Cambalache

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Julio forcejea con el atacante que hacía segundos era su amigo. El brillo asesino del puñal busca desesperadamente su pecho, mientras otros brillos se desnudan en el cerrado pasillo.

En su ardor por la sangre los conjurados se entorpecen, y los soplos helados que le cortan la espalda y los brazos no atraen la muerte todavía.

El movimiento lo mantiene vivo. La mano de Julio, corpulento todavía a pesar de sus años, se cierra en la muñeca del asesino mientras lo usa de escudo contra los otros. La lucha los saca del pasillo y desembocan en la curia del teatro. Los criminales se mueven en silencio, casi avergonzados por su traición. En silencio pero decididos, como hienas atacando a un león. Ya no pueden volver atrás sin convertirse en víctimas.

La espalda recta de Ovidio es el eje del baile mientras Carmen gira y se quiebra con flexibilidad de sauce y elegancia de pantera. El bailarín demuestra coordinación y pericia hasta en los mínimos gestos. Su traje negro se traga todas las luces mientras se contonea hipnótico con la síncopa del tango. Carmen se deja llevar como una hoja en un torbellino de otoño.

Las tablas gastadas suavizan el taconeo. Se llenan de arabescos invisibles brotados de los bailarines mientras cuentan con sus cuerpos el drama del amor y la vida.

 …

Julio esgrime su punzón de escritura y puede herir a uno o dos agresores pero un corte lo hiere cerca de la nuca, no es grave pero lo distrae y debilita. Cegado por la sangre trastabilla y cae a los pies de la estatua de Pompeyo. La marea asesina se cierra sobre su cuerpo y él se cubre la cabeza con la toga para no ver los ojos de la muerte.

Ovidio siente un pinchazo de ardor en el pecho pero el atento público del bar “El Chino” no registra nada. Carmen en cambio, después de tantos años de armonía intuye que algo pasa y pregunta con la mirada. Un guiño la tranquiliza a medias y siguen bailando.

La orquesta ejecuta los acordes finales de “A Evaristo Carriego” y la pareja se clava en el precario escenario con sus labios apenas rozándose. Con los aplausos atronando saludan al público y se retiran esquivando mesas por una puerta al fondo del local.

Ovidio acompañó a Carmen hasta una pieza que hacía las veces de camarín, del bar llegaban apagados el murmullo de la gente y el tintinear de las copas.

— ¿Está bien Ovidio?—preguntó desde la puerta.

—De primera piba. Cámbiese, cuando termine el partido me busca y nos tomamos un whisky.

Sale a un patio de tierra y sigue el sendero de ladrillos hasta su habitación, donde lo espera la radio. Uruguay le va a ganar a Argentina en Montevideo por tercera vez, por suerte Ovidio no lo va a escuchar. El dolor se le enrosca en el pecho pero no le hace caso, a mitad de camino la puntada lo tira al suelo y se queda mirando el cielo.

Julio espera el hielo de los puñales pero sólo siente frío en la espalda. Se destapa la cabeza y asombrado descubre que ya no está en la curia del teatro sino en el patio de una casa humilde.

Al mirar las estrellas extrañas su confusión aumenta. Se incorpora y una mujer con exóticas vestiduras lo observa atónica.

— ¿Ubi ego sum, femina?—pregunta. Obtiene un grito por respuesta.

Un tropel de hombres acude al llamado de la mujer desde el bar y agarran a trompadas al degenerado envuelto en una sábana que asustó a Carmen.

— Non hit me, Ego sum Caesar—proclama Julio mientras lo llevan a la rastra hasta la comisaría.

El tumulto de puñales se aparta del hombre caído y una sorpresa generalizada contiene a los hombres y sus ansias de matar.

— ¡¡Quis est vobis!!—gritó el senador Casio con la voz quebrada por la angustia.

—¡¡Magicis!!—Lo secundó Casca entrando en pánico.

Ovidio se levantó del suelo y se sacudió el traje ante el asombro de los asesinos. No entendía lo que decían pero vio los cuchillos y de eso si entendía. Se había criado en las milongas cuando el tango se bailaba entre hombres y los duelos de compadritos eran fija en el programa.

A pesar del desconcierto que le producía ver hombres mayores vestidos con sábanas se llevó la mano al sobaco y sacó el revólver. Un 38 que siempre llevaba por si alguno le chiflaba el baile o se propasaba con Carmen.

Apuntó al techo y la detonación retumbó en los grandes espacios de mármol.

Los conjurados, poseídos por el espíritu de Fobos, salieron desbandados.

Ovidio admiró un instante la arquitectura y empezó a caminar buscando la calle. Nunca había salido de Pompeya. Cuando se encontrara con Carmen le iba a comentar lo grande que estaba Buenos Aires y del nuevo barrio de inmigrantes que no usaban ropa. 

4 Respuestas

  1. Ángie dice:

    ¡Muy bueno! Me gustó mucho el tratamiento de las dos historias y sus desenlaces en espacios y tiempos que no son los suyos. Felicitaciones.

  2. Damián Díaz dice:

    Gracias Ceci! Gracias Melisa!

  3. Melisa Alexandra dice:

    ¡Muuuuuuy aplaudible de pie! Ame´a Julio, su ingenuidad, pero determinación me dejaron con ganas de leerlo en otras aventuras. Me gustaron mucho las situaciones que elegiste transponer y el uso del latín para reforzar el desconcierto.

  4. Cecilia Mirolo dice:

    Qué bueno leerlo otra vez!! , me gustó Damian. Me gustan los cambios de tiempo y espacio en los personajes. Te felicito!!

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