Caridad

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La veo cerca, a unos metros de distancia. Me llama la atención su figura, tan pequeña y delgada, casi como una niña que acarrea un carrito de un supermercado. Camino hasta ponerme a la par y le pregunto:

—Hola, señora, ¿quiere ropa? Vivo a dos cuadras. Si me sigue le preparo unas bolsas para darle.

—¡Ah, bueno! Me van a venir bien —me responde con una amabilidad aprendida e indiferente.

 El carrito cargado de cosas impensables la delata en ese pedigueñar constante que no le obliga a perder su orgullo. Una manta en este tiempo caluroso, unas botas rotas y sucias, una olla sin tapa y un escobillón sin mango me hacen pensar que pueden ser parte de un trueque con otros necesitados.

No dejo de mirarla. Aunque su edad es indefinida, las finas arrugas que enmarcan los rasgos de su cara delatan la vejez. Mi curiosidad continúa y le pregunto si viene al barrio los sábados.

—Vengo a la feria, tarde, cuando la gente ya compró. Los feriantes me dan lo que están por tirar. Mis hijos y yo lo aprovechamos, comemos de ahí.

Aminoro el andar. La fragilidad que muestra me incita a ayudarla con el carro. Su paso firme y la vocecita segura me demuestran que no me necesita. Me mira con unos ojos celeste claro, tan desvaídos que casi puedo leer a través de ellos. Vienen del largo viaje de la vida, de un lugar incómodo que desconozco: la pobreza indigna a la que no se engaña al conseguir comida. Ni siquiera se disimula. Me cuenta que el lunes la van a operar de cataratas. Me impresiona la confianza para contarme de ella, o tal vez sea un cierto exhibicionismo. «Ya me sacaron una del derecho. Imagínese, m’ija. ¡Yo! ¡Yendo al hospital para que me pongan el láser ese, como cualquier persona! Ahí no me hacen a un lado».

Miro sus ropas sucias, ojalá alguna de mis ropas en desuso le sirvan. Me pregunto si quiero ayudarla o si solo me interesa mostrar caridad. Cuando llegamos a  mi casa, le pido que me espere. Tardo un rato porque le preparo un bolso enorme. Ella está parada en la vereda a la sombra del fresno, sostiene el carrito o el carrito a ella. Una imagen mezcla de una ternura bizarra teñida de dignidad. El gorro blanco manchado de vaya a saber qué le añade el toque final.

—Acá tiene la ropa. Cuando vuelva al barrio, me toca timbre y le junto más.

La mano que va y viene en un revoloteo, acompaña el sí de su respuesta. Parece decir: «Y si a usted la hace feliz… deme, pero a mí la pobreza no se me va…».

—Suerte con la operación, señora.

—Me llamo Isabel. —Me  traspasa con sus ojos.

Sorprendida, pienso que un trasvase de sentires se jugó entre ambas en este encuentro casual.  Y me pregunto si no es ella quien me acaba de hacer un favor al llevarse mis desechos.

15 Respuestas

  1. Ariel Graziani dice:

    Que linda historia, me encantó como fluye la narración y el final que te deja pensando. Muy bueno.

  2. José María dice:

    Claro que sí, y tu buen corazón asoma en cada letra. Sin embargo, creo que en la tribuna de un taller de escritura se debería apreciar sólo eso: la escritura. Melisa Alexandra ha definido tu trabajo literario de un modo admirable: sutil y delicado. Si vale copiarse, me adhiero.

  3. José María dice:

    Si es un taller de escritura ¿porqué pretendernos filósofos? Me parece que está muy bien escrito, que en un taller literario es lo que importa. Creo que la buena escritura es la herramienta; qué hagamos con ella es otra historia. Wimpy decía que en caso de dudas filosóficas, dejemos pensar al caballo que tiene la cabeza más grande.

    • Ada Salmasi dice:

      Gracias José maría, y… cada uno escribe desde el lugar que siente la vida y los personajes que nos habitan.

  4. Mariela Riba dice:

    Hola. Es primera vez que leo textos. Este me llegó muy hondo. De verdad es muy real y muy bien relatado. Muchas felicitaciones.
    Yo soy del interior de Córdoba y hace tiempo quiero comenzar con talleres literarios. Me encantaría poder aprender a escribir. Es un sueño. Y buscando para ver si consigo alguno que se adapte para poder viajar o hacer por internet, me encuentro con este texto.
    Me dejó pensando en la realidad que se vive día a día.
    Y con ganas de animarme a sumarme a los talleres.
    Muchas felicitaciones. Excelente trabajo!!!!!

    • Ada Salmasi dice:

      Muchas gracias por tu comentario Mariela, me alegra y enorgullece que mi cuento te anime a sumarte a este taller. Si bien soy la autora del relato, tiene un importante trabajo de corrección y acompañamiento de Germán, el coordinador y Facundo el corrector.

  5. Chels dice:

    Gracias por el libro.Feliz finde. Besos

  6. Amadeo Belaus dice:

    Ada:
    De vuelta de mis vacaciones (en casa) me encuentro con un formidable texto. Felicitaciones. Llega la corazón.
    Hace años, daba clases en Cáritas y de una cartonera (alumna) he aprendido cosas magníficas. Es como dices: simplicidad, aceptación y desafíos, a pesar de la pobreza.
    Saludos

    • Ada Salmasi dice:

      Hola Amadeo, ¡gracias por tus palabras! A veces se cree que la pobreza es condición para vaciar de contenido humano a quienes la sufren, si se mira con cuidado, se descubre que no siempre es así.

  7. Ada Salmasi dice:

    Gracias Carlos, el cuento está basado en un episodio real. Ante la dignidad de Isabel me pregunté quién era la pobre.

  8. Melisa Alexandra dice:

    Muy interesante la reflexión, Ada. Me gusta la sutileza y la delicadeza con la que expresás tus ideas.

  9. carlos dice:

    Me gustó mucho. Muchas veces pienso si damos o nos sacamos cosas de encima para engañarnos pensando que somos buenos.

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