Aturdido

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El viento me golpea la cara. Los árboles se amontonan y esquivan la brisa. Los truenos se expanden como un eco. Unos matorrales me distraen. Las aves escapan de la tormenta. El aleteo me aturde, parecen cuchillos que cortan el aire. Los relámpagos llenan las nubes que van tapando la mañana.

La tierra está repleta de arrugas que se esparcen por el campo, como el mapa de una ciudad perdida. Cae una gota. Penetra el suelo. Se forma una aureola húmeda que crece y se junta con otra gota, que se mezcla con los miles de gotas que comienzan a caer. La tierra se oscurece, se humecta. Los truenos son como los gritos de una multitud. Agacho la cabeza, me quedo mirando el agua acumulada, el sonido seco que me salpica las pantorrillas. 

Tengo el cuerpo empapado. La lluvia no me deja ver. Solo puedo escuchar. Siento el chaparrón como caballos galopando, como golpes en la nuca. Las gotas se estrellan, rebotan y parece como si de pronto lloviera de arriba y de abajo. No quiero caer al barro, pero es inevitable. Me arrodillo. Inclino la cabeza sobre los muslos. Siento mucho frío. 

 

               *

 El sonido de la campana me levanta aturdido. Me duelen las rodillas. Tengo que aguantar. Tres rounds más, «solo tres», me suplico. El estadio está repleto. La gente grita. «Tenes que moverte. Tira primero, tenes que pegar vos primero, que sepa que sos el campeón», me dicen en la esquina, pero el tipo es duro. Sabe que me está castigando. Le tengo que bailar el ring, que no sepa que me queda poco aire. Por la nariz, tengo que respirar por la nariz. Jab, derecha, gancho y salgo. Vuelvo y repito los movimientos. Mis golpes no lo lastiman. Cuando se decide coloca todas las manos. Me pesan los hombros. Me lleva contra las cuerdas. El entrenador me pide que salga. No puedo escuchar. La multitud está de pie, están eufóricos, pero no los oigo. Lo único que puedo sentir es mi respiración más pronunciada. Todo se queda en silencio. Estoy contra las cuerdas cubriéndome y no puedo escuchar. Me golpea arriba, abajo, y nada. La gente mueve la boca, algunos saltan, y nada; de la esquina hacen lo mismo, y nada. Solo mi respiración. Siento un golpe en el hígado, quedo de rodillas. Respiro por la boca. 

El juez me cuenta los segundos, pero no lo puedo escuchar. Me paro, le digo que estoy bien. Camino al centro y, por fin, comienzo a oír, pero no a la gente. Escucho truenos. Miro hacia arriba. No hay techo, no hay luces. El Madison desaparece, la gente también. El cielo está gris, el viento me golpea la cara. Cae una gota, la siento en la cabeza. 

Hay barro en el suelo, no quiero caer, pero es inevitable. Ya no me pesan los brazos. Me gusta la sensación de la lluvia sobre la cara, es oxígeno y puedo respirar. Me dejo caer. Las gotas se estrellan contra mi pecho. De a poco la lluvia se detiene. Ya no tengo frío.

Abro los ojos. No hay nadie. Una luz ilumina el cuadrilátero. Todo está inmóvil, excepto una brisa que mueve las cuerdas húmedas del ring. 

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