¿Cómo te llamás?

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—¿Ese se iama? —me pregunta mi hijo, mientras hace su versión de señalar, como si tirara agua bendita con el índice, apuntando al taxista.

—No sé —respondo, sabiendo que no es modo de conformar su curiosidad.

Un minuto después vuelve a preguntar, tal vez pensando que el conocimiento solo me demanda tiempo de meditación:

—¿Ese se iama? —Con su dedito que salpica agua de fantasía y su tonadita única, mezcla de cordobesa con centroamericana.

—No sé, le podés preguntar —le propongo.

Mi hijo se inclina hacia el conductor y vuelve a la carga, pero esta vez intentando no utilizarme como intermediaria:

—¿Ese se iama?

Quiero explicarle que, si le está preguntando a él, debe conjugar la frase de otro modo. Esto no es nuevo, ya practicamos en familia muchas veces, pero siempre terminamos en conversaciones laberínticas. Parecemos un dúo humorístico guionado.

—Le tenés que preguntar: «¿Cómo te llamás?» —explico con voz de Cantando con Adriana.

—No sé —me responde, creyendo que ahora yo le estoy preguntando a él cómo corno se llama el chofer, lo cual ya parece la pregunta del millón.

—No, que le preguntes a él: «¿Cómo te llamás?».

Por fin pregunta:

—¿Cómo te iamás? —imitando mi tono adrianezco, pero con su toque córdoba-colombiano. 

Y así fue como, por primera vez, mi hijo le preguntó a un desconocido cuál era su nombre.

2 Respuestas

  1. Viviana dice:

    Gracias por éste diálogo!! Precioso.

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