Cartografía

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El museo se encontraba desierto. Sólo había un empleado del turno tarde, en la mesa de entrada, que esperaba a que se hicieran las 20 para cerrar. Don David entró como un fantasma, con paso silencioso, taciturno.
En los últimos meses, estas visitas se habían repetido mucho más que antes. «Se ve que el viejo se ha puesto nostálgico», comentaban los trabajadores del museo, que lo había visto repasar uno por uno los cuadros de su finada Eleonora hasta detenerse, finalmente, en el tapete de cuero. Sobre él, ella había pintado unas líneas intrincadas, de colores muy brillantes, que contrastaban con la rusticidad del material. Allí David siempre se detenía largos minutos. Eso fue lo último que hizo ella, y no supo explicarle lo que significaba. Decía que era como un mapa. «¿Un mapa de qué?», preguntaba él, a lo que ella contestaba, un poco burlonamente: «No lo sé. Tal vez de nuestra muerte». Con mapa o sin mapa, la muerte se la llevó un par de meses después. De eso hacía ya, dos décadas. Desde entonces, en el día del cumpleaños de su esposa, iba al museo donde había todo un recinto dedicado a la obra de ella; y en los últimos meses, lo había hecho cada vez más seguido, y se quedaba horas mirando el mapa.
El viejo entró al museo y se dirigió a la galería. El cuidador no le prestó atención, por eso, nada pudo explicar cuando al día siguiente encontraron al anciano en el piso, embadurnado de colores, como si fuera la paleta de un pintor.
Cuando David abrió la puerta de la sala, fue recibido por un brillo inesperado, incandescente. Un espectro blanco y radiante se hallaba detenido al final de la sala, a su espera. Él se acercó seguro, tranquilo. La aparición lo invitó a sentarse sobre un taburete y mientras la miraba embelesado; ella con fuerza comenzó a agitar el colorido mapa de cuero sobre la cabeza del viejo, como quien sacude un trapo sucio, sólo que no caía tierra, sino otras cosas. Otras cosas.
Caían caricias, lágrimas, caían sonrisas, miradas, caían recuerdos. Él miraba en tanto sus ojos se iban despertando e iluminando; porque esas caricias, esos recuerdos, no eran cualquiera, sino suyos. Eran sus lágrimas, sus sonrisas.
La aparición, con su tez refulgente como la luna y su pelo negro como la noche, sacudió cada vez con más fuerza el mapa de cuero, casi con desatino, con desparpajo, pero sin perder por ello firmeza ni convicción. Ella ya sabía que el sacudón era violento.
El viejo David, mientras, vivía. Vivía mientras miraba: Las lágrimas de su pequeña hija que mojaban su gamulán cuando la abrazaba. Las manos de su joven esposa acariciándole la quijada. Vio la euforia con que gritó su hijo al soltarle la bicicleta. Se vio y los vio, rebosantes de vida, de sueños, de fe. Esa fe que da el vigor de la juventud, la frescura de la infancia. Esa fe que da el sentirse vivo, el creerse inmortal, el saber que la muerte es algo lejano, casi imposible. En las imágenes la juventud se fue transformando paulatinamente, los niños trasmutaban en adultos; se vio a sí mismo ya maduro, aún acompañado por Eleonora, en el casamiento de su hija, en la despedida de su hijo, en el entierro de sus padres, con su primer nieto en brazos. Y también en el velorio de su esposa.
Los recuerdos caían y caían, y se hacían estrellas contra el piso, entre sus zapatos negros y gastados. Parecía que su cuerpo se estremecía con mucha más emoción y devoción en ese momento que cuando vivió antaño tales recuerdos. Como si la repetición tuviera un plus de sentimiento, de sensación, que el cuerpo del viejo no alcanzaba a contener. La conmoción era tal que tuvo un poco de miedo. Pero al volver a mirar a la aparecida, no titubeó
Del mapa de cuero cada vez más descolorido, las memorias de David siguieron cayendo hasta que se fueron tornando silenciosas, opacas, como ajadas. Los recuerdos se espaciaron, se repitieron. En ellos, la lentitud y la tristeza comenzaron a dominar el color. Ya no se hacían estrellas en el piso, sino simples reflejos de luz. Cuanto más apagadas eran las evocaciones, la mujer se iba poniendo más blanca e intensa, hasta que de sus labios salieron canturreos como de cuna, que lo adormecieron. El viejo levantó su mano arrugada para tratar de tocar la última imagen que caía del mapa: La de él entrando a la galería, con la mirada apagada y cansada, hasta que descubrió la aparición resplandeciente de Eleonora, a la que le decía “ya era hora de que vinieras a buscarme”.

7 Respuestas

  1. Cecilia Martinez dice:

    Totalmente tierno.Te felicito.

  2. Jorge Lavezzari dice:

    Cómo, con ingenio, se puede hacer emocionar.

  3. Damián Díaz dice:

    Tu mejor cuento según mi opinión. Felicitaciones

  4. SALA, Sofia dice:

    hermoso……….

  5. noe, te extraño un montón. gracias por tu lectura. me honra. te tengo presente siempre, entre mi puño y la tinta de mis escritos. espero estés bien con tu bebé!!!! con tu familia!! con tu vida!!

  6. Noe dice:

    Hermosa descripción del amor…y del trance final.

  7. Mabel Luchetti dice:

    SIMPLEMENTE BELLO….

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