Avatares de una guerra, sucia

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Hoy le dolía la herida. Esa herida que le hacía recordar cotidianamente que las marcas de la guerra sucia no son trofeos y no pueden lucirse como las marcas de la guerra limpia. Estas, promocionan al portador, se pueden mostrar con orgullo lo mismo que las medallas, los honores y el ascenso. La guerra sucia, en cambio no puede mencionarse, es nocturnidad, noche y niebla. Para él, fue el confinamiento al grupo de tareas con una manga de brutos anónimos que lo habían bautizado jilguero por la cicatriz que se había ligado en aquel operativo donde no debía estar, pero estuvo. Según ellos, la marca era como un pichón pidiendo comida, carne fresca y a eso lo habían condenado. Desde entonces todo le venía saliendo mal. Sus nuevos compañeros le habían hecho rendir ingreso asesinando a sangre fría, torturando y robando. Así comenzó a formar parte y el precio fue el silencio, la doble vida, la mentira a cuestas.

A veces recordaba su pasado de oficial de inteligencia, eso había sido disfrutable; para eso se había preparado, requería estudio, habilidad, sutileza, capacidad de mimetizarse con el enemigo; implicaba también reuniones con los altos mandos y sobre todo no se había ensuciado las manos con sangre de subversivos.

Nunca perdonaría la traición de su general, sumergirlo en la maquinaria del exterminio, castigarlo por su fidelidad, sólo por jugarse el pellejo, condenarlo en vida, obligarlo a mentirle a su mujer y a sus hijos, dejarlos expuestos a la vergüenza de tener un asesino en la familia. Ya le había costado el alejamiento de uno de sus hijos y el mutismo de los otros que no justificaban lo que el padre había hecho y hasta les daba vergüenza. Hacía poco tiempo, su nieta le había preguntado si sabía algo de la dictadura, porque tenía que responder un cuestionario sobre el 24 de marzo. Y le volvió a doler la cicatriz.

Y hoy tenía una gran oportunidad, negociar su condena o respetar el pacto de silencio. Le pareció estar nuevamente evaluando tácticas y estrategias, volver a la guerra pero usando la inteligencia. Cada opción tenía sus ventajas y sus desventajas. Si rompía el pacto, se la iban a cobrar, sabía que la maquinaria no perdonaba, lo iban a perseguir hasta matarlo, tal vez torturándolo, dejándolo tirado en alguna banquina, fingiendo un suicidio, de eso sí que sabían, o quizás asustaban a su familia; eso no lo iba a permitir. O tal vez debía exiliarse y proteger su identidad como habían hecho algunos, pero… Marta no iba a abandonar a los hijos, ni a los nietos. Pocos dirían ¨qué coraje¨, los más, como siempre no valorarían su decisión; la gente menoscaba las actitudes honorables si vienen de un genocida. Sí, ni valía la pena. Del otro lado, si decía su verdad, no podría volver a mirar a los suyos, especialmente a su mujer y a sus nietos; con los hijos la historia era complicada, pero esto iba a servir para mostrarles que su padre fue un valiente, que se jugó.

¿La verdad? ¿A quién le importaba? Sólo necesitaban de él para echar una condena más de tantas al Cachorro, su general traidor. El ya estaba condenado.

Se vistió con su uniforme; nada de fajina, era un día especial. Se miró al espejo, como el actor de aquella película que tanto le gustaba a Marta, apuntó con un arma que venía guardando desde siempre. Le apuntó al jilguero, un certero disparo en la sien acabaría con las disyuntivas que desde hacía treinta y tres años le quitaban el sueño. Y lo hizo.

5 Respuestas

  1. Marcela dice:

    Estremecedor!!! Bien completo, la sensación de poder explicar lo que siente, la relación con los hijos después de los asesinatos…tremendo cuento. Gracias.

  2. G.M.G.G. dice:

    Grande me dejas ser tu amiga. Jaja
    Un tema delicado laura
    Me gusta es dificil escribir desde el lugar del otro, y ademas no herir suceptibilidades.
    Objetivo, concreto delicado , parece escrito por una experta historiadora. Ja, ja
    Cariños. Gra

  3. Susana dice:

    Comparto la opinión de Daniel. Es precisa y concisa.

  4. Susana dice:

    Comparto la opinión de Daniel.

  5. Daniel dice:

    Laura, es muy difícil juzgar un cuento cuando el tema es tan “nuestro”. Me parece que lo resolviste muy bien. Un amague para allá, otro amague para aquí. El laberinto de la verdad. La disyuntiva del camino. ¿Como piensa quién fue capaz de hacer estas cosas? Felicitaciones!!! Me gustó que se vistiera de “uniforme, nada de fajina”.

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