minuto, generaba incomodidad durante el segundo y al llegar al tercero podía olfatearse el miedo entre los presentes. Sus pequeños ojos siempre daban la impresión de que sabía algo más que los demás.

  A los doce años había avanzado en su academia. Había aprendido a transformar esfuerzo, cabras y yuyos frescos en leche, queso y embutidos. Sus brujerías ayudaban a variar los sabores y hasta creó combinaciones especiales para las celebraciones permitidas. Entre los infrecuentes festejos, el más importante para una dama del poblado llegaba recién con su primera menstruación. El ritual de iniciación al mundo adulto ofrecía a las jóvenes la oportunidad de conocer la ciudad. Se les concedía un baño con agua caliente y jabón, lucir el único vestido del pueblo y dar un paseo por la plaza de la ciudad vecina.

  Para la vida que rodeaba a esas niñas: casas de adobe y paja, acorraladas por obligaciones desde el nacimiento, el sólo hecho de estar limpias era un renacer. Y así llegó el día de Guadalupe. La marea roja la sorprendió por la mañana mientras alimentaba el ganado. Lo primero que le salió fue un grito, aunque enseguida surgió la risa. Era una gran victoria, ya que era la única niña del pueblo de dieciséis que aún no conocía la ciudad, ni el jabón.

  A la ciudad llegó en carreta, junto a la mercadería para la feria del domingo. Casi dos horas de trayecto donde su asombro a duras penas la dejó respirar. Al llegar al pavimento pensó que el caballo había emprendido vuelo. La calle que la llevaba a destino desbordaba de vidrieras exhibiendo objetos que ni siquiera sabía nombrar. Al cabo de un rato, tropezando con su conmoción, llegó a la plaza. La carreta se detuvo y escuchó las órdenes del cochero:

  – Puedes hacer lo que quieras. Eso sí, al oír las seis campanas seguidas de la iglesia debes estar aquí o nos marcharemos sin ti. –

  Para Guadalupe la decisión se había tomado sola, sería la última vez que ese cochero vería su rostro. Asintió sin decir palabra, se bajó y miró a la carreta alejarse lentamente. La diversidad a su alrededor aplastaba sin piedad cuanta conjetura se había aventurado a imaginar desde el poblado. Pensar en volver a aquella monotonía simplemente la asfixiaba.

  Las sandalias que venían con el vestido, si bien eran bonitas, no estaban preparadas para la interminable caminata que emprendió la escapista. Lejos habían quedado las seis campanadas y la noche comenzaba a ocupar los rincones donde la luz artificial no llegaba. En uno de ellos se sentó Guadalupe y, con hambre y algunas ampollas en los talones, se durmió.

  De repente, una mano fuerte tomó su brazo y otra tapó su boca. Empujada a pararse intentó forcejear pero otras dos manos grandes terminaron con sus chances. Todavía era de noche y a los saltos terminó en el baúl de un auto. Su primer viaje en coche no era tal cual lo había soñado, el terror la ahogaba sin dejarla respirar. Así fue como la injusticia se imponía y tomaba las riendas para convertirla, por un tiempo, en esclava sexual.

  Fueron pocas las ocasiones en que Guadalupe me habló de esos oscuros años en la whiskería. Los había definido como “la derrota de la vida en la tierra”. Ante mi insistencia, recuerdo bien claro lo que una vez me dijo: “Ay mi niña, imaginarte lo sufrido sólo debe recordarte que jamás has experimentado el dolor”.

  Lo que sí logré que me contara es lo que la hizo reaccionar y buscar una salida, un embarazo. Jamás conseguí que me dijera cuál fue el precio que debió pagar para escapar. Sin dudas debió ser alto, con tan sólo oír la pregunta los ojos se le cerraban y sus mejillas se salaban en lágrimas. Existía el rumor de que para conseguir los boletos de salida para ella y el bebé, se vio obligada a cederlo a una pareja pudiente. Como si hubiera preferido perderlo a criarlo allí dentro.

  Como verás, el rosa jamás encontró lugar en la cartuchera que coloreaba su vida. Pero tenía rojo y tenía blanco. Con el tiempo, aprendió a mezclarlos y a disfrazar parcialmente sus nubarrones. Cuando la conocí había improvisado una peluquería en el cuarto que alquilaba, limpiaba casas, cuidaba niños, lo que fuere. Así arrancó a trabajar en casa hasta convertirse en una más de la familia. Cuando vos naciste, Guadalupe nos obligó a conseguir una gallina viva. Aseguraba que el éxito de su guiso de gallina dependía de cómo se la mataba.  En la foto que te dejo podes verla aquel día, siempre sonriente, con sus ropas de hombre y su extraña herramienta. No le hacía asco a nada, a excepción de cuchillos y vestidos.

  Un par de años más tarde, probablemente los más alegres de su vida, su cuerpo dijo basta y abandonó este mundo dejando sólo estos recuerdos.

  ¿A qué se debe este relato de Guadalupe y sus penares te preguntarás? ¿Y por qué en esta carta por escrito?

  Verte en fotos descontrolando la pileta con tus amigos, trasladando el caos de tu vida directamente a nuestro hogar, sin dudas habrá ayudado. Aunque más probablemente se deba a mi falta de alternativas, a un último intento desesperado por darte perspectiva. Mi esperanza, es que al contrastar tu holgada paleta de colores contra los escasos lápices que le tocaron a Guadalupe logres encontrar, como escribió Castaneda, “un camino con corazón”.

  Volver a encontrarte internado por sobredosis hace que Guadalupe deje de estar en lo cierto en algo, y la recordé. Lamentablemente, ya nadie podrá decirme que desconozco al dolor. Porque mi incapacidad de ayudarte duele, quema, derrite. Pero finalmente comprendí, al ampararte sólo aumento tu condena. Esto ya depende exclusivamente de vos hijo mío. Mamá se libera de sus culpas y se retira a vivir a otro continente. Suerte, mucha suerte. Ojalá algún día consigas completar tu cartuchera, cualquiera sea el color que le falte.

Beso eterno,

Mamá.

12 Respuestas

  1. Gracias.!!!….fue curiosidad lo que me trajo hasta aqui y encontré una mezcla de emociones y sensaciones…pude imaginar a Guadalupe dormida, lejos de imaginar todo lo que vendria luego….me robaste un par de lagrimas y me llevaste a abrir mi cartuchera y comenzar a combinar colores.

  2. Muy bueno. Comienza con dolor y termina con dolor. Las semejanzas entre una vida y otra es de destacar. Una chiquilla sin niñez ni juegos y un muchacho que lo ha tenido todo. Una quiso probar otra vida con resultados nefastos y el muchacho igual, también probó. Fantástica la metáfora de los colores. Felicitaciones.

    • Nicolás Buttarelli dice:

      Muchas gracias Zulma por el tiempo dedicado a leer y a ¡escribir! 🙂
      Me intriga un detalle: ¿por qué decís que el muchacho también probó (además de probar drogas claro ;))?

      • Sí, claro, a las drogas me refería. Guadalupe quería una vida mejor, emprendió un camino y se topó con el dolor, inmenso,profundo.
        Este chico, que lo ha tenido todo, tampoco está satisfecho con su vida, hay un vacío, interpreto, que eligió llenarlo con drogas y alcohol. Eso también es dolor, sufrimiento.
        La madre, que es la que cuenta esta historia, y relaciona ambas vidas, los colores de las cartucheras, también experimenta el dolor, enorme, de una madre que ve a su hijo barranca abajo. En eso, se dice, Guadalupe se equivocó.
        ¿Lo he interpretado bien? Tengo la mala costumbre de querer decir mucho con pocas palabras. Un placer leerte.

        • Nicolás Buttarelli dice:

          Perfecta tu interpretación. Por tu comentario anterior pensé que tal vez se desprendía del texto alguna acción del muchacho respecto a su situación. Una de la cuál ni yo me había dado cuenta :). El cuento no le dio la oportunidad de expresarse lamentablemente. Seguramente tenga algo para charlar con la madre, tal vez en un próximo cuento. ¡Muchas gracias de nuevo!

  3. Martyn Andrés Bonaventura dice:

    Excelente! Constantes giros inesperados. Mantiene una buena cuota de suspenso desde la primera oración hasta el acento de la última a.

    • Nicolás Buttarelli dice:

      Esa cara la conozco. Giros como los que vos le pegas al mundo amiguito viajero! Abrazo grande!

  4. Melisa Alexandra dice:

    Intenso, sin dudas. Muy interesante la simbología creada a partir de los lápices de colores.

  5. María Nannini dice:

    Un vaivén de costumbres, sentimientos , colores, dolores que te van llevando a emociones varias. Me encanto!

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