CARICIAS IMPURAS

Tiempo de lectura: 4 minuto/s

CARICIAS IMPURAS

 

La conciencia no es visible

y puede ser falsificada.

Martha Stout

 

Sentada en el butacón que había sido de su abuela, en un silencio acostumbrado, entre oscuridades propias y ajenas, frente al ventanal, permanecía inmóvil. Los postigos siempre cerrados no le permitían acercarse, tomar contacto con la realidad ausente desde hacía tanto tiempo. Las manos tomadas entre sí,se presionaban sin voluntad hasta pronunciar un dolor agudo, entonces se aflojaban para tornarse amigas. Un sentirse aislada, única, lejos de la familia, principalmente del padre, la confundía por saberse prisionera de si misma, en una cárcel sin rejas, sin candados. Había olvidado el presente por culpa del pasado. Todo vibraba dentro de ella, un rumor, unos susurros malignos la rodeaban, la hacían mirar hacia su corazón. Nada. No hallaba razones, salvo la primera, aquella que allí estaba, que le gritaba e insultaba.

 

«No tenía todavía doce años, solo faltaban dos meses, cuando lo vi entrar: era muy parecido a papá, con los anteojos, la misma barba, el saco marrón. Se acercó y sonrió igual que él, se sentó a mi lado y me besó… no como él… me besó en la boca. Lo dejé. Fue un beso distinto. Me acarició. Me acaricio mucho todo el cuerpo… no como él, era distinto. Hizo que lo acariciara. Lo acaricié sin ganas. No me gustó, pero el me obligaba, me apretaba. Y… no recuerdo… no recuerdo más. Era muy parecido a papá. Cuando fuimos al comedor, él me miraba a mí, no a mamá. Entonces supe que fue él quien me había lastimado».

 

Escuchó un ruido desconocido, se acomodó sorprendida en el butacón al ver un rayo de luz forzando por ingresar a la habitación por una hendija de los postigos. Cerró los ojos, no quería liberarse, salir de su encierro, allí se sentía segura, protegida, lejos de su padre. Tampoco deseaba volver a la escuela, con la maestra injusta y sus compañeritos malos, indecentes.

 

«Si ellos eran malos, me hacían burla en los recreos. No sé quien les contó de mis caricias con papá. Yo no quería. Era muy parecido a papá. Yo no quería. Juancito quiso acariciarme de nuevo. No lo dejé. Grité tanto que vino la maestra y no lo retó. Eso me dolió y no quise ir más a la escuela. Mamá me gritaba, papá no. Fui pero no estudiaba nada. Lloraba a solas en mi cama. No jugué más con mis amigas. Algo las alejó, creo que las mamás no querían que me vean, que las contagie».

 

          Sus manos gritaron otra vez por dolor, por soledad. Ella se sabía lejos del padre ya casi anciano y algo ciego. Desde aquel día, ella no le habló, tampoco respondía a las preguntas de la madre. Era su secreto y seguiría siéndolo. No quería lastimarla. Que él se pudriera, no le importaba. Lo odiaba. Le pesaban demasiado tantas emociones negras. Los médicos no supieron diagnosticar, ignoraban las causas de tanto aislamiento. Sospechaban, pero les eran rechazadas por inverosímiles o imaginativas. Los padres y familiares, sorprendidos por tales atrevimientos, las negaban. Ella inmóvil, las asentía. Bullían en su cabeza. Su corazón se aceleraba ante la posibilidad de que se develara su secreto, que se insinuaran aquellas caricias brutales. Nacía en ella la sinrazón y se dibujaba el mapa del extravío. Dejó caer sin fuerzas su cabeza para mirar el regazo y a sus manos otra vez crispadas.

 

          «Por fin, un día, pude explicarle a mamá. Estábamos frente a papá, rígido y pálido, en el cajón. No podía acariciarme otra vez. Mamá comenzó a llorar con más fuerza: estaba destruida por él y por mí. Me alivié algo, tenía que soportar un menor peso. Eran muchas las alucinaciones, los sin sentidos para mí. Sigo aplastada por aquellas caricias. No las puedo borrar, están, me tocan, me lastiman».

 

          Miró hacia la ventana. Buscaba huir, hallar una esperanza, tal vez un alivio. Aquel haz de luz se había movido: aparecía débil por otra hendidura más alta. Tenía un brillo especial. Atraída por una ilusión inconfesa se soltó las manos, se paró y acercó a la ventana. Las bisagras chirriaron quejosas. Los postigos sucumbieron a la presión y abiertos mostraron la calle, los autos que circulaban, los peatones que apurados se movían en todas direcciones. Ella miraba con extrañeza, los sabía allí, los había imaginado con certeza por años.

De pronto dirigió la vista hacia unos ojos hermosos, celestes, límpidos que la miraban atentos y sintió un escozor amoroso, amigable. Tras unos segundos de contemplación se preguntó ¿Habrás sufrido igual que yo?, y sin esperar, ella misma se respondió: no, él es feliz. ¿Podré yo?, le surgió sin pensarlo. Sus ideas confusas se amontonaban, se enredaban entre sí, el caos era mayor, todo se mezclaba hasta que comenzó a ver claridades y comprensiones. Se le mostraban sus heridas originales sin preámbulos. Descubrió las ausencias de sus culpas y su verdadera inocencia.  Comenzó a desparecer el enigma de su mala vida. Detectó menos rejas de las antes imaginadas. Percibió aires de libertad. Desparecieron errores propios y ajenos, se minimizaron las oscuras visiones del padre malo. Nació el perdón. Una inusual y desconocida paz, la invadió y pudo sonreír.        

Esa noche durmieron en la misma habitación. Él la miraba con sus hermosos ojos celestes, movía la cola, gruñía satisfecho en lugar de ladrar, de hablarle. Ella le agradecía, lo acariciaba con manos suaves, distendidas.

 

4 Respuestas

  1. Amadeo Belaus dice:

    Ada:
    Agradecido por los comentarios.
    Sí, la idea fue que ella se “liberó” tras la muerte del padre. Antes, temerosa y afectada, le temía.
    Saludos

  2. Ada Salmasi dice:

    Muy buen relato de una situación incestuosa mantenida en el tiempo. Me gustó la salida hacia la ternura del final. Me pregunto si sòlo la muerte del padre

    actúa conectándola con la realidad.Muy bueno

  3. Amadeo Belaus dice:

    Juan Carlos:
    Desde ya muy agradecido por tu opinión. Me gustaría que todos, al opinar mencionen también aquellas partes que trabaron la lectura, algunas incongruencias, partes incomprendidas y todo otro aporte que pudieran hacer para yo mejorar mis textos.
    Espero un cuento tuyo
    Saludos y gracias

  4. Juan Carlos Petino dice:

    Excelente relato, Amadeo; y muy bien llevado teniendo en cuenta lo escabroso del tema.

¿Qué opinás?

A %d blogueros les gusta esto: